Capítulo 10 #4
La segunda pelea no tardó en llegar. La misma oscura oleada surgió de las profundidades, la misma niebla roja, el mismo apagón.
Por suerte, el segundo niño no acabó tan maltrecho como Reilly.
Aun así, el director cumplió su promesa y Ed fue expulsado de Pierce.
Los Constance consiguieron una plaza en una escuela algo más alejada de Winthrop Road.
Pero para entonces la reputación de Ed ya lo precedía: era inevitable que un niño de Pierce conociera a otro de la escuela situada unas manzanas más allá.
Y en la nueva escuela, por supuesto, había otro Reilly decidido a demostrar su superioridad sobre aquel extraño recién llegado.
Así que volvió a pasar lo mismo otra vez, y otra, y se fueron sucediendo las escuelas, con otra nariz rota, dedos fracturados, más dientes saltando por los aires…
La frase de Stu «bueno, aquí estamos» en la puerta de cada escuela sucesiva adquirió un tono cada vez más cansino.
Ni él ni Bettie conseguían conectar con aquel niño extraño, difícil e iracundo que habían adoptado.
En cuanto a Ed, cada vez que regresaba de sus arrebatos, cada vez que era convocado con sus padres en el despacho del director, cada vez que vaciaba su taquilla, se aferraba a su fracaso como si fuera lo único real.
Pero, pese a los cambios de escuela, su aprendizaje nunca se resintió.
Siempre era el primero, o casi el primero, de su clase.
Los otros niños añadían el pecado de una «memoria engañosa» a sus demás transgresiones.
Gant ordenó que trajeran a un hipnotizador homologado por la policía.
No estaba claro si el hombre había tenido antes a un niño como paciente; normalmente su misión era sonsacar pruebas a testigos adultos olvidadizos o reacios a recordar.
En cualquier caso, tumbó a Ed en el sofá de Gant y trató de inducirle un estado de profunda relajación.
Esto resultó imposible la primera vez, y no fue mucho más fácil en las siguientes sesiones.
En una o dos ocasiones, Ed empezó a adormilarse y a entrar en regresión, pero salió de ella bruscamente con un grito de terror.
Luego aseguró no recordar nada de lo que había revivido en esos momentos.
Finalmente, las sesiones fueron canceladas.
Gant comprendió que solo estaban rozando la superficie de algo muy grande, oscuro y maligno. Sus colegas estaban experimentando lo mismo con los otros cuatro niños: violentos cambios de humor, agresiones a ciegas.
Al final, además, Ed le transfirió algún impulso hostil olvidado.
Cuando el psicólogo sonreía, sus labios rojos asomaban entre la barba de un modo que le traía al niño el recuerdo de alguien, alguien que no lograba recordar, pero que le desagradaba.
Gant intentó analizar esa pista, pero, como el sentimiento de desagrado iba en parte dirigido a él, no progresó.
En un momento dado, Gant les confesó a los Constance que el estrés postraumático de Ed le inquietaba, y se preguntó en voz alta si sería necesario volver a internarlo.
Aunque Stu y Bettie se arrepentían de haberlo adoptado, al menos, en esto, se mostraron firmes, y se negaron a que el niño volviera a ser ingresado en una institución.
De algún modo se las arreglarían para resistir.
Gloria había pasado de visitar a Ed en el hospital a hacerlo en su casa. Y mientras que el niño se distanciaba de Gant, su relación con ella se volvió más estrecha.
Al principio, Gloria se presentaba en Winthrop Road todas las semanas; después, a medida que la reclamaban otras tareas, lo hacía con menos frecuencia.
Ella no parecía estar interesada en recabar información, decía que sus visitas eran «pastorales».
Solía sentarse con Ed en la amplia sala de estar.
Sus uñas rojas, de impecable manicura, resaltaban junto al servicio de té de color hueso.
La exótica fragancia Youth Dew y sus cigarrillos mentolados se imponían agradablemente al olor habitual a pastel y al perfume clásico de Bettie.
En esas ocasiones, Ed admiraba de cerca su brillante pintalabios y su espesante de pestañas.
Suponía que en el FBI las joyas y el maquillaje excesivo no estaban bien vistos, y le gustaba que Gloria Gonzalez fuera algo rebelde en ese sentido.
¿Acaso esa admiración que le provocaba era una pista sobre el niño que había sido, pero al que no podía recordar?
Stu o Bettie estaban siempre presentes en esas sesiones.
Para mantenerse al tanto de todo, decían, cosa a la que tenían derecho como padres.
A veces intervenían: decían que el niño no estaba preparado aún para abordar aquello, o que simplemente estaba cansado.
Gloria se limitaba entonces a sonreír. Ed podía descifrar esa sonrisa: era falsa, no la que reservaba para él.
Se daba cuenta de que ella pensaba que sus padres estaban interfiriendo.
Sin embargo, nunca se quejaba, simplemente decía: «En otra ocasión», recogía su bolso y daba las gracias a Stu y Bettie.
Al principio, hablaba prácticamente de cualquier cosa, de cualquiera salvo de la investigación.
En una o dos ocasiones consiguió arrancarle a Ed una sonrisa.
Y para él, cuando Gloria se la devolvía, era como si saliera el sol.
Aunque la actitud de la agente pudiera parecer en principio informal, Ed advirtió con el tiempo que había un método detrás de su forma de abordarle.
Más adelante se preguntó si no habría algún manual del FBI para interrogar a menores traumatizados.
Preguntas y respuestas nunca demasiado contundentes, de carácter muy general, pero poco a poco apuntando a datos concretos.
Solo cuando alcanzaban ese momento, ella sacaba de su bolso algunos documentos o fotografías, los colocaba sobre la mesita de café y lo invitaba a echar un vistazo.
Al gesticular, su pulsera de oro, con el colgante de un corazón, se deslizaba por la mesa con un delicioso tintineo.
Un día, Ed reunió el valor suficiente para hacerle una pregunta.
—Gloria, ¿quieres decirme una cosa? —susurró.
—Claro, lo que sea —respondió ella.
—¿Qué ha pasado con los demás niños?
Gloria echó un vistazo alrededor con incomodidad, pero Bettie, que era quien estaba supervisando aquella sesión, se había ido a la cocina para atender una llamada.
—Encontraron un hogar, Ed. Igual que tú.
—¿Todos? —preguntó él.
—Sí, todos —respondió Gloria, aunque volvió a desviar la mirada, y él, por una vez, se preguntó si estaba diciendo la verdad.
—Había una niña llamada Shannon… ¿Está bien?
—Sí, Ed, está bien. Fue acogida por una familia cerca de aquí.
—¿Una familia como esta?
—Claro.
—¿Le pusieron un apellido como a mí?
De nuevo, Gloria no pareció del todo cómoda con aquellas preguntas.
—A ver, Ed, se supone que yo no debo decirte esto, pero, sí, ahora su apellido es Quincy, que es el de sus padres de acogida. La gente adopta a muchos niños sin hogar para darles una buena vida.
—¿Puedo verla?
—No, Ed. Ya sabes que el tribunal no lo permitiría.
Ed le sostuvo la mirada unos momentos, preguntándose si, en caso de sostenerla el tiempo suficiente, ella acabaría cediendo y lo sacaría sigilosamente de allí para llevarlo a donde Shannon vivía ahora; pero justo en ese momento Bettie volvió de la cocina y sus esperanzas, más bien escasas, de que Gloria lo complaciera se desvanecieron por completo.
El método de la agente, fuese cual fuese, no resultó más productivo que el de Gant. Aparte de los nombres de los demás niños, la mente de Ed permaneció en blanco respecto a cualquier otro detalle de lo que había sucedido en la Granja de Eriksson.
Más adelante, cuando él ya estaba en la escuela intermedia, la oficina de Boston le asignó a Gloria otro destino. El día que Stu la hizo pasar a la sala de estar por última vez no había una sonrisa en su rostro.
—¿Estás bien? —preguntó Ed.
Ella le lanzó una mirada a Stud, que se había acomodado en su sillón y parecía inmerso en el Herald .
—Escucha, Ed, tengo que darte una noticia —dijo—. La agencia me envía a la oficina de El Paso.
Los conocimientos de geografía del niño eran todavía más limitados de lo que le habría correspondido a un alumno normal de sexto.
—¿Eso está cerca? —preguntó.
Ella meneó la cabeza con tristeza.
—No, Ed. Está en la frontera. En Texas.