Número desconocido Capítulo 11 #3
18%

Capítulo 11 #3

Jim le dirigió una mirada que sugería que no era probable que nada pudiera compensarle como es debido.

No obstante, trajo una escalera de la camioneta, la apoyó contra la pared de la cabaña y subió con su caja de herramientas.

Sin saber muy bien qué hacer, Stu se fue adentro y deliberó en voz baja con Bettie mientras empezaban a sonar los martillazos sobre sus cabezas.

Fuese lo que fuese un «arreglo rápido», el trabajo de Jim Dove no se distinguió por su celeridad.

Estuvo toda la mañana trabajando. La señora Constance salió tímidamente y le ofreció café, pero Dove lo rechazó educadamente y, por lo que la pareja pudo deducir, no bajó del tejado ni una sola vez, ni siquiera para ir al lavabo.

A primera hora de la tarde, cesaron los martillazos, oyeron sus pasos recios en la escalera y lo vieron bajar con su mono azul a través de la ventana.

Cuando Stu salió, Jim estaba limpiándose las manos con un trapo.

—Me parece que esto aguantará un tiempo —dijo.

Stu se apartó de la cabaña hasta el trecho de grava y alzó la cabeza hacia el lugar donde el tejado había sufrido los daños.

La reparación era perfecta, impecable. Parecía el trabajo de un experto.

Mientras Jim recogía la escalera y la caja de herramientas, Stu se apresuró a volver adentro, fue a la lata donde guardaba el dinero, contó cien dólares en billetes y salió a tiempo para alcanzar a Jim que ya estaba subiendo a la camioneta.

Una vez ante el volante, este bajó la ventanilla manchada de moscas y lo miró inexpresivamente.

—Por su tiempo —jadeó Stu, ofreciéndole el fajo de billetes.

Jim bajó la vista.

—Me parece que ahí hay unos cien dólares.

—Bueno, usted ha arreglado el tejado, ¿no?

—Ajá.

—Pues coja el dinero. Ya no necesito un operario, ¿no es cierto?

Jim cogió los billetes, los dobló y se los metió en el bolsillo del mono.

—Se lo agradezco —dijo; luego subió la ventanilla y metió la marcha atrás.

Stu tuvo que apartarse rápidamente mientras Dove retrocedía, daba la vuelta y desaparecía por el sendero entre una nube de polvo.

A partir de ahí se estableció un acuerdo tácito por el cual Jim sería invitado a dar más «consejos» sobre reparaciones y mejoras en la propiedad hasta que, eso sí, el «operario oficial» pudiera venir.

Stu siempre estaba conforme con aquellos apaños, que nadie decía que fueran permanentes, pero que de hecho lo eran, y Jim siempre se las arreglaba para traer precisamente los materiales necesarios para llevar a cabo lo que hubiera que hacer.

Cuando el tipo de Hadsville apareció por fin al cabo de un mes o más, echó un vistazo a la reparación y se retiró en silencio. Ya no se supo nada más de él.

Así pues, Jim empezó a trabajar para Stu, pero sin que, de hecho, ninguno de los dos lo reconociera.

Jim no necesitaba mucha compañía, pero esa primavera tuvo su primer perro, Laramie, un border collie obediente, rápido y leal que se subía a la trasera de la camioneta Chevrolet, donde él guardaba el cortacésped y las herramientas.

El domingo, después de cerrar más temprano la tienda por respeto a los horarios de la iglesia, la religión que practicaba era básicamente la botella o el canuto.

Pero a veces sacaba de paseo a Laramie, sobre todo cuando se producía el éxodo dominical hacia Hadsville.

Siempre se formaba una caravana de vehículos hacia las iglesias baptista, metodista, episcopal y católica de la ciudad, y el coche familiar de los Constance no era una excepción y se incorporaba a la caravana a la altura de la Three Mile Road.

El niño iba detrás, repeinado, con traje y corbata, sin decir palabra y con expresión lúgubre.

Decían que sus captores habían sido una especie de chiflados religiosos, y Jim podía entender perfectamente que el chaval odiara la iglesia.

En verano, Jim no paraba desde el alba hasta el atardecer.

Atendía la tienda y luego, cuando cerraba, se iba a cortar el césped de algún veraneante o se subía a una escalera para arreglarle las tejas o un canalón.

Los forasteros preferían que los niños no jugasen fuera mientras él estaba haciendo esas tareas.

Y, por lo general, los niños evitaban gustosamente a ese hombre de cara curtida, con aquella cicatriz salvaje y un Winston siempre entre los labios, que murmuraba en el extraño dialecto de Maine.

A veces, los clientes querían que los llevara al lago a pescar percas, truchas y lucios.

Las excursiones no eran tan frecuentes ni tan populares como lo habrían sido si las hubiera dirigido cualquiera otro.

Jim era, en el mejor de los casos, un timonel taciturno.

Y aunque fueran clientes de pago, los veraneantes no se libraban de sus críticas: un áspero reproche por un sedal enredado, una mosca perdida o un torpe movimiento que desequilibraba el bote era algo corriente de su parte.

La mayoría no repetía para hacer una segunda salida.

Stu nunca le había pedido que los llevara a una de aquellas excursiones.

En todo el tiempo que Jim llevaba encargándose del mantenimiento de su cabaña, no había visto allí un solo utensilio de pesca o de caza.

Había en el cobertizo junto al lago un bote en perfectas condiciones que nunca había salido al embarcadero.

En la segunda temporada de su regreso a Tranquility, una tarde de finales de junio, Stu se presentó en la tienda de pesca y le pidió un favor.

—Dígame, señor Dove, ¿sale mucho en su bote este verano?

—Depende.

Stu arqueó una ceja.

—¿De qué?

—De los peces.

Stu sonrió.

—Pero si picaran, ¿saldría a pescar?

—Supongo.

—¿No estaría interesado en fletar su bote?

—¿Cómo dice, señor Constance? Yo no tengo un barco atunero.

—Bueno, quizá no es así como se dice en esta zona. Quiero decir, una excursión, ya sabe. Se la pagaré bien.

—¿Así que le gusta la pesca? —preguntó Jim.

—Estaba pensando más bien en el chico. Está un poco alicaído; necesita salir. Su cumpleaños es el Cuatro de Julio. Si pudiera usted llevarlo a pescar el domingo siguiente, sería como un regalo atrasado para él.

—Mire, señor Constance. No tengo tiempo para hacer de niñera de un chico. La pesca es la pesca. O lo haces bien, o te quedas en tierra.

Stu alzó las manos.

—Eh, Jim…, puedo llamarle Jim, ¿no? —Él no le animó a hacerlo, pero Stu continuó—: No me malinterprete.

Al chico le gustan las actividades al aire libre.

Es solo que yo y Bettie… supongo que nunca nos hemos acostumbrado a estas cosas, no podemos enseñarle como podría hacerlo usted.

Y precisamente un domingo… Bueno, digamos que a él la iglesia no le sienta demasiado bien. Conoce su historia, ¿no?

—Sí, algo he oído —respondió Jim.

—Entonces ¿qué me dice?

Jim lo miró impávido unos momentos. Los Constance no eran malas personas.

Gente blanda, de ciudad, sí; pero habían demostrado tener buen corazón al decidir adoptar a un niño con problemas, por muy raro que hubiera salido.

No hacían daño a nadie leyendo sus libros y llevando una vida tranquila, a diferencia de algunos de los veraneantes, que andaban siempre colocados y eran unos ignorantes sabelotodo.

Contra lo que habría sido más sensato, dijo:

—De acuerdo. Pero no aceptaré su dinero si el chico no está interesado.

—Estará aquí el domingo después de la festividad.

—Muy bien.