Número desconocido Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Su campo visual se redujo de tal manera que ya no veía a nadie más, y ahora se convenció de que David lo estaba mirando a él, porque surgió una sonrisa en su rostro, una sonrisa diabólica, y, sin dejar de mirarlo, asintió lentamente.

Ed se apartó de la cola. Todo se estaba volviendo negro. Sintió que iba a hundirse en el silencio. Extendió el brazo hacia delante, como un ciego. De repente, alguien le sujetó la mano y él estuvo a punto de dar un grito, pero entonces oyó una voz en el vacío. Era Moss.

—Ey, colega, ¿estás bien?

Sonó otra voz; quizá era la chica con la que Moss había estado hablando.

—¿Va a desmayarse? Se ha puesto tremendamente pálido.

Ed notó que Moss lo sujetaba con más fuerza mientras él se tambaleaba a ciegas.

—Demasiado sol, supongo. Será mejor que lo acompañe otra vez a la residencia. Nos vemos a las tres, ¿vale?

La chica, al parecer, se alejó.

—Eh, amigo, ¿cómo te encuentras? —preguntó Moss.

—Estoy bien —murmuró Ed. Lo único que quería ahora era recuperar la visión.

—Más vale que sea así. Tengo una cita con Madeline más tarde.

—Está bien, déjame solo.

—Ni hablar. Vas a venir a mi habitación para reponerte. A la mierda la patética sesión de bienvenida.

Cogió a Ed del brazo y ambos rehicieron sus pasos por Huntington y Opera Place. Ahora empezaba a recuperar la visión lentamente, pero todavía se sentía mareado.

Garval seguía en el vestíbulo de Stetson East.

—¿Qué le pasa a tu amigo? —le preguntó a Moss en cuanto los vio.

—Demasiado sol, nada más —repuso él.

—Sí, ya. Parece como si hubiera tomado algo.

—Joder, ¿por qué tienes que ser tan repelente? —replicó Moss—. ¿No ves que se encuentra mal?

Antes de que Garval pudiera responder, condujo a Ed hacia el ascensor.

Mientras ascendían rápidamente, Ed tuvo que luchar con un vértigo repentino.

Cuando las puertas se abrieron con un ping, Moss lo arrastró por el pasillo hasta su habitación y lo depositó en una butaca.

Daba la impresión de que había tenido tiempo de ordenar un poco sus cosas.

Había un equipo estéreo, unos pósters colgados y una mesita de café con tabaco y papel de liar, y una bolsita hermética de hierba.

Moss llenó un vaso de agua en el grifo del fregadero y se lo pasó.

—Toma, bebe —dijo.

Ed dio un sorbo y el líquido fresco contribuyó a estabilizar un poco sus percepciones a medida que lo ingería.

Moss cogió uno de los muchos discos que había por el suelo. Ed vio que era Rust Never Sleeps . Su compañero lo colocó en el plato del estéreo y, sin el menor cuidado, dejó caer el brazo sobre el disco un par de compases después del inicio.

Luego se puso a liar un canuto.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó. Ahora sonaba más calmado, algo que a Ed le resultó más perturbador que la actitud extrovertida de antes.

Se suponía que hoy era el día en que el pasado iba a quedar atrás.

Pero ahí estaba otra vez: era David quien estaba en los escalones de Ell Hall, no le cabía duda.

Sin embargo, aunque lo creía así, empezaba a dudar de sí mismo.

Muchas veces, en los últimos nueve años, había creído ver algo solo para descubrir después que era su mente calenturienta la que había construido una falsa conexión.

Una cara recordada que no era la cara de su recuerdo; un lugar en el que creía haber estado antes, pero donde no podía haber estado.

Déjà vu. Gant y Cowdray lo habían catalogado igual: trastorno de estrés postraumático.

Evitaban añadir el término «psicosis», pero Ed había investigado un poco por su cuenta y había descubierto que las alucinaciones y los delirios eran comunes cuando se hallaban presentes ambos trastornos.

—Creo que he visto a alguien que conocí hace mucho —respondió.

Moss encendió el canuto.

—Supongo que esa persona implica malas noticias, ¿no?

—Podría decirse así.

—¿Crees que puede ser un alumno de aquí?

—Tal vez. Somos de la misma edad. —Ed no dijo cuál era esa edad exactamente.

Moss le pasó el canuto.

—Ya te lo he dicho, Acapulco Gold. Unas vacaciones completas en un poco de humo.

Ed titubeó. No estaba seguro de que colocarse fuese buena idea, dado el estado de su mente. Dio un par de caladas exploratorias, tosió, y luego experimentó una contradictoria sensación: una agudización de sus sentidos y un distanciamiento mental.

—Una mierda bastante buena —dijo.

Moss le lanzó una de sus sonrisas.

—Que la disfrutes —dijo.

Transcurrió más o menos una hora. Liaron otro canuto. Los rayos del sol entraban cada vez más oblicuamente. El tiempo parecía haberse detenido. Moss se levantó una vez, le dio la vuelta al disco y se sentó de nuevo.

El disco terminaba donde había empezado.

Déjà vu . Pero ahora no era el suave tema acústico «My, Hey (Out of the Blue)» del primer corte, sino el sonido roquero machacón y apocalíptico de «Hey Hey, My My (Into the Black)» .

Neil Young advertía: «Es mejor quemarse que desvanecerse».

A Ed esas palabras le llegaron al alma. El tema parecía prolongarse eternamente y, sin embargo, haber terminado casi antes de empezar.

El disco se cerraba con el ruido de unos portazos y de una multitud gritando.

Moss se levantó y cogió una chaqueta tejana que estaba colgada de la puerta. Ed volvió en sí, miró su reloj. Eran las tres menos cuarto. ¿Cómo había pasado el tiempo tan deprisa?

—Tengo que irme, colega —dijo Moss—. ¿Tú estarás bien? —A él la hierba no parecía haberle hecho demasiado efecto. Ed, en cambio, aún se sentía excitado y distanciado de sí mismo.

—Claro. Tengo que deshacer la maleta, ¿sabes? —respondió, poniéndose de pie con cautela.

Moss le dio un golpe amistoso en el hombro con el puño.

—Bien hecho. Oye, igual Madeline tiene alguna amiga. Podríamos hacer una doble cita más tarde, ¿no?

—Estaría bien —respondió Ed, aunque a decir verdad era lo que menos le apetecía. Sentía que era muy importante volver a su habitación y quedarse allí hasta el día siguiente.

Se separaron en la puerta de Ed.

—Nos vemos luego —dijo el otro, y pulsó el botón del ascensor.

En los años posteriores, a Moss le preguntaron en varias ocasiones por la desaparición de su compañero de Ciencias Políticas, Edward Burns Constance.

Un joven al que había conocido durante solo unas horas y que, tras el día de Orientación, se había desvanecido sin dejar rastro, para gran consternación de las autoridades universitarias, la policía y la unidad de personas desaparecidas del FBI.