Capítulo 15
Se acercaba el momento de la universidad.
El historial disciplinario de Ed en la escuela secundaria Brookline constituía una mejora respecto al de las numerosas escuelas primarias e intermedias de la ciudad y de los barrios adyacentes en los que había estudiado.
Sus notas eran ejemplares, lo bastante buenas para la universidad Northeastern.
Destacaba en humanidades y, quizá por algún misterio de sus orígenes, en lengua española.
La gente se refería a veces a su pelo oscuro y su tez olivácea. Parecía más hispano que anglosajón.
Había estado dudando sobre la carrera a escoger.
La facultad de Derecho era el objetivo en último término.
No sabía si la ley podría explicar algo sobre este extraño mundo al que había sido arrojado.
Lo que él necesitaba era entender la actualidad.
En el segundo año de la presidencia de Carter, el mundo estaba en plena ebullición: los soviéticos habían invadido Afganistán, el presidente Bhutto había sido ejecutado, Idi Amin derrocado, el sha destronado, y en El Salvador había estallado la guerra civil.
«Las cosas se desmoronan, el centro no puede aguantar… ». Eligió Ciencias Políticas.
Las condiciones de su adopción no permitían un campus muy alejado, y la distancia entre Brookline y la universidad Northeastern, en Huntington Avenue, era de apenas tres kilómetros.
Aunque no había sido un problema en los últimos cuatro años, Stu era consciente de las dificultades que tenía Ed para relacionarse.
Entonces, el viejo bravucón de su padrastro tuvo un pronto y le alquiló a Ed una habitación individual, diciendo: «Al cuerno con los gastos».
A él le sorprendió aquel gesto de generosidad, puesto que el negocio inmobiliario estaba yéndose claramente al garete.
La Semana de Bienvenida en Northeastern se celebraba después del día del Trabajo. Stu no se ofreció a sacar el Volvo del garaje y llevarlo al centro. El coche había estado parado desde el último viaje al hospital para recoger las pertenencias de Bettie. Ed iba a tener que tomar el autobús.
Stu lo acompañó a la puerta, no más allá, y luego se quedó mirando sus pantuflas.
—Bueno, aquí estamos —murmuró, como tantas otras veces.
—Sí, supongo —dijo Ed, estrechando su mano flácida. Luego cogió la maleta, subió por el sendero y giró a la izquierda hacia la parada de autobús, prometiéndose a sí mismo que no volvería durante todo el semestre.
Su primera parada fue la residencia Stetson East. Era un anodino bloque gris de ladrillo y vidrio.
Había muchos coches aparcados en doble fila en la calle, de los que salían estudiantes de primero con aspecto entusiasta, la mitad de los cuales parecían lucir barba, camisetas teñidas y vaqueros acampanados.
El asistente de la residencia, un chico no mucho mayor que los que allí se mudaban, se hallaba tras el mostrador de recepción con un portapapeles.
Tenía una tarjeta de identificación prendida en su camisa Oxford blanca que decía: Garval y el aspecto atildado de todos los funcionarios insignificantes con un portapapeles.
Un letrero rezaba: Todos los visitantes deben registrarse en recepción.
Presentar por favor el documento de identidad en vigor.
Al parecer, aunque te fueras de tu casa, las normas te perseguían.
Ed sacó de la cartera su permiso de conducir y se lo mostró.
Garval consultó su portapapeles.
—Constance, ¿eh? Uno de nuestros residentes más privilegiados.
Habitación individual. Sexto piso. —Le dio una llave y un folleto, y añadió—: Normas de la casa: ni drogas ni alcohol ni visitas, en especial de chicas, después de las diez —dijo, señalando el libro de registro del mostrador—.
Y antes de eso, todas las visitas deben firmar aquí. Que te diviertas.
—Cómo no —respondió Ed.
Subió en ascensor al sexto piso. Desde la ventana de la habitación, que daba a Hemenway Street, se dominaba desde Back Bay hasta Fenway Park.
Aunque la recepción estaba atestada de alumnos, los pisos superiores se hallaban en silencio.
Solo le llegaba de vez en cuando el eco de una voz o de una puerta al cerrarse desde los corredores de mármol de abajo.
¿Estaba él solo en el sexto piso? Se sentó sobre la cama aún sin hacer y reflexionó sobre su nueva vida mientras trataba de prepararse para la sesión de Orientación.
De repente, un golpe en la puerta lo sacó de su ensoñación.
Tal vez Garval había olvidado algo. Se levantó y abrió la puerta.
No era Garval, sino uno de los alumnos novatos que había visto en el vestíbulo.
Un chico bajito, de un metro sesenta y cinco, con el pelo rojizo y rizado, unos ojos despiertos de color azul claro que resaltaban en su cara paliducha, y una sonrisa sarcástica y levemente maníaca que, de inmediato, le hizo sospechar a Ed que se traía algo entre manos.
Llevaba una camiseta del álbum más reciente de AC/DC, Highway to Hell ; unos vaqueros andrajosos que parecían haber sido destrozados por una fiera salvaje, y unas zapatillas que habían sido blancas, pero que ahora se estaban volviendo grises.
Ed se sintió bruscamente incómodo con su polo y sus pantalones de algodón.
El chico le tendió la mano.
—Moss —dijo.
—Hmm, Ed…, Ed Constance —respondió él.
—Encantado de conocerte, Ed. —Moss señaló con la cabeza hacia la derecha—. Estoy al final del pasillo.
—Me alegra que haya alguien más aquí arriba —dijo Ed.
—Cierto. Es como si mi padre hubiera escogido esta residencia porque está completamente muerta.
—O quizá por el asistente de la residencia.
Moss se echó a reír.
—¿Garval? Menudo gilipollas, ¿no?
—¿Moss es tu nombre de pila?
—Mi único nombre. Los nombres de pila los pone el hombre, ¿sabes?
Si Moss hubiera sabido cómo había recibido él el suyo, su punto de vista se habría visto doblemente confirmado, pero Ed no estaba ahí para hablar del pasado. Ahora había llegado el futuro.
—¿Qué vas a estudiar? —preguntó.
—¿Tú qué crees? Ciencias Políticas. Hay que conocer las entrañas de la bestia, ¿sabes? ¿Y tú?
—Lo mismo.
—Genial —dijo Moss—. Oye, ¿te apetece un poco de hierba? En mi habitación tengo algo de Acapulco Gold bastante buena.
Ed no quería colocarse en su primer día.
—Quizá más tarde —dijo—. Ahora iba a bajar al patio Krentzman para la sesión de Orientación.
—¿A tope con todo ese rollo de «¡Allá vamos, Huskies!»?
—Bueno, ya que estamos, vamos a por todas, ¿no?
Moss se rio.
—De acuerdo, a por todas. Supongo que quizá resulte involuntariamente entretenido.
Así pues, salieron juntos. Hacía un tiempo precioso, como de principios de otoño, en torno a 24 ºC.
Para Ed, la sensación de estar vivo, lejos de Winthrop y de Stu, era maravillosa.
Y después de años de dificultades en la escuela, de ser llamado «hispano» y «forastero», era agradable estar en un sitio nuevo y no sentirse acosado; poder hacer un amigo de inmediato, sin ningún esfuerzo.
El mundo parecía sonreírle aquella mañana.
Caminaron cinco minutos a través de Opera Place hasta la intersección que llevaba por Huntington Avenue al patio Krentzman.
El espacio verde que tenían delante estaba delimitado por tres de los edificios principales de la universidad y repleto de alumnos de primero, muchos con camisetas deportivas de los Huskies o con gorras de béisbol de Northeastern.
Había docenas de mesas donde los profesores informaban sobre los distintos cursos, alumnos de último año que publicitaban cada una de las sociedades y revistas del campus, carteles anunciando conciertos, charlas, competiciones deportivas…
El paso estaba bloqueado por chicas sonrientes que repartían los brazaletes que daban acceso a todo tipo de eventos.
Ed temía que Moss fuera a rebelarse ante la idea de que lo obligaran a llevarlo, pero, por el contrario, quedó cautivado de inmediato por la chica que se lo ofrecía y entabló una animada conversación con ella.
Ed cogió el suyo, se lo puso en la muñeca sin rechistar y los dejó allí hablando.
Se situó en la cola, en la mesa de la facultad de Ciencias Políticas, para obtener información.
Hacía calor allí, y los alumnos que tenía delante se tomaban su tiempo y acribillaban a preguntas a los profesores.
Su humor empezó a cambiar; sintió la punzada de ansiedad que siempre le asaltaba en los lugares muy concurridos.
Lamentó no haberse traído unas gafas de sol.
Un hilo de sudor le descendió por la espalda.
Se estiró el cuello del polo para que pasara el aire.
Al volverse hacia los escalones que conducían a la monumental fachada de la residencia Ell Hall, a unos quince metros de distancia, reparó en un individuo que estaba a la sombra de la entrada mirando en su dirección, aunque, dada la cantidad de gente que había, podía estar mirando a cualquiera de los que estaban alrededor.
Era un joven alto, con los ojos ocultos por unas gafas oscuras; llevaba vaqueros negros y una chaqueta también vaquera, y tenía el pelo engominado peinado hacia atrás, que dejaba a la vista una frente con pico de viuda, algo un tanto inusual para alguien que parecía en edad universitaria.
Había algo en la intensidad de su mirada que le hizo pensar que era él la persona observada. Y también había algo en su postura que le resultaba inquietantemente familiar. Se quedó petrificado de golpe. Había visto antes a ese individuo. Mucho tiempo atrás.
El déjà vu es algo engañoso: una corriente eléctrica cerebral retrasa la señal de un lóbulo temporal al otro, lo que parece que lo que experimentas ahora lo habías experimentado hace mucho tiempo.
Pero algo le decía a Ed que aquella sensación no era un engaño de su mente.
Sabía que aquel tipo estaba mirándolo a él.
Era uno de los siete. David.