Número desconocido Capítulo 14
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Capítulo 14

Ahora era demasiado mayor para el Hospital de Niños y tenía un nuevo loquero, el doctor Cowdray, cuya consulta estaba en una calle arbolada cerca de Winthrop.

Mientras que Gant tenía toda la cordial excentricidad de un Doc Brown, el personaje de Regreso al futuro , Cowdray parecía un científico alemán de una antigua película bélica.

Un hombre flaco, de rostro enjuto, con pico de viuda y nariz aquilina.

Siempre llevaba una bata blanca almidonada.

Su apariencia se reflejaba en su estilo: preciso, más bien formal, frío.

Y muy entendido sobre el problema que había desconcertado a todos los expertos en el caso de los Apóstoles: su pérdida de memoria.

A diferencia de Gant, estaba dispuesto a hablar de cuestiones científicas con Ed, a quien consideraba lo bastante mayor para conocer al menos los hechos básicos, aun cuando su dolencia no tuviera cura por el momento.

—¿Cuál era el propósito de todo eso? —preguntó Ed.

Le turbaba y complacía a la vez que Cowdray actuara con un talante tan abierto, casi empático, en comparación con la actitud paternalista de Gant, que no solo no abordaba nunca, sino que esquivaba los temas difíciles.

Cowdray arqueó una ceja.

—Pues, bueno, conseguir que los sujetos de esos experimentos fueran más… dóciles, digamos. Controlarlos y someterlos. Esperaban perfeccionar las técnicas de interrogatorio. Pero algunos dicen que la cosa fue más lejos.

—¿Más lejos? ¿En qué sentido? —preguntó Ed.

Ahora Cowdray vaciló, como si fuera consciente de que estaba adentrándose en un territorio prohibido. Carraspeó.

—Simplemente diré que algunos de las personas sometidas a los experimentos se volvieron susceptibles a ciertos «detonantes», por llamarlos así.

La incomodidad de Cowdray no hizo más que alentar a Ed. Después de cientos de horas de sesiones de terapia en las que solo hablaba él, ahora era el psicólogo quien estaba en apuros.

—¿Qué clase de detonantes? —preguntó.

Cowdray pareció aún más incómodo.

—Bueno, en ciertas situaciones, ante determinados actos, imágenes o incluso simples palabras, algo se adueña de sus psiques. Pierden la conciencia…, actúan ciegamente bajo los estímulos de quienes los controlan.

Ed miró al loquero. Pensó en todos los incidentes que se habían producido en el patio de recreo; y luego, más recientemente, pensó en la corza muerta.

La hostilidad y la violencia de otros chicos había desatado aquellos apagones de su conciencia en los primeros incidentes.

Pero ¿qué había ocurrido en el caso de la corza?

Al parecer, él había aportado su propio género de oscuridad a aquel fenómeno.

—¿Hay alguna forma de protegerse de esos… impulsos? —preguntó.

Cowdray frunció el ceño.

—Es imposible saberlo. Esos «apagones» que usted ha experimentado y, hmm…

, las desafortunadas consecuencias de los mismos se deben, en mi opinión, a que su psique se sobrecarga y reacciona ante algún trauma olvidado.

El cerebro se apaga mientras se purga a sí mismo a través de la violencia.

Es algo inusual, pero no inaudito. Mire si no el caso de los feroces guerreros vikingos, por ejemplo: una furia incontrolable en un estado de trance.

—Entonces ¿qué puedo hacer? —preguntó Ed.

Cowdray se volvió hacia la ventana. El sol se reflejó en los cristales de sus gafas. Ahora sí parecía el arquetipo de aquellos científicos nazis.

—Probaremos algunas técnicas de control, por supuesto. Pero, en último término, la única forma de superar un trauma es confrontándolo y derrotándolo —dijo.

Él le devolvió la sonrisa lúgubremente. Un callejón sin salida: el único modo de resolver el problema era invocarlo. No creía tener muchas posibilidades si esa era la única solución.

Cowdray alzó una mano. Ya estaban llegando al final de sus tres cuartos de hora. ¿Parecía aliviado?

—De todos modos, esto son especulaciones mías.

Como he dicho, esos experimentos eran solo eso, experimentos.

No hay pruebas reales de que existan ahora mismo lo que podríamos llamar «agentes robot».

Tal vez haya una explicación más sencilla de lo que le sucedió a usted, Ed.

Así que vamos a concentrarnos en eso, ¿de acuerdo? Pensemos en positivo.

Ed probó las diferentes terapias que Cowdray propuso, pero este no podía hacer nada frente a la muerte.

Bettie falleció en aquellos días de principios de agosto.

El psicólogo le dijo que encapsulara su dolor y lo dejara a un lado.

Pero él descubrió que no le hacía falta.

Se había alejado de sus padres adoptivos hacía mucho.

Después, la burbuja de Stu estalló. Lo poco que quedaba de su bonhomía y su sonrisa de cien vatios se extinguió por completo.

Se volvió taciturno y silencioso. Se pasaba cada vez más horas en su oficina del centro y, durante el poco tiempo que estaba en casa, se encerraba en su estudio, con las cortinas medio corridas, incluso en los días soleados de finales de verano, y permanecía encorvado en su silla giratoria de madera, con el rostro amarillento, demacrado y sin rasurar iluminado por las luces de colores de la lámpara Tiffany.

Siempre tenía la pipa en la boca, aunque sin encender.

Llevaba una chaqueta de punto gris, incluso en los días más calurosos.

Estaba siempre examinando sus planos, aunque no se había inaugurado un centro comercial desde hacía dos años.

Ed se preguntaba si estaría bebiendo. De ser así, se esforzaba en ocultarlo.

Nunca había una botella vacía en el cubo de basura.

Stu dejó de ir a la iglesia. Las cartas y circulares se acumulaban en la mesita del vestíbulo.

Aparecieron personas bienintencionadas, pero luego, desalentadas por su apática conversación, desaparecieron rápidamente.

Entre aquellas personas rechazadas había algunas divorciadas y viudas con ciertas esperanzas.

Los guisos que traían se quedaban intactos.

Ed pensaba que a Stu le habría ido bien tener a su lado a una de aquellas mujeres, alguien que pusiera orden en la casa, que lo sacara de su estudio y mejorase su indumentaria, que ahora consistía únicamente en pantalones gastados y chaquetas de lana apolilladas.