Número desconocido Capítulo 13
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Capítulo 13

Ahora, además de pescar y cazar, sabía poner cebos y trampas, utilizar un cuchillo y un hacha, encender fuego con dos palos, descuartizar un animal de pies a cabeza, construir un refugio y usar cortezas y bayas como remedios naturales.

Con el tiempo, incluso prescindió de la compañía de Jim.

Se adentraba en zonas salvajes y acampaba solo.

Lo hacía casi como si fuera un desafío. No había dónde esconderse en el bosque.

Todo estaba expuesto, en su estado elemental.

Si el pasado debía presentarse, estaba seguro de que se le habría de presentar allí.

Su última excursión empezó de un modo bastante inocente.

Se dirigió hacia el nordeste del lago, por senderos de caza que no habían sido hollados durante años, quizá décadas.

De vez en cuando había señales de esa presencia humana ahora desvanecida: un casquillo vacío oxidado por los años, un anillo ennegrecido donde se había encendido una hoguera, un ladrillo sobre una roca en mitad de una corriente.

Por lo demás, sus congéneres habían desaparecido de la verde extensión por la que avanzaba.

Lo único que se oía eran sus botas de montaña sobre el lecho de pinaza.

En un claro de una parte desconocida del bosque montó su tienda de campaña y miró cómo se ponía el sol a las diez y media.

La luz persistió durante una hora más o menos y luego salieron las estrellas.

Esa era la época del año en la que pensaba en la Granja.

Habían transcurrido nueve años y ninguna de sus preguntas había encontrado respuesta.

Miró hacia el norte. Eran trescientos kilómetros y pico, pero parecía tan cerca…

¿Quién era él? ¿Qué hacía allí, a la intemperie?

¿Qué era lo que le aguardaba ahí y que no podría encontrar en ningún otro sitio?

Intuía que el peligro estaba lejos y, a la vez, cerca.

La oscuridad estaba en su interior, indeleblemente.

Había ido él solo allí porque él era el peligro.

En algún momento debió de dormirse.

Lo despertó el frío. Se veía la luz amarillenta del alba.

Estaba desnudo, temblando. No en su tienda, sino tendido sobre la hierba.

Una hierba húmeda, igual que cuando despertó en la Ruta 11 tantos años atrás.

Pero la luz era la del sol, no la de las luces intermitentes de los vehículos de emergencias.

Estaba temblando. Se sentó. Se hallaba en el claro de un bosque y el coro del amanecer sonaba con fuerza en las ramas de los árboles.

Gorriones, currucas, petirrojos y mosqueros: una confusa mezcolanza de cantos y graznidos sonaba a su alrededor, advirtiendo de la presencia de un intruso.

Todo ese coro se refería a él. Él era el intruso.

No sabía dónde estaba, pero aquel lugar, fuese cual fuese, se hallaba lejos de su tienda.

Se miró a sí mismo, desconcertado. ¿Cómo había llegado hasta allí?

Tenía su cuchillo de caza en una mano y algo blando y pegajoso en la otra.

Abrió el puño y vio que era un corazón. Se lo quedó mirando, fascinado y asqueado a la vez.

Notó en la boca un sabor metálico a sangre seca.

Se obligó a sí mismo a mirar aquello otra vez: parecía el corazón de un venado.

Sintió un extraño alivio. ¿Le asaltó entonces, como un dedo frío en su propio corazón, la certeza de que era un asesino?

Se puso de pie, rígido y pálido, como un cadáver renacido.

Había una mancha de sangre sobre la hierba del claro.

El rojo púrpura sobre el esmeralda le quemó en los ojos.

Levantó la vista: el rastro de sangre desaparecía entre los pinos.

Lo siguió. Tras unos cuatrocientos metros llegó a otro claro.

Ahí no cantaban los pájaros. Todo permanecía inmóvil.

Un bulto marrón y blanco yacía en mitad del espacio abierto.

Se acercó y vio que era el cadáver destrozado de una corza, con el pecho salvajemente rajado.

Se arrodilló en el pegajoso charco de sangre junto al animal.

Siguiendo un impulso repentino, tiró el cuchillo y, con ambas manos, volvió a meter el corazón en la cavidad abierta del pecho, como si así fuera a devolverle la vida.

Le vino a la memoria una historia de la Biblia: la del león de Salomón.

Si las abejas podían anidar en el cadáver de un león y producir miel, ¿no podía pasar algo parecido con aquella corza muerta?

Sus pupilas fijas, sin embargo, decían otra cosa. La muerte era la muerte.

Una hora después, encontró su tienda de campaña.

Sus ropas estaban tiradas junto al saco de dormir, como si aquello que se había manifestado en él a media noche se hubiera desprendido de la envoltura de Edward Burns Constance y hubiera dejado atrás esa sombra de su ser.

Un asesino, eso era él en realidad: un asesino desnudo, primitivo, letal.

No se había aventurado a solas en la tierra salvaje hasta el final, hasta ese día, cuando lo único que le quedaba en su interior era ese asesino. Ahora lo había descubierto: la oscuridad no estaba en la naturaleza, solo en él.

El 4 de julio, utilizó el teléfono de la tienda de pesca para llamar a Stu.

Esperaba recibir las consabidas felicitaciones, pero su padre no respondió y Ed se preguntó si Bettie habría empeorado.

Jim no tenía trabajo para él ese día: la tienda estaba cerrada por la festividad.

Su jefe, sin duda, iba a pasar el día con una botella de Jim Beam.

Los cumpleaños siempre le habían resultado incómodos.

Pensaba en los cuatro niños que estarían celebrando como él ese aniversario estipulado por el Estado.

David, Carl, Catrine y Shannon. Lo único que sabía de ellos eran sus nombres.

Sabía que tenía una conexión especial con Shannon, pero ignoraba lo que habría sido de ella, lo que habría sido de cualquiera de ellos.

A lo lejos, se oía el rumor de las lanchas fueraborda de los veraneantes en el lago.

Más tarde, cuando oscureciera, habría fuegos artificiales, pero, por lo demás, aquel extremo de Tranquility permanecía tranquilo.

Los únicos vecinos, los Sproule, estaban en el extranjero.

Se pasó el día pescando en el embarcadero y luego leyendo.

A media tarde, sin embargo, la camioneta de Jim se adentró en el largo sendero de grava, sombreado por los pinos, y se detuvo frente al porche.

Ed se levantó y dejó el libro en el suelo mientras su jefe se bajaba de la cabina. Llevaba un objeto envuelto en un hule.

—Hola chaval —dijo.

—Hola —respondió Ed, mirando el paquete que traía.

Jim lo miró también.

—Te he traído una cosa —dijo, y alzando el brazo hacia el porche, le tendió el paquete. Lo que contenía era algo pesado y metálico.

Ed lo desenvolvió y se quedó boquiabierto. Había una recia pistola gris sobre el hule.

Ed ya había estudiado las armas de fuego, y la identificó como una Colt militar reglamentaria. El número de serie del Gobierno se veía claramente estampado en el metal por encima de la cacha derecha.

—¿Es para mí?

Jim asintió.

—No se me ocurría ninguna persona más adecuada para que se la quede.

Ed miró la pistola y volvió a mirar a Jim.

—¿Esta es tu arma de mano de los Marines? —preguntó.

Jim negó con la cabeza.

—No la mía. Era de un amigo: el sargento Lenny Piazzola, de Little Italy, Nueva York.

—Frunció el ceño. Tal vez era tristeza, o quizá solamente el sol del atardecer que le daba en los ojos—.

Lenny fue el primero en caer en una emboscada del Vietcong en el 71.

—Titubeó un instante, al recordarlo—. En fin, en un momento del tiroteo se me acabó la munición del rifle y de la pistola, así que cogí la de Lenny.

Él ya no la necesitaba. Luego aparecieron los cazas con el napalm.

La hilera de árboles donde estaba el Vietcong saltó por los aires.

Uno de los mejores espectáculos que he visto.

Cuando volvimos a la base nadie se preocupó por la pistola de Lenny.

El ejército compraba millones de M1911 en esa época.

¿Qué importaba una perdida en un arrozal?

Ahora esta pistola es casi imposible de rastrear.

—No sé qué decir —dijo Ed.

—No hace falta que digas nada, chaval. Quédatela, simplemente. Stu y Bettie no tienen por qué saberlo.

Jim hurgó en el bolsillo de su parka, sacó una caja de munición y se la dio también.

—Solo pretendo que te sientas seguro, ¿sabes?

Ambos se miraron; luego Jim dijo:

—Feliz cumpleaños, chaval —dijo Jim, y volvió a la camioneta, dio media vuelta y se alejó.

Un mes más tarde, sonó el teléfono en la tienda y Stu le dijo a Ed que a Bettie solo le quedaban unos días. Él llevaba la Colt oculta en su mochila cuando regresó a Boston.

Habían pasado ocho años desde que Jim la había cogido de la mano de su amigo muerto. Volvería a ser utilizada de nuevo. Pero no por Ed.