Capítulo 10 #2
No era impaciente. Lo cual estaba bien, porque nueve años son muchos para limitarse a esperar y observar cuando no tienes un cuerpo y eres solo un ojo.
Llegaron los vientos de otoño. Después, con el deshielo de primavera, la nieve y la aguanieve arrastraron el ojo un poco más allá de su primer lugar de reposo.
Ahora miraba hacia otro rincón del cielo.
Pero, para el ojo, todo el cielo era igual.
Como lo eran el sol y la luna y las estrellas.
Durante nueve años, el ojo se deslizó lentamente por la ladera desde el lugar donde el nuevo sol lo había colocado, esperando a que la mano que lo había tocado por última vez viniera a recogerlo… y recordara.
Ed y los demás niños no podían quedarse en el hospital para siempre.
Las autoridades del estado plantearon la misma pregunta a todos los psiquiatras: ¿tenían los niños la posibilidad de llevar una vida «normal»?
Todos los psiquiatras fruncieron el ceño ante la palabra «normal»; en su canon, no había una «norma» para todo el mundo, y mucho menos para unos niños de nueve años que habían sido víctimas de un secuestro y posiblemente de abusos.
Cada uno de los psiquiatras les había explicado todo esto con paciencia a la policía, a la prensa, a los posibles padres adoptivos.
Los hogares de adopción tendrían que ser escrupulosamente investigados.
Algunas parejas interesadas ya se habían presentado como adoptantes potenciales.
Stuart y Bettie Constance eran una de ellas, de Boston, de unos cuarenta años, sin hijos.
Tenían una casa en Winthrop Road, Brookline, cerca del Hospital de Niños.
Era un precioso edificio de tres pisos del siglo XIX , con un gran patio trasero.
Alegaron que estaban especialmente interesados en los Apóstoles porque poseían una cabaña en Lake Tranquility, un lugar de vacaciones de Baxter Park, y resultaba que ellos estaban allí aquel sábado, 27 de junio, y aseguraban conocer todos los detalles del caso, pese a que Lake Tranquility quedaba a más de trescientos kilómetros del tramo de la carretera donde habían aparecido los niños.
El mismo lunes después de que fueran encontrados, los Constance contactaron con la comisaría de Presque Isle.
Sus nombres fueron transmitidos a la agencia de adopción e investigados tan exhaustivamente como podían investigarse estas cosas en esa época.
Los Constance explicaron que habían postergado la decisión de tener un hijo y que ahora, tras innumerables análisis y procedimientos médicos, debían aceptar que nunca tendrían descendencia biológica.
Aseguraron que la historia de aquellos niños les había tocado la fibra y que su mayor deseo era adoptar a uno de ellos.
El verano ya había dado paso al otoño. Había que tomar una decisión.
El hecho de que su casa de Brookline quedara tan cerca del hospital influyó a favor de los Constance.
Además, en apariencia, la pareja había llevado una vida intachable.
Él era promotor inmobiliario; ella, maestra de escuela de primaria.
Eran personas religiosas: miembros de la Iglesia episcopal, feligreses de todos los domingos.
Acción de gracias antes de las comidas, oraciones al acostarse.
Su pastor, Woodson Bates, los respaldaba.
Las adopciones de los cinco niños fueron anónimas; los expedientes se sellaron y solo podrían abrirse en el futuro por orden del presidente del tribunal. Los medios se sumaron voluntariamente a la orden de silencio; al fin y al cabo, ahora las noticias estaban monopolizadas por el juicio Manson.
Era justo antes de la Navidad de 1970 cuando Ed salió del hospital.
Gant y Gloria esperaron con él en la sala de consulta.
Ed tenía una sola pieza de equipaje: una maltrecha maleta de cuero de segunda mano que le había dado el propio Gant.
Poseía unas pocas prendas, procedentes de las donaciones al hospital, pero ningún juguete.
La Biblia de la bolsa de Pan Am había sido requisada para someterla a análisis.
Gant le había regalado algunos libros clásicos para que siguiera con la lectura: todos de fantasía, como parecía adecuado para un niño que no había vivido nunca en el mundo real: El hobbit ; El león, la bruja y el armario ; El Principito .
Stuart y Bettie llegaron vestidos con la ropa de la iglesia.
Stu, como todo el mundo lo conocía, era un hombre bajo, de un metro sesenta y cinco, y llevaba un traje de tweed y unas gafas con montura de concha.
Tenía una nariz ganchuda y una boca grande que sonreía ampliamente con ese tipo de sonrisa dentona necesaria para persuadir a los clientes de que un terreno industrial abandonado y ruinoso era una oportunidad que solo se presentaba una vez en la vida.
Bettie también iba vestida de tweed, con un traje de dos piezas, gafas de concha como su marido, bolso de cocodrilo y guantes blancos, como una imitadora de Jackie O.
Stuart se quitó el sombrero y activó su sonrisa de cien vatios.
Lo único que Ed veía eran sus dientes, unos dientes demasiado grandes para un hombre bajo, casi propios de un depredador, y amarillentos por el humo de la pipa.
Stuart estrechó vigorosamente las manos de Gant y Gloria; luego se volvió casi con timidez hacia el niño, al que solo le sacaba unos treinta centímetros.
—Bueno, Edward, aquí estamos —Ed descubriría más tarde que a Stu le encantaba decir «Aquí estamos»—. ¿Estás listo para venir a casa?
Ed tragó saliva y se volvió hacia Gant y Gloria.
—Bueno, chaval —dijo Gant—, volverás aquí todos los miércoles, ¿recuerdas? Y Gloria irá a verte cada semana.
Ella se agachó y abrazó al niño. Los Constance intercambiaron una mirada, como si aquello no fuera lo que se esperaba de una agente federal.
—La semana que viene, ¿vale, pequeño? —le susurró Gloria al oído. Él se tragó una lágrima y asintió.
Gant había advertido a los Constance que no debían esperar mucha conversación por parte del niño, y ese día, en efecto, no consiguieron hacerle hablar.
No desde luego en el trayecto hasta el aparcamiento, donde aguardaba el Volvo P220 familiar de color azul celeste que Stuart había comprado hacía un año y que era su orgullo y su alegría.
—¿Qué te parece, chaval? —le preguntó al niño, señalándolo—. Cuatro cilindros, noventa caballos. Traído nada menos que desde Suecia.
Su entusiasmo no le provocó ninguna reacción a Ed, que se limitó a mirar inexpresivamente aquella maravilla de la ingeniería nórdica.
Tampoco dijo una palabra durante el breve trayecto hasta Winthrop Road ni cuando le mostraron la casa.
Ni siquiera cuando descubrió que iba a tener su propia habitación en la buhardilla.
Stu había pintado las paredes de un tono amarillo pálido y colgado un mapamundi y unas fotografías campestres de hombres con pistolas y escopetas.
Bettty había traído una colcha de vivos colores de su grupo de mujeres.
Incluso había un lavamanos en un rincón de la habitación.
Para entonces, Stu estaba algo turbado por el completo silencio de Ed.
—Bueno, pues aquí estamos. ¿Por qué no te lavas un poco y vamos luego a cenar?
—dijo. Y, sin más, él y Betty se retiraron y, asombrosamente, cerraron la puerta, de manera que Ed se encontró, en apariencia por primera vez en su vida, totalmente a solas.
Se quedó allí, paralizado. Y seguía mirando la pared fijamente cuando Bettie volvió para decirle que la cena estaba lista.
Los Constance decidieron conservar el nombre de cautiverio del niño, que al menos le resultaba familiar.
Stud solía asegurar que había algo de sangre escocesa en su familia.
En la sala de estar tenía un cuadro de caza de un ciervo, y Betty había tapizado los muebles con una tela a cuadros típicamente escocesa.
A Ed le pusieron de segundo nombre «Burns», en honor a esos orígenes más bien dudosos.
Los problemas empezaron en la escuela primaria, la Pierce.
Ed llegó en enero, un par de semanas después de las vacaciones de invierno.
Dada la incertidumbre sobre su verdadera edad y su carácter retraído, con una capacidad para relacionarse muy por debajo de los alumnos más pequeños, decidieron ponerlo en cuarto curso.
Tenía buena aptitud para la lectura y una memoria extraordinaria, en particular de la Biblia, pero no sabía nada de matemáticas, historia o geografía.
El primer día, Farmer, el director de la escuela, lo llevó a la clase de cuarto del señor Preston. Ed era el único recién llegado ese trimestre de primavera, y todos los niños se volvieron a mirarlo mientras él permanecía de pie ante ellos, desplazando su peso de un pie a otro.
—Niños, por favor, dadle la bienvenida a Edward Constance en vuestra clase —dijo Farmer con seriedad; luego le hizo un gesto a Preston para que se hiciera cargo del nuevo alumno.
Hubo un coro de cuchicheos mientras Farmer se retiraba y Preston lo llevaba a un pupitre libre.
Ed captó algunas palabras y frases sueltas: «encontrado en una cuneta»…
, «dos de ellos muertos»…, «forastero»…, «bicho raro»…
—Ya basta, niños —dijo Preston, y los murmullos cesaron de inmediato—. Siéntate, Edward, por favor.
El profesor regresó a su escritorio, donde había un proyector enfocado hacia la pared, y bajó una pantalla.
—La primera lección es Historia. Edward, tendrás que ponerte al día como los demás alumnos.
Hemos estado estudiando el siglo XX y la Segunda Guerra Mundial.
La semana pasada no terminamos el tema. Abrid vuestros libros por el capítulo titulado «La bomba atómica», y los que estáis sentados junto a las ventanas, cerrad los postigos, por favor.