Número desconocido Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Bajo la gruesa capa de polvo del cristal del mostrador, podían contemplarse cajas de munición para rifle, moscas, anzuelos sofisticados y carretes para especialistas. Todavía quedaban algunos impermeables y sombreros en los percheros metálicos y estantes polvorientos.

Los rifles no estaban. Se preguntó si MacDonald se los habría llevado para ponerlos a buen recaudo, o si alguna persona bienintencionada los había vendido y le había guardado el dinero. Tendría que averiguarlo.

Daba la impresión de que la compañía eléctrica había renunciado hacía mucho a reclamar lo que se le debía y simplemente había cortado el suministro. El viejo teléfono de disco estaba muerto, y ni las luces ni la bomba eléctrica del pozo funcionaban.

Alguien había cortado con una cizalla el candado del surtidor del embarcadero, y el tanque de combustible, como era de esperar, estaba vacío.

Jim encendió un farolillo y encontró una estufa de propano donde hervir un poco de agua.

También encontró una botella medio llena de Jim Beam y unas latas salpicadas de óxido, y se preparó una rudimentaria comida.

Reflexionó sobre su futuro mientras se bebía el whisky. Había ahorrado una parte de su paga, y ahora, con lo que le quedaba, había justo lo suficiente para cuando el negocio reabriera en verano.

Aquel primer invierno tras su regreso, todo quedó sumido en el silencio y cubierto de bancos de nieve.

Solo las huellas de los ratones domésticos alteraban aquel manto blanco, y sus rastros quedaban a veces interrumpidos bruscamente por el roce de un ala sobre la nieve, allí donde una lechuza se había abalanzado sobre ellos y se los había llevado.

Algunas noches los lobos aullaban a lo lejos, en las que Jim contemplaba el fondo de una botella de bourbon o se colocaba con las últimas hebras de su hierba casera, deseando que una bala de AK-47 o una mina hubiera acabado con él en Vietnam.

O que quienquiera que se hubiera llevado los Remington y Winchester de los expositores hubiera dejado uno allí para poder meterse el cañón en la boca y apretar el gatillo.

Los carámbanos de hielo que colgaban de los aleros ya medían entre treinta y sesenta centímetros. Ahora no hablaba con nadie, ni siquiera tenía un televisor para hacerle compañía.

La primavera llegó lenta e indecisa, un paso adelante y dos atrás, con ráfagas de nieve y temporales del noreste.

Pero finalmente empezaron a oírse los estridentes graznidos de los cuervos y el goteo de los carámbanos de los aleros, que se derretían y caían como puñales.

Luego la capa de hielo del lago se fue resquebrajando como un crujido de huesos fracturándose.

Se oían los graznidos de los gansos que regresaban en busca de agua limpia entre el hielo fragmentado, y más tarde, con infinita delicadeza, el suave arrullo de las tórtolas, y por fin, el verdadero anuncio de la primavera: el canto del gorrión de garganta blanca.

En Maine, esta época gris de renovación duraba casi hasta el solsticio, y uno podía preguntarse si volvería a ver el rostro amarillo del sol; pero, al final, allí estaba, volviendo el lago azul y los bosques de un verde exuberante, destellando en las cimas todavía parcialmente nevadas de Nakuset y Katahdin. Y con el sol, llegaron los veraneantes.

La tienda se llenaba desde la mañana hasta el atardecer.

La gente compraba productos envasados, cigarrillos, combustible para sus botes, munición, equipos de pesca.

Justo cuando sus ahorros de marine se agotaban, empezó a entrar dinero en efectivo en la caja.

Los visitantes tal vez no sabían qué pensar de aquel hombre taciturno y con una cicatriz en la cara que regentaba la tienda.

Sus respuestas eran sentenciosas y estaban formuladas en un lenguaje apenas reconocible para ellos, como los oscuros comentarios de un personaje menor de un drama isabelino.

Pero los forasteros ya sabían que ese era el estilo de la gente de Maine: una gente orgullosamente independiente, cautelosa con los extraños, lenta para intimar, estoica, trabajadora.

Con el tiempo, llegó a ser posible entablar conversación con Jim.

Tímidamente y con rodeos, la gente se refería a lo difícil que era encontrar operarios para el mantenimiento de las cabañas desde que había fallecido su padre.

¿Él no conocía a nadie? La respuesta era bien clara, si se tenía en cuenta que Jim era la única persona que residía en el lago durante todo el año.

Si no querías traer a alguien de Hadsville, él era la única opción.

Las negociaciones sobre tarifas eran indirectas, oblicuas.

Jim conoció a Stuart y Bettie Constance durante uno de esos intercambios indirectos.

Ellos tenían una cabaña en el lado oeste de Tranquility llamada Brantwood, que apenas se divisaba desde la tienda, a unos tres kilómetros, en la orilla occidental del lago.

Bettie se había puesto a hablar del origen del nombre de una casa, en tiempos propiedad de un artista inglés del Distrito de los Lagos.

Había mostrado una foto de esa casa victoriana que ella y Stu habían visitado durante unas vacaciones en Inglaterra.

En la fotografía, el lago no parecía gran cosa en comparación con Tranquility, eso seguro.

Tanto la casa como los alrededores resultaban demasiado formales y primorosos comparados con la naturaleza salvaje de aquí.

Jim no sabía qué pensar de los Constance.

No se parecían mucho a los demás veraneantes; no participaban de la vida social del lago, y nunca, o casi nunca, asistían a las fiestas o las barbacoas.

Betty parecía un ratón de biblioteca; Stu era más extrovertido, aunque algo escurridizo, pensaba Jim.

A él también le gustaba leer, pero no la literatura que Betty devoraba; sus gustos no pasaban de las novelas de detectives de Mickey Spillane.

Los Constance habían adoptado un niño. Un chico silencioso, taciturno, desabrido, que por su pelo oscuro y su tez olivácea parecía hispano.

Circulaban cotilleos sobre él en la tienda.

Los Constance habían dejado de ir a su cabaña durante cinco años seguidos y ahora habían reaparecido con este niño misterioso al que habían adoptado durante ese intervalo.

Los rumores no tardaron en concretarse. Ese era uno de los niños encontrados en la Ruta 11 en 1970.

Aunque el caso se había producido tiempo atrás, los chismorreos se difundieron por el lago con excitación morbosa.

Todo el mundo recordaba los reportajes de la tele, los grandes titulares, las impactantes imágenes de los siete niños: cinco vivos, dos muertos.

Siempre que aparecía en público, Ed era objeto de miradas de soslayo y cuchicheos.

Lo de la Ruta 11 ocurrió cuando Jim estaba en Vietnam.

Los medios habían llamado a los niños «los Apóstoles» a causa de los carteles que llevaban colgados del cuello.

Por sus lecturas de la Biblia cuando era más joven, Jim se imaginaba a los apóstoles tocados por las lenguas de fuego de Pentecostés y capaces de hablar otras lenguas.

No podían ser más distintos de aquel chico silencioso que a veces, desafiando las miradas y cuchicheos, aparecía en la tienda de pesca.

Un chico torpe y hosco, con el pelo caído sobre la cara llena de acné y las manos siempre metidas en los bolsillos de sus vaqueros, que nunca lo miraba directamente a los ojos.

A sus catorce años, era bastante alto para su edad, aunque sin demasiada gracia.

Su cuerpo estaba permanentemente encorvado.

En las raras ocasiones en las que aparecía solo en la tienda, el chico le deslizaba silenciosamente a través del mostrador la lista de artículos que necesitaba, y luego pagaba en efectivo sin mediar palabra.

Durante los años que no vinieron a Tranquility, Stu recurrió a un tipo de Hadsville, pero la cosa no había acabado de funcionar.

Ese inverno del 74, una rama se había caído sobre el tejado durante un vendaval y había desprendido algunas tejas, por lo que había entrado agua en la cabaña.

Pese a sus reiteradas llamadas, el tipo de Hadsville no se había presentado durante semanas.

Así que ahora Stu tenía daños por el agua y, además, por el moho.

Necesitaba otro operario, y le lanzó a Jim el mismo tipo de indirectas que solían lanzarle todos los veraneantes.

Le dijo que necesitaba «consejo» para un trabajo.

Quizá él conociera a alguien adecuado… Jim respondió que sí, claro, que lo pensaría y que se pasaría el lunes, cuando la tienda estaba cerrada.

Se presentó a las siete de la mañana, aunque no pilló acostado a Stu, que por suerte mantenía su horario laboral durante las vacaciones.

Jim echó un vistazo a los daños del tejado y dijo que era un trabajo de un día o dos para el hombre adecuado, sin sugerir en modo alguno que él fuera ese hombre o que estuviera dispuesto a hacerlo.

—¿Y cuánto cree que costaría un trabajo como este? —preguntó Stu.

—Depende —respondió Jim—. Quizá bastaría con cien dólares.

—Me parece un precio justo —dijo Stu.

—Bueno, tengo tejas y clavos en la camioneta. Podría hacer un arreglo rápido hasta que venga un operario —dijo Jim.

—Eso sería muy considerado de su parte, señor Dove. Se lo compensaré como es debido —dijo Stu.