Número desconocido Capítulo 12
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Capítulo 12

El domingo después del Cuatro de Julio, a las siete de la mañana, Jim estaba en su embarcadero, sentado en una silla de camping, contemplando cómo se disolvía la niebla del lago.

Si el chico no se presentaba, decidió, se pasaría el día holgazaneando y bebiendo whisky.

Había estado muy ocupado últimamente. La semana anterior había habido regatas, barcos por todas partes, fuegos artificiales en el cielo nocturno y adolescentes fumados conduciendo camionetas por la carretera a velocidad de vértigo.

Ninguna víctima humana, gracias a Dios. Un perro de los veraneantes había sido arrollado.

Se alegraba de que no hubieran recurrido a él para sacrificarlo.

Uno de esos tipos de ciudad tuvo las agallas de disparar. Quizá no eran todos tan blandos.

Hoy estaba todo tranquilo. Algunos de los veraneantes ya habían empezado a hacer las maletas y estaban volviendo a su ciudad. Se oía el zumbido de sus camionetas en la Three Mile Road.

Sí, hoy había una sensación de cambio, de declive; incluso un atisbo del otoño en la niebla que se alzaba del lago.

Laramie irguió las orejas y ahora Jim también lo oyó: el chirrido de los pedales sin engrasar de una bicicleta.

Se volvió y, en efecto, por el camino que llevaba a la tienda venía el chico de los Constance, con un peto tejano azul y una camisa a cuadros.

Tal vez Bettie había pensado que ese era el atuendo normal para pescar.

En todo caso, el chico se las arreglaba para ser diferente incluso en bicicleta.

No montaba como un chaval normal que quiere llegar deprisa a alguna parte, moviendo las piernas furiosamente y con el culo levantado, sino que pedaleaba despacio y a regañadientes, como un caballero victoriano en un velocípedo.

Llegó junto a la tienda y apoyó la bici en la pared de madera.

Jim se levantó lentamente.

—Buenos días —dijo.

El chico no respondió, pero se palpaba los bolsillos como si estuviera buscando algo.

—¿Se te ha perdido alguna cosa? —preguntó Jim.

Finalmente, el chico encontró lo que buscaba en el bolsillo de la pechera y sacó un pequeño rollo de billetes sujetos con una goma. Apenas alzó la mirada a través de su flequillo mientras se lo tendía a Jim.

—Aquí tiene. Mi padre me ha dicho que le diera esto. —Su voz era un ronco susurro.

Jim se lo quedó mirando un momento.

—Guárdate el dinero, chaval —dijo—. Me pagas después. Si no te gusta pescar, volveremos en una hora.

El chico mantuvo los hombros caídos, como si ya estuviera seguro de que él iba a ser un fracaso pescando. A Jim le entraron ganas de gritarle que se irguiera y no se amilanara, pero al final prevaleció su ángel bueno.

—Muy bien. Ayúdame a prepararlo todo —dijo, señalándole las cañas, el cubo del cebo y la nevera portátil de pesca que había en el embarcadero.

El chico volvió a guardarse el dinero en el bolsillo del peto sin mirarle a los ojos, y cuando Jim subió al bote por la escalerilla le fue pasando todas las cosas.

Seguía callado, y no mostraba ningunas ganas de querer seguirle.

—Bueno, chaval. ¿Vienes? —preguntó Jim.

—¿Y el perro?

Jim se lo quedó mirando. Le sorprendía que hubiera hecho una pregunta espontáneamente.

—El perro vigila la tienda.

—¿No puede venir también? —Cuando de algún modo captó que él era el objeto de la discusión, Laramie los miró a ambos alternativamente, irguiendo las orejas, moviendo la cola y sacando su lengua rosada.

—Bueno, está bien. Él no molesta —dijo Jim.

Ed cogió a Laramie con cierta torpeza y se lo pasó a Jim.

El border collie se persiguió la cola un par de veces antes de dirigirse a la proa y apostarse allí como un vigía.

El chico se apresuró a subir mientras Jim tiraba del cordón de arranque.

La tapa exterior del Yamaha fueraborda quizá estuviera oxidada, pero el motor arrancó a la primera, y Jim soltó la amarra, giró el timón y presionó la palanca del acelerador.

El bote describió un amplio arco alejándose del embarcadero.

El chico se había situado en el banco de proa junto a Laramie y le acariciaba las orejas.

—¿Te gustan los perros, chaval? —preguntó Jim, levantando la voz por encima del motor.

—Nunca he tenido uno.

Ed apenas balbuceaba, pero Jim logró descifrar su respuesta.

—¿Ah, no? —dijo.

—Pedí uno por mi cumpleaños, pero no hubo suerte.

—¿Tu cumpleaños era el 4?

Ed no respondió de inmediato.

—Ese no es mi cumpleaños de verdad. Nadie sabe cuándo es. El juez lo escogió porque es una festividad cercana al día que me encontraron. —Le lanzó una mirada a Jim—. Supongo que está enterado, ¿no?

—Claro. En el 70 —dijo él, y lo dejó ahí. Hubo un silencio entre ambos.

Jim aceleró y cruzaron el lago hasta una ensenada solitaria con un trecho de arena y grupos de juncos que oscilaban con las suaves ondulaciones del agua. Los restos de la niebla aún flotaban sobre la superficie, pero el sol de julio estaba ascendiendo en el cielo y empezaba a quemarles en la nuca.

Jim echó el ancla, que cayó con un sordo chapoteo y se enganchó en el fondo.

Cuando se volvió, el chico lo estaba mirando.

—¿Usted estaba aquí aquel año? —preguntó.

—No. Estaba en Vietnam —dijo Jim.

Eso pareció llamarle la atención a Ed.

—¿En el ejército?

—En los Marines. Forman parte de la Marina de guerra.

—¿Se presentó voluntario?

Jim lo miró fijamente. Evidentemente el chico se había abierto, pero él no estaba seguro de que eso le gustara más que su actitud silenciosa.

—Me reclutaron.

—¿Combatió?

—Un poco.

—¿Disparó a gente?

—A algunos.

—¿Los mató?

Ya era hora de cambiar de tema.

—Este es un buen sitio —dijo Jim—. ¿Ves el fondo?

El chico se asomó obedientemente por la borda.

—Arena. A la perca le encanta. Cambia el color de sus escamas para igualarse con el fondo y quedar perfectamente camuflada. Además, en estos bajíos hay un montón de bichos en el aire y muchos pececillos.

Y, en efecto, el chico veía las típulas y libélulas que revoloteaban en torno a las cabezas de los juncos, y en el fondo del agua, bajo la ondulante luz dorada, las siluetas palpitantes de los pececillos.

—Hay dos formas de pescar la perca —prosiguió Jim—. Una, con mosca, pero eso es en los ríos y las corrientes; y la otra es la que vas a ver ahora. Venga, vamos allá. Pondremos una caña en cada lado. Si pican por tu lado, te enseñaré lo que hay que hacer.

Jim abrió el cubo del cebo y, al ver que Laramie acercaba el hocico, lo ahuyentó. Sacó un gusano rosado y lo sostuvo en alto para que Ed lo viera.

—Lo primero de todo: así es como cebamos el anzuelo. —dijo, sujetando con dos dedos callosos el gusano, que no dejaba de retorcerse, y lo ensartó con decisión en las púas del extremo del anzuelo.

Ed se puso pálido de repente. Lo recorrió un temblor.

—¿Estás bien, chaval? —preguntó Jim.

—¿Tie-tiene que hacer eso?

—Claro. No podemos dejar que el gusano se escabulla. Y debe estar bien ensartado a través del anzuelo; de lo contrario, el pez se traga solamente el cebo y no el anzuelo. —Sacó otro anzuelo de su chaleco de pesca y cogió otro gusano—. Toma, prueba tú.

Pero Ed no cogió ni el gusano ni el anzuelo.

—Aún está vivo.

—Tiene que retorcerse para atraer al pez.

El chico siguió sin moverse.

—Bueno, esta vez lo haré yo —dijo Jim—. Eres algo aprensivo, ¿eh?

Ed tragó saliva y apretó los puños; luego sus ojos giraron en las órbitas, poniéndose en blanco.

Jim soltó el cebo y el anzuelo y lo sujetó de las muñecas.

—¿Qué te pasa, chaval?

Lentamente, las pupilas del chico reaparecieron y sus ojos volvieron a enfocarse.

—Uf, perdone, señor Dove. Me he quedado un poco traspuesto. —Todavía jadeaba.

—No pasa nada, chaval. Respira varias veces.

Ed obedeció. Sus ojos aún tenían una expresión vacía. La mirada perdida que Jim había visto tantas veces en Vietnam.

—Quizá deberíamos volver —dijo.

Ed se sacudió, como tratando de quitarse algo de encima.

—Estoy bien, de verdad. Son solo los gusanos… —Se quedó callado.

—¿Qué pasa con los gusanos? —preguntó Jim.

—Me recuerdan algo, simplemente.

Jim lo miró.

—¿Qué te recuerdan, chaval?

Ed tragó saliva otra vez y volvió la mirada hacia el lago.

—No sé. Cosas de los sueños que tengo.

—¿Qué clase de cosas?

—Cosas malas. Como usted en el ejército, supongo.

—En los Marines, chaval.

—Vale… —Ed tragó antes de continuar—. Lo que me pasó cuando era pequeño… a veces aparece, como ahora con el gusano.

—No tienes por qué hablar de ello —dijo Jim, confiando en cortar aquella conversación de una vez.

Ed volvió a mirar el lago.

—A veces me viene de golpe. Una foto, unas palabras. Cuando menos me lo espero… —Volvió a quedarse callado.

Jim dedujo que aquello era mucho más de lo que Ed había dicho durante meses. O tal vez durante años.

El chico respiró hondo.

—Como ahora, al ver este gusano. Está atravesado de parte a parte, retorciéndose, agonizando. Y entonces se vuelve y me mira. Y tiene mi cara.

Jim había traído unos sándwiches y unas Coca-Colas para la excursión; no porque esperase estar en el lago hasta la hora del almuerzo, sino simplemente por si les entraba un poco de hambre, sobre todo si el chico se había saltado el desayuno, como solían hacer sus clientes.

Abrió el contenedor, sacó una de las botellas de Coca-Cola, hizo saltar el tapón con el canto del banco y se la puso a Ed en las manos.

—Toma, bébete esto. Te sentirás mejor.

Ed miró la Coca-Cola; luego echó la cabeza hacia atrás y empezó a bebérsela, moviendo la nuez de Adán.

Soltó un gran suspiro. Jim no sabía si por el brusco subidón de azúcar o por la liberación de la tensión que tenía dentro.

En todo caso, él no tenía intención de provocar otra reacción que le despertara más recuerdos.

Así pues, quitó el gusano del anzuelo, volvió a tirarlo en el cubo, cerró la tapa y decidió sacar uno de los sándwiches.

—Mira, no hace falta que usemos gusanos. Podemos cebar con pan y un poco de esta carne en conserva. Utilizaremos anzuelos con señuelos. Se mueven con la corriente y atraen a las percas.

Jim troceó un poco de pan y carne, sacó otro anzuelo de su chaleco y le mostró a Ed cómo cebarlo. El chico parecía haberse calmado un poco ahora que los gusanos habían desaparecido de su vista.

Se situaron con las cañas, uno a cada lado del bote. Se hizo un silencio. El chico miraba hacia el norte.

—¿Qué estás mirando? —acabó preguntando Jim.

—Solo estaba pensando en la Ruta 11, señor Dove. Mi padre dice que está a más de trescientos kilómetros de aquí. Pero parece como si estuviera detrás de esa montaña.

Jim siguió su mirada.

—He oído que te encontraron cerca de Presque Isle. Lo bastante lejos como para no pensar más en ello.

La conversación se interrumpió ahí. Jim notó un tirón en su sedal y empezó a enrollarlo.

En una hora, cada uno había pescado una perca mediana.

Contra su costumbre, Jim las soltó a las dos, aduciendo que eran pequeñas para comérselas.

Si hubiera estado solo, sin duda se las habría llevado a casa, pero algo le decía que al chico no le sentaría bien ver cómo las mataba y destripaba.

Regresaron cuando el sol estaba alto y los peces se habían refugiado en el fondo del lago.

Laramie y el chico estaban sentados uno junto al otro, el collie con la lengua colgando, Ed mirando más allá del lago hacia el norte, donde se divisaba la blanca silueta del hotel Sun Mountain bajo la sombra del Nakuset.

Ahora había vuelto a quedarse callado y Jim no podía adivinar lo que pensaba acerca de la excursión.

Cuando amarraron en el embarcadero, Ed le dio tímidamente el dinero. Jim le ofreció un descuento, dado el poco éxito que habían tenido, pero él meneó la cabeza y se negó a coger algunos de los billetes.

—Hemos pescado un par de peces —dijo, frunciendo el ceño—. Mi padre ha dicho que debía quedárselo todo, señor Dove. Nada de descuentos.

Jim se lo quedó mirando un momento. Muy bien; el chico tenía un lado enérgico después de todo.

—De acuerdo. Gracias —dijo.

Ed dio media vuelta.

—¿Sabes? —dijo Jim a pesar de sí mismo—, eres un chico extraño.

Él volvió la cabeza y, sonriendo por primera vez en todo el día, dijo:

—No más extraño que usted, señor Dove. —Dicho lo cual, fue a recoger la bicicleta que estaba apoyada junto a la tienda y, sin mirar atrás, empezó a bajar lentamente por el sendero hacia Brantwood, acompañado por el chirrido de los pedales.

Enérgico y respondón, pensó Jim. Había que engrasar esa bicicleta; reservaría un poco de aceite para la próxima vez que el chico viniera a comprar provisiones. No esperaba que volviera con la intención de pescar.

Sin embargo, el martes, Stu reapareció en la tienda.

—Hola, Jim. Ed se lo pasó muy bien el domingo.

—¿Ah, sí? —respondió él.

Stu sonrió.

—Supongo que no habló mucho. Es su manera de ser. Pero cuando volvió estaba bastante excitado; bueno, bastante para lo que es él. Bettie y yo nos preguntábamos si querría llevarlo a pescar otra vez.

—No pescamos gran cosa.

—No importa. Es simplemente la experiencia. El dinero está bien, ¿no?

Eso no podía negarse.

—De acuerdo —dijo Jim—. El próximo domingo. Y aquí tiene un espray de Tres en Uno. Hay que engrasar un poco la bici del chico.

Ed ya no volvió a la iglesia. Durante el resto de ese verano y también durante los siguientes, salía al lago con Jim.

Y después, iba con él al bosque o le echaba una mano en la tienda.

Los Constance apenas veían a su hijo adoptivo durante los dos meses que pasaban todos los años en la cabaña.

Tal vez se sentían ambos aliviados por sus largas ausencias.

Sin que ellos lo supieran, Ed cambió: cambió hasta volverse irreconocible en cuestiones prácticas.

El chico introvertido y aficionado a los libros seguía allí, pero ahora tenía una conexión con la vida al aire libre y, con ello, una mayor confianza en sí mismo.

Demostró una gran capacidad para desenvolverse en los bosques.

Con el tiempo, aprendió a dispararle a un conejo a cien metros con toda precisión; de hecho, era mejor tirador que Jim.

El incidente del gusano había quedado olvidado por el momento.

La agonía y la muerte no le provocaban ningún ataque, todavía…

De hecho, cuando cazó su primera presa, observó con serenidad cómo se extinguía la luz en los ojos del ciervo que había abatido.

Luego, al ver el cadáver desollado y descuartizado colgando de una rama en un claro del bosque, no sintió ningún terror.

Siguiendo las instrucciones de Jim, se pintó la frente con la sangre del animal.