Número desconocido Capítulo 16
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Capítulo 16

No deshizo el equipaje. Igual que antes de que apareciera Moss esa mañana, se sentó en la cama sin hacer y contempló a lo lejos Back Bay a través de la ventana.

No volvió a mirar el reloj. Pasó una cantidad de tiempo indeterminada.

Luego sonó otro golpe en la puerta. Quizá Moss había vuelto. Quizá se había traído a Madeline y a una amiga y estaban esperándole fuera. Se levantó rígidamente, buscando excusas mentalmente para rechazar la propuesta de salir esa noche. Abrió la puerta.

No era Moss.

Era David.

No lo había visto desde hacía nueve años y apenas lo recordaba como algo más que un nombre.

Y, sin embargo, lo reconocía claramente, tal como lo había reconocido en aquel primer atisbo en Ell Hall.

Sabía que aquello no era un delirio. Sabía quién había sido aquel joven en el pasado. Sabía lo que había sido para él.

El niño de entonces se había convertido en un hombre de metro ochenta, unos ocho o diez centímetros más alto que Ed.

Parecía mucho mayor de los dieciocho años que supuestamente tenía.

Como antes, iba con vaqueros negros y una chaqueta tejana; las Ray-Ban las llevaba ahora en el bolsillo de su camisa a cuadros.

Su torso se había ensanchado. Había una sombra de barba en sus recios pómulos, marcados por el acné.

Pero los ojos fríos y agresivos, y la sonrisa perversa, eran los mismos de siempre.

David le dio un codazo, fingido y juguetón. Por inocente que fuera ese gesto, no era como el golpe que Moss le había dado antes en broma. Él le golpeó con fuerza en el hombro con el gran anillo de sello que llevaba en el dedo medio.

—¿Te acuerdas de mí, Ed? —preguntó.

Él descubrió que no podía responder. Las palabras se le atragantaban en la garganta.

Supuso que el shock se le debía notar en la cara.

Aún estaba restregándose el hombre dolorido.

David aprovechó ese momento de distracción para impulsarse hacia el interior de la habitación con una mano.

A Ed le fallaron las piernas, aunque era fornido, no tenía nada que hacer frente a él.

—Supongo que sí me recuerdas. —David sonrió, dejando a la vista sus incisivos, y cerró de un portazo con el tacón. Luego lo agarró del cuello del polo. Sus dedos se le clavaron en la piel como tenazas.

Retorció la tela del cuello como en una llave de estrangulamiento, pegando la cara a la suya. Ed captó el olor de su loción de afeitado: Old Spice.

—Supongo que no te imaginabas que volverías a verme, ¿eh? Bueno, adivina, chaval. No puedes dejar atrás el pasado.

Ed dejó de restregarse el hombro; agarró a David de los brazos y trató de zafarse de él; pero, aunque siempre se había mantenido firme en los patios de recreo de todos los colegios a los que había ido durante esos nueve años, fue como si intentara librarse de un torno de acero.

La sonrisa de David se ensanchó. Tenía un hilo de saliva colgando de uno de los incisivos, como el Drácula de las películas.

—He venido a cobrarme tu deuda.

—No sé de qué estás hablando —jadeó Ed. La presión en su garganta era insoportable—. Suéltame, ¿vale? —Le salía una voz aguda y tensa.

Ahora lo recordaba todo: el niño abusón, la impotencia que sentía cuando se metía con él en la Granja…

—No puedo —respondió David—. Verás. Tengo un trabajo para ti. Y rechazarlo no es una opción. Tú y yo hemos de seguir adelante. Nos esperan tiempos excitantes. Bueno, excitantes para mí. No tanto para ti.

—Voy a llamar a seguridad —acertó a decir Ed.

David se echó a reír.

—Todavía respondón, ¿eh? Bueno, hay una cura para eso. «Y no dañes el aceite y el vino».

No fue la falta de oxígeno causada por la llave de estrangulamiento lo que ahora oscureció su visión. Fueron esas ocho palabras.

Solo ocho palabras.

Igual que antes, cuando lo había visto en los escalones de Ell Hall, fue como si el diafragma de un objetivo estuviera cerrándose en su mente. Su campo visual se estrechó hasta convertirse rápidamente en un puntito. La oscuridad y el silencio regresaban de nuevo.

—Al menos te acuerdas de esto —oyó que decía David desde muy lejos. El puntito desapareció. Todo se volvió negro.

De repente, ya no estaba en la habitación de la residencia. Era de noche. Se hallaba en lo alto de unas escaleras que descendían hacia lo que parecía un sótano. Oyó a unos niños coreando: «Una medida de trigo por un penique, y tres medidas de cebada por un penique, y no dañes el aceite y el vino».

Luego, cuando ya estaba a punto de hundirse en lo que le esperaba abajo, regresó de la oscuridad y salió a la superficie, a la luz…

David estaba sacudiéndole el hombro magullado. Sentía que su cabeza oscilaba adelante y atrás como la de un muñeco roto.

—¡Despierta! —cuchicheó David—. Hay alguien en la puerta.

La habitación volvió a enfocarse. Ed vio que estaba sentado en el borde de la cama. David se alzaba frente a él. Le había soltado el cuello del polo.

—Dile a quien sea que se largue —le ordenó.

Como un zombi, Ed se levantó y caminó en zigzag hacia la puerta.

Garval estaba fuera con su portapapeles. Parecía sofocado y lo miraba con el ceño fruncido.

—Bueno, empezamos mal, Constance —dijo, mirando a David por detrás de él—.

Lo primero que he dicho es que todos los visitantes deben registrarse; y a continuación veo a este tipo que pasa de largo y se va directo a los ascensores.

Llevo diez minutos buscándolo, y abajo debe haber una docena de alumnos esperando sus llaves.

Ed lo miró sin comprender; su cerebro apenas procesaba las palabras.

—¿Qué te ocurre, chaval? —preguntó Garval. Se le acercó aún más y agitó una mano ante sus narices—. ¿Todavía estás colocado? Ya te he advertido sobre las drogas. ¿Este tipo es tu camello?

Al ver que Ed no respondía, miró a David.

—Veamos su documento.

—¿Vas a obligarme? —preguntó David.

—Esas son las normas aquí. Su documento o llamo a seguridad —respondió Garval.

David rezongó, sacó su cartera y le mostró su permiso de conducir por encima del hombro de Ed.

—Solo somos amigos. Aquí no hay drogas.

Garval no le hizo caso.

—David Krige, ¿eh? —dijo—. Bueno, señor Krige, si vuelvo a verlo por aquí, le aseguro que los guardias de seguridad acudirán en cuestión de minutos y entonces tendrá que responder a unas cuantas preguntas. Quizá ellos llamen a la policía. Capisce?

David se guardó el permiso de conducir en el bolsillo trasero y lo fulminó con la mirada.

—Vale. Entendido. Me voy. —Se volvió hacia Ed, lanzándole una mirada. Incluso en su obnubilación, Ed captó el mensaje: espera aquí, volveré más tarde. Luego pasó rozándole y desapareció, dejándolo con Garval.

—Bueno, Constance. Informaré de esto al jefe de la residencia —dijo el asistente—. Yo, de ti, me pondría las pilas antes de que te llame. —Luego giró sobre sus talones y siguió a David por el pasillo.

Ed cerró de un portazo, entró tambaleante en el baño y vomitó violentamente en el inodoro.

Luego se lavó y adecentó. La cabeza todavía le daba vueltas en dos direcciones a la vez y se sentía helado. Una parte de él deseaba abandonar la habitación de inmediato; sin embargo, su deseo más profundo era volver a sentarse en la cama y esperar a que regresara David.

Se miró en el espejo. El rostro de un loco le devolvió la mirada.

Pero detrás de esa máscara se reconoció a sí mismo.

Al mismo tiempo, empezó lentamente a recobrar la conciencia.

¿Qué acababa de suceder? ¿Qué quería David de él?

Una breve conversación, un pasaje de la Biblia, ¿y estaba así?

Nueve años y quinientas horas de terapia, ¿y bastaba con ocho palabras?

Pensó en la policía. Pero ¿qué era lo que podía denunciar?

David simplemente le había hecho una visita; habían charlado.

Sí, era una infracción de las normas de la residencia; qué demonios, una infracción de los acuerdos de adopción que prohibían a los niños comunicarse entre sí.

Vale, ¿y qué? Los policías se lo tomarían a risa.

Un encuentro causal, simplemente. El hecho mismo de pensar en la policía le provocó náuseas otra vez.

Se echó más agua en la cara y meneó la cabeza. Lo único que quería era volver a la cama. Pero si se sentaba otra vez, estaba perdido, no le cabía duda. Una mano invisible lo mantendría allí hasta que volviera David.

Tenía que combatir ese impulso a toda costa. Tenía que darse prisa. Sin aguardar, sin equipaje.

Abrió la puerta de la habitación. El pasillo estaba desierto.

Cogió la chaqueta del perchero, caminó tambaleante hasta el ascensor y bajó al vestíbulo.

Había algunos alumnos esperando frente al mostrador de recepción.

Garval estaba ocupado con ellos y no reparó en él. Ni rastro de David. Salió afuera.

El sol dorado de principios de otoño brillaba con una luz decadente en el patio cubierto de hojarasca.

Caminó con paso inestable hasta Huntington Street.

El autobús 39 llegaba en ese momento. Subió y le dio al conductor un dólar.

Oyó que le llamaba para que cogiera el cambio, pero Ed recorrió el pasillo a ciegas y se derrumbó en la fila trasera.

Mientras el autobús se dirigía en dirección oeste hacia Brookline, le asaltó un nuevo recuerdo.

Él estaba en la parte trasera de un autobús escolar amarillo; el sol de la tarde entraba oblicuamente por las ventanillas; Shannon estaba dormida sobre su hombro… Shannon.

Se acordó de ella.