Número desconocido Capítulo 11
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Capítulo 11

Jim Dove tenía ahora treinta y un años y, aparte de su temporada en los Marines, había pasado la mayor parte de su vida en las orillas de Lake Tranquility.

En su juventud, aquello había sido una maravilla.

Días agradables de verano en los que tripulaba el barco de vapor que atendía al hotel, en los que despachaba en la tienda de su padre, llenaba el depósito de las embarcaciones de recreo, pescaba, trabajaba en los jardines de los veraneantes, bebía cerveza y fumaba canutos, en los que flirteaba y se acostaba con algunas de las chicas guapas que venían de vacaciones a las cabañas.

Era una vida regalada, sin ambiciones; de hecho, él había pasado la secundaria sin obtener ninguna distinción.

Ahora Tranquility estaba decayendo; cada verano que pasaba, la tienda de pesca que había heredado de su padre tenía menos clientela.

Algunas de las cabañas de las orillas del lago estaban temporadas enteras sin recibir visitantes.

El hotel Sun Mountain, en el otro extremo del lago, a quince kilómetros de distancia, muy popular en los años cincuenta por haber alojado a presidentes y gángsteres, estaba ahora abandonado.

En aquella época contaba con las mejores suites de todos los hoteles de Maine.

En la entrada había una puerta cochera y unas escaleras de mármol; en la primera planta, un salón de baile belle époque y un comedor con unos apliques dorados que habrían sido el orgullo de los armadores del Titanic; y fuera, unos primorosos jardines inspirados en algunos de los más famosos del lago de Como, en Italia.

Los mariscos y productos más frescos eran enviados desde la costa hasta la terminal ferroviaria de Madison, junto con los mejores vinos europeos.

Y, sin embargo, lentamente, el atractivo de las vacaciones en el extranjero y de los viajes en avión acabaron en los años sesenta con el Sun Mountain.

A diferencia de los veraneantes desaparecidos, Jim Dove se sentía satisfecho en Lake Tranquility.

Él había ido una vez a las Antillas, pero el calor le había recordado demasiado las junglas de Vietnam.

Esta tierra salvaje verde y fría era su hogar.

La «tierra del amanecer», la llamaban los wabanaki que habían vivido aquí en otros tiempos.

La elevada montaña que captaba los primeros rayos desde oriente tenía un nombre nativo americano: Nakuset, Sun Mountain, de donde el hotel había tomado su nombre.

La vida de Jim cambió un año después de que el hotel cerrara, cuando cumplió veintiún años.

El cartero apareció con un sobre amarillo del gobierno que contenía una orden de incorporación a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en el centro de reclutamiento de Bangor.

Él había tenido mala suerte en el sorteo.

En su grupo de edad solamente había una posibilidad entre diez de que lo convocaran.

De algún modo, le toco la pajita más corta.

Era un servicio militar de dos años. Entre los reclutas novatos no había muchas posibilidades de ser alistado en el cuerpo de Marines, pero eso fue lo que le sucedió a Jim.

El oficial de reclutamiento evaluó astutamente a aquel joven delgado y en buena forma que se presentó en Bangor, le hizo varias preguntas incisivas sobre sus habilidades al aire libre y su destreza con un rifle y lo escogió para ser adiestrado con los Marines en el campamento de Pendleton: 1.

ª División, 1.º Regimiento. Incluso entonces tenía solamente una posibilidad entre tres de que lo destinaran a Vietnam.

Pero la suerte, una vez más, no le acompañó en el sorteo.

Llegó a Vietnam justo a tiempo para participar en la Ofensiva del Tet.

Combatió en Huế , la antigua capital imperial, una de las batallas más sangrientas de la guerra, caracterizada por salvajes combates callejeros, edificios con trampas explosivas y atrocidades contra los civiles.

La metralla de una ráfaga desviada de AK-47 le abrió la mejilla derecha, dejándole una cicatriz en el rostro.

Sin embargo, como en el fragor del combate no había tenido tiempo ni ganas de acudir a un oficial médico para que le tratasen la herida, no lo habían condecorado con un Corazón Púrpura.

Tras esa pérdida de tiempo, su suerte mejoró. Aparte de aquella herida sufrida en los combates en Huế, salió indemne. Sesenta mil soldados no volvieron vivos. Uno de cada cuatro marines desplegados fue declarado herido o muerto en combate.

Su padre falleció durante su primer destino. Igual que antes su madre, murió a causa de la gran C. Cigarrillos. La gente ya empezaba a establecer la conexión entonces, aunque Estados Unidos aún consumía medio millón de toneladas de cigarrillos al año. Jim no pudo asistir al funeral.

Cuando volvió de su primer destino en el 69, Norteamérica era un país distinto del que había dejado.

Aunque había soñado con el lago durante dos años, no llegó a Tranquility.

Mientras cruzaba el país, su uniforme y su pelo al rape le granjeaban miradas agresivas entre la gente de su edad.

La narrativa que se imponía era contraria a la guerra, y las imágenes de niños víctimas del napalm huyendo de aldeas en llamas condenaban a los soldados que volvían como asesinos de inocentes.

Jim solo llegó hasta Baltimore, luego dio media vuelta y regresó a San Diego para volver a alistarse.

En el momento en que el ejército empezó a retirarse de Vietnam, la 1.

ª División permaneció allí más tiempo que ninguna otra.

Combatieron en los alrededores de Đà Nẵng.

Más bajas por una causa inútil. Durante su segundo destino, Jim se adiestró como experto en desactivación de artefactos explosivos, que estaba considerada como una de las tareas más peligrosas del cuerpo.

En Đà Nẵng había centenares de bombas sin explotar, minas y trampas explosivas. Su suerte recién adquirida se mantuvo.

Regresó a Tranquility, tras seis años con los Marines, en noviembre de 1973. Aunque solo tenía veintisiete años, parecía mucho mayor.

En su ausencia, habían enterrado a George Dove en la parcela familiar del cementerio de la iglesia episcopal de Hadsville, a quince kilómetros del lago.

Jim pasó por el cementerio en cuanto se apeó del autobús.

Era un día frío. Se dirigió a la iglesia de la colina.

El cielo de noviembre armonizaba con el granito gris del edificio.

Los muros de piedra del campanario estaban pintados de un anómalo tono rojo sangre, que constituía la única nota de color de todo el conjunto.

En el cementerio, miró la pulida lápida de granito donde figuraban el nombre y las fechas de su padre grabados con letras doradas.

La tumba de su madre estaba al lado. Dieciocho años separados y ahora de nuevo acostados uno junto al otro bajo el frío abrazo de la tierra.

No sabía de dónde le venía esa idea, pero era lo bastante fuerte y triste como para que se le humedecieran los ojos.

Caminó hacia la verja y la carretera rural.

Incluso entonces tuvo dudas. Dar media vuelta, esperar el autobús que iba a Bangor.

Marcharse para siempre. Volver a California.

Pero ¿para qué? Las posibilidades de encontrar trabajo para los soldados que regresaban eran escasas.

Muchos de sus compañeros habían acabado en barrios marginales.

En ese lugar, él tenía al menos un medio de vida, por llamarlo de algún modo.

Trató de hacer autostop hacia el lago, pero apenas había tráfico, como siempre después del día del Trabajo.

Mientras caminaba hacia el norte, solo pasaban camiones madereros, todos a la máxima velocidad permitida de ochenta kilómetros por hora.

Los camiones no paraban. La política de las compañías era no detenerse por ningún motivo.

Ellas eran los reyes de la carretera y las propietarias de los millones de hectáreas de pino, pícea y abeto que se extendían a su alrededor.

Al cabo de media hora, MacDonald, el ayudante del sheriff, detuvo su coche patrulla y se ofreció a llevarlo. En los seis años que Jim había estado fuera, MacDonald había encanecido un poco y adquirido una barriga que ponía en tensión los botones de su uniforme.

El ayudante lo llevó hasta el lago y lo dejó en el solar cubierto de hierbas frente a la tienda.

El rótulo pintado a mano de la fachada, con sus descoloridas letras estarcidas, parecía un cartel de búsqueda del Salvaje Oeste.

Decía: Equipos de pesca y cebos Dove. Más allá, el agua del lago tenía un tono gris metalizado y las montañas de coníferas se hallaban envueltas de sinuosas coronas de niebla.

La lluvia helada de finales de otoño prometía nieve.

La tienda estaba tal como la había dejado su padre cuando se lo habían llevado al hospital de Bangor para no volver.

Había dos docenas de viejas facturas sin pagar embutidas en el buzón de la carretera.

La llave estaba donde él la dejaba siempre: en una vasija colocada sobre el dintel.

Le sorprendió que nadie hubiera forzado la entrada.

El interior del establecimiento tenía el aire enrarecido de cualquier lugar que había estado deshabitado durante mucho tiempo.

Las telarañas festoneaban las ventanas, las vigas y las sillas.

Sobre la mesa de trabajo había un sedal enmarañado que su padre debió de haber estado desenredando hasta el último momento.

Un cenicero de estaño contenía dos colillas fosilizadas: el hombre nunca había sido capaz de dejar el hábito que lo había matado.

Había unas treinta cañas de pescar en los soportes de detrás del mostrador.

Del carrete de cada una colgaba una etiqueta anaranjada con el precio escrito con la pulcra letra de su padre.

Teniendo en cuenta que la inflación era de un diez por ciento, ahora, sin duda, serían verdaderas gangas.