Capítulo 10 #5
—¿En Texas? —Fue como si le hubiera dicho que estaba en la luna.
Ed sintió que se abría un gran vacío en su pecho y sus ojos se humedecieron ligeramente.
Durante el resto de los treinta minutos estuvo distraído.
No había mucho más que decir, al fin y al cabo.
No hubo más preguntas, ni tampoco más respuestas.
Al final, Gloria se puso de pie. Él se levantó también y permaneció con los brazos colgando a los lados con impotencia.
Ella se acercó y lo abrazó, en una oleada de suavidad y fragancia.
Ed sintió el contacto de aquellos senos sobre su torso flacucho, la presión del crucifijo que llevaba colgado del cuello a través de su jersey.
Después, Gloria le cogió una mano y, abriéndole la palma, depositó allí un trozo de papel.
Ed cerró la mano sobre la suya; luego notó que los dedos de Gloria se retiraban, dejándole el papel.
En cuanto ella desapareció por la puerta, el niño se apresuró a subir a su habitación. Allí examinó el mensaje. Era un número de teléfono. Con el prefijo 915. Se acercó el papel a la cara y aspiró la leve fragancia de Youth Dew.
Ningún agente reemplazó a Gloria. El caso de los Apóstoles, aunque todavía abierto, ya no estaba siendo investigado activamente.
A todos los que habían participado en las pesquisas se les aconsejó volver a la «normalidad».
¿Hipótesis final? Los niños, que fueron conducidos a través de la frontera, habían sido víctimas de una misteriosa secta mística.
Durante los cinco primeros años, los Constance decidieron que su cabaña de vacaciones de Maine, en Lake Tranquility, no era adecuada para Ed, porque podía actuar como detonante de una crisis.
Así pues, la alquilaron y pasaron sus vacaciones en las extensas costas de Cape Cod, lejos del lugar donde fueron encontrados los Apóstoles.
Estas estancias no calmaban a Ed: las enormes olas de las playas del Atlántico le aterrorizaban y el rugido constante del mar y los gritos de las gaviotas agitaban su mente atormentada.
Cuando cumplió catorce años, los Constance tomaron la decisión de prescindir de Cape Code.
Al fin y al cabo, tenían una estupenda cabaña en Lake Tranquility, totalmente pagada, que no aprovechaban.
Estaba a trescientos kilómetros de la Granja y de la zona donde habían aparecido los niños.
Seguramente no entrañaba ningún riesgo llevar al chico allí, ¿no?
A principios del verano del 75, Stu lo llamó a su estudio.
Habían mantenido muchas conversaciones allí a lo largo de los años, especialmente después de los sucesivos incidentes que se habían producido en varias escuelas.
Como siempre, el escritorio estaba cubierto de planos de centros comerciales que su compañía estaba construyendo.
Para Ed, al que habían llevado a todas las inauguraciones de los proyectos de su padre adoptivo, aquellas construcciones eran cada vez más feas.
Stu estaba vaciando su pipa y le dirigió una sonrisa forzada.
Tenía los dientes amarillentos a causa del tabaco.
—¿Cómo te va, chaval? —preguntó.
—Bien, señor —musitó Ed.
Stu se echó hacia delante, apuntándolo con la pipa.
—Ya te he dicho otras veces que me llames Stu.
Ed se limitó a asentir.
—Escucha, Bettie y yo hemos decidido volver este año a nuestra propiedad de Maine.
Hubo un silencio mientras Stu lo miraba con la misma seriedad benigna pero solemne del doctor Gant.
—¿Qué me dices?
—¿Yo?
—Claro, tú. ¿Qué te parece, chaval? ¿Quieres ir?
Stu se embarcó entonces en una perorata sobre los motivos por los que Lake Tranquility le sentaría bien.
Ed se sabía ese discurso de principio a fin, porque ya se lo habían soltado media docena de veces.
En el lago había todo lo que uno podía desear: la cabaña más preciosa que había visto en su vida, botes, pesca, natación; vamos, incluso se encontraban piedras talladas de la tribu nativa americana que había vivido allí: pedazos de sílex convertidos en puntas de flecha y tomahawks . ¿Acaso había algo mejor que aquello?
Ed se limitó a asentir. Finalmente, estaba sucediendo: iba a volver al lugar del que había venido.
Stu sonrió ampliamente.
—Buen chico. Te lo pasarás estupendamente, ya lo verás.
Pero para entonces Ed ya estaba muy lejos.
Mientras miraba sin ver más allá de Stu, oyó un ruidito en su interior.
Al principio era el canto lejano de un gorrión de garganta blanca: Ah, te, e, e, te, e, e, te .
Pero ese canto se transformó lentamente en un zumbido, como el de un mosquito, y entonces escuchó el débil soniquete de unas voces infantiles, igual que el día de la lección sobre Hiroshima del señor Preston.
Recitaban: «Y oí una voz en medio de las cuatro bestias que decía: “Una medida de trigo…”».
La habitación empezó a dar vueltas y todo se volvió negro.
Cuando despertó, Stu y Bettie estaban inclinados sobre él.
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella.
—Se ha desmayado. Sobreexcitado por lo de Maine, supongo —dijo él.