Número desconocido Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Hubo un ajetreo de libros que se abrían mientras dos de los niños hacían lo que Preston les había ordenado.

El aula quedó sumida en una semipenumbra.

Ed sintió la primera punzada de incomodidad.

Había un libro de texto sobre el pupitre.

No sabía muy bien dónde debía encontrar el capítulo al que Preston se había referido, pero el libro pareció abrirse por sí solo en una página que mostraba una columna negra que se elevaba de la tierra hacia el cielo, entre una aureola de vapor, y formaba una nube con forma de hongo.

Esa imagen ya la había visto antes. La había visto entonces.

Un delicado caparazón se fracturó en su interior.

La negrura empezó a avanzar. Estaba inundando su visión.

Apartó los ojos de la fotografía y alzó la mirada, pero en la pantalla del proyector estaba la misma imagen, ahora en color y ampliada diez veces.

Oyó el zumbido de la voz de Preston mientras iba pasando las diapositivas: el presidente Truman, el Enola Gay , el coronel Tibbets y su tripulación, «Little Boy», la bomba con forma de huevo, Hiroshima, luego Nagasaki…

, pero el aula y el mundo entero se desvanecían, borrándose ante aquella arrolladora oleada negra…

Al salir de la oscuridad, se materializó otra escena.

Estaba en otra habitación, una especie de aula, pero no la de la escuela Pierce con su veintena de niños y niñas.

Aquí solo eran siete. Los nombres de los otros niños acudieron a su memoria por primera vez desde que los habían encontrado en la Ruta 11: David, Carl, Hope, Kevin, Catrine…

y Shannon. Sobre todo, Shannon… No había ventanas en esa habitación.

Un proyector de cine arrojaba un haz de luz blanca y parpadeante sobre una pared desnuda.

Y, sí, él y los demás estaban cantando mientras la nube con forma de hongo se elevaba más y más y el cielo se volvía de un color rojo-sangre; abajo, una ciudad yacía en ruinas; se veían sombras en las aceras donde antes había gente, cuando aquel destello había vuelto el cielo de color blanco; las imágenes de víctimas espantosamente quemadas empezaron a desfilar…

Oyó un grito, sintió que lo sujetaban y sacudían; luego oyó voces que pedían que viniera corriendo la enfermera.

—Uno de los niños tiene convulsiones.

Tras consultar con el director Farmer, se decidió que Ed debía ser dispensado de ciertas lecciones, en especial de las de historia del siglo XX del señor Preston.

Durante esas clases, le dejaban sentarse junto a la secretaria de Farmer, en la antesala de su despacho.

Para entonces, la historia del niño que daba gritos y los rumores sobre su pasado ya circulaban por toda la Pierce.

La escuela era una jungla con depredadores y presas.

Ed era ahora la presa. Poco después del incidente, el cabecilla de los alumnos de quinto, Todd Reilly, se plantó ante él durante el recreo.

—Eh, bicho raro, mírame. —Reilly tenía la costumbre de dirigirse a todo el mundo, salvo a los adultos, con los brazos en jarras y las piernas separadas, como un matón sindical.

Para entonces, Ed había avanzado mucho en la lectura de El Principito y habría deseado estar muy lejos, en el Sáhara con su héroe, y no en ese patio gélido.

Pero había algo que le habían enseñado sus libros: o te defiendes frente a las agresiones o te conviertes en una víctima permanente.

El momento que había previsto desde que entró en Pierce había llegado.

Solo tenía una opción. Reuniendo el frágil coraje que sentía en su interior, bajó el libro y se levantó.

El otro le sacaba unos buenos quince centímetros.

—Hazme un favor. Déjame en paz, ¿vale? —dijo, aunque incluso para sus oídos no sonaba convincente.

Reilly abandonó su pose y dio un paso hacia él, apretando los puños.

—Repite eso —le soltó.

—He dicho que me dejes en paz —soltó Ed de nuevo. Esta vez le salió un poco más fuerte, aunque no mucho.

—¿Tú sabes quién soy, chaval? —preguntó Reilly.

—Me estoy haciendo una idea —respondió Ed.

—¿Qué idea? —dijo Reilly, sonrojándose y salpicándole con su saliva en la cara.

Luego dio otro paso más y lo empujó con ambas manos, sin duda confiando en que cayera de culo, pero Ed estaba preparado y no se cayó.

Le devolvió el empujón con fuerza, haciendo que se tambaleara.

Ahora el grandullón soltó un gruñido y se lanzó sobre él agitando los puños.

Ed intentó esquivarlo, pero un puñetazo le rozó el pómulo y le dio en la nariz con un crujido. Sintió el sabor de la sangre.

Reilly estaba algo desequilibrado; su rostro sudoroso se inclinaba a unos centímetros del de Ed.

Ed notó un rugido en sus oídos. Entonces, como una monstruosa serpiente negra, surgió de las profundidades una furia largamente enterrada. El rugido se convirtió en un alarido. Su mente se quedó en blanco.

Cuando volvió en sí —podrían haber sido horas, pero seguramente fueron solo unos segundos—, Reilly estaba tendido en el asfalto cubriéndose la cara con las manos.

Tenía la nariz destrozada, aplastada contra una mejilla, y su boca era un agujero sanguinolento.

Farfullaba algo entre la sangre. Ed tenía los nudillos despellejados y sangraban.

Un profesor lo sujetaba por detrás y le inmovilizaba los brazos.

—Tranquilo, chico —dijo. Aunque estaba forcejeando con un niño que supuestamente tenía nueve años, el profesor parecía haberse quedado sin aliento, como si apenas pudiera hacer frente a su frenético y repentino vigor.

Stu y Bettie acudieron a la reunión en el despacho del director Farmer, quien parecía desconcertado. El profesor que había reducido a Ed le había explicado que el niño había mostrado súbitamente una rabia enloquecida, homicida. A Reilly podría haberlo matado.

—A ver, Edward, quizá podrías explicarnos, a tus padres y a mí, lo que ha sucedido en el patio esta mañana —dijo Farmer.

Ed había permanecido todo el rato mirando el suelo. Tenía una tirita en el puente de la nariz y los nudillos cubiertos de costras. Se encogió de hombros sin mirarle a los ojos.

—Ed —dijo Stu—, el director pretende darte una oportunidad. Cuéntale lo que ha pasado.

Él volvió a encogerse de hombros.

—No sé. Ese chico me ha pegado y luego todo se ha vuelto negro.

—¿Nada más? —preguntó Stu.

Ed levantó la vista.

—Ya lo he dicho, no me acuerdo. —Había algo oscuro en su mirada que a los tres adultos les resultaba inquietante.

—Muy bien, Edward, ya puedes irte. Voy a hablar un momento a solas con tus padres —dijo el director.

Cuando él hubo salido, Farmer bajó la voz como si temiera que Ed pudiera escuchar lo que se disponía a decir.

—Señor y señora Constance, me consta que hay circunstancias atenuantes en este caso.

El estrés postraumático y todo eso, hemos leído los informes…

Pero debo decirles que el profesor que ha presenciado la pelea estaba muy impresionado por lo que ha visto.

Según él, Edward ha enloquecido literalmente.

Su cara se ha transformado, se ha vuelto monstruosa, si no les importa que utilice este término. Habría podido matar al otro niño.

Stu miró un momento a Bettie y se volvió de nuevo hacia el director.

—Escuche, señor Farmer, espero que sea un poco indulgente con Ed.

Usted ya conoce sus antecedentes, como dice.

Por lo que podemos deducir, ha permanecido encerrado en una cabaña del bosque durante toda su vida.

Dios sabe lo que le habrá ocurrido allí.

Ahora todo es nuevo para él. Hay algunas dificultades, pero las superará.

Y, ¿sabe?, si sirve de algo, cubriré con mucho gusto los gastos médicos del otro niño.

—dijo, intentando activar su sonrisa irresistible, pero por una vez le falló.

Farmer lo miró fríamente.

—De acuerdo —dijo—. Se lo comunicaré a los padres de Reilly. Entre tanto, Ed permanecerá en el aula durante los recreos hasta nueva orden. Y si llega a repetirse un incidente semejante, se acabó. Será expulsado.

Reilly, en efecto, tuvo que ser hospitalizado para que le practicaran una reconstrucción quirúrgica de la nariz y le colocaran unas prótesis dentales en su boca destrozada.

Sus padres, sin embargo, se negaron a aceptar el dinero de Stu para pagar el tratamiento.

Parecían avergonzados por el hecho de que su hijo hubiera sido vapuleado tan gravemente por un crío debilucho de nueve años.

En cuanto a Ed, estar confinado en el aula durante los recreos le pareció perfecto. Así pudo continuar con sus lecturas.

Pero tras unas semanas, Farmer decidió que ya había cumplido su condena y que tenía que volver al patio de recreo.

Podría haberse aprovechado de la adulación de los demás alumnos de cuarto y quinto, al fin y al cabo, había derrotado al abusón más famoso de quinto.

Pero él no se valió de su popularidad y rehuyó los intentos de acercamiento de los otros niños.

Sus compañeros llegaron a la conclusión de que esa no era la forma de actuar de los héroes.

Al cabo de un tiempo, olvidaron lo que le había ocurrido a Reilly.

En cada recreo se repetía la misma escena: las preguntas, el acoso, los insultos cuando no respondía.

La popularidad se convirtió en hostilidad.

«Ahí viene el Bicho Raro del Espacio Exterior», oía cuando se acercaba a un corrillo; o bien: «¿Qué le pasó a tu cerebro en el Laboratorio Espacial, marciano?

». A causa de su tez olivácea, algunos lo llamaban «hispano» en la cara.