Número desconocido Capítulo 10
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Capítulo 10

El doctor Roger Gant, el psicólogo infantil del Hospital de Niños de Boston, en Brookline, parecía el típico científico excéntrico de un programa de televisión: un tipo barbudo con una bata manchada y unas gafas de media luna.

Le gustaba proceder de manera informal y decidió llamar a Ed.

No le gustó enterarse de que se había designado a un agente para supervisar su tratamiento.

Se encontró con Gloria en el pasillo, frente a su despacho, antes de la primera sesión.

Ella había prescindido del traje pantalón, demasiado serio, y llevaba un conjunto de blazer y falda de color sangría, y un pintalabios de tono coral.

La falda tenía el dobladillo bastante alto.

Sonrió cálidamente, y Gant no pudo evitar sonreír a su vez.

Quienquiera que la hubiera escogido para esta misión había escogido bien. Aquello podía funcionar.

—Encantado de conocerla, agente Gonzalez.

Ella alzó una mano. Sus anillos destellaron bajo la luz del pasillo.

—Llámeme Gloria, por favor.

—Muy bien, Gloria. Antes de que entremos, me gustaría que repasáramos el caso —le dijo, señalándole un banco del pasillo.

—Me parece bien —dijo ella, sentándose y estirándose la falda, aunque no antes de que Gant hubiera admirado sus rodillas.

Él carraspeo y se sentó también.

—El niño sufre una amnesia provocada, según creemos, por algún tipo de control mental traumático. ¿Está familiarizada con el tema?

—¿Quiere decir si he visto El mensajero del miedo ? Sí, la he visto.

Su sonrisa era realmente contagiosa y él se la devolvió.

—Bueno, supongo que las películas y los libros tienen mucha culpa de que la realidad y la ficción se confundan. He oído que algunos de los acusados en el juicio Tate-LaBianca están alegando persuasión coercitiva.

El juicio de Charles Manson acababa de comenzar y había reemplazado rápidamente a la historia de los Apóstoles en los titulares de prensa.

—¿Usted cree que fueron forzados a cometer esos asesinatos? —preguntó Gloria.

—De hecho, sí lo creo. Considero que, en las condiciones adecuadas (drogas, privación de sueño, tortura), incluso personas relativamente normales pueden ser incitadas a cometer un asesinato mediante una orden. Los llaman «agentes robot». Estoy seguro de que habrá oído ese término.

La sonrisa de Gloria se desvaneció ligeramente.

No iba a reconocerlo ante Gant, pero todos los alumnos de Quantico habían oído hablar ampliamente acerca de MKUltra, el programa de investigación de la CIA sobre modificación del comportamiento.

Presos, pacientes psiquiátricos y mujeres con depresión postparto habían sido sometidos a electroshock y tratamientos con LSD por sus colegas del servicio secreto, inocentemente disfrazados de estudiantes de medicina, con la intención de borrarles la memoria.

—¿Cree que los niños han sido programados de algún modo, como los seguidores de Manson? —preguntó ella.

—Aún es demasiado pronto para saberlo. Antes que nada, debería preguntarse con qué propósito.

No sabemos cuál era el móvil de los secuestradores: si eran miembros de una secta, o pedófilos, o algo distinto.

En segundo lugar, ¿qué clase de amenaza puede representar para la sociedad un niño de nueve años?

Ellos no son adultos, como la gente de Manson.

Pero tiene que haber habido algún propósito que explique lo que les ha ocurrido.

Hemos de ir paso a paso. El crío está muy bloqueado.

Responde con monosílabos en el mejor de los casos.

No guarda ningún recuerdo anterior al momento en el que fueron encontrados.

—Entonces ¿por dónde empezamos? —preguntó Gloria.

—Primero voy a repetir un test de amnesia postraumática que le hice cuando fue ingresado. Seguiremos a partir de ahí. ¿Lista?

Ella asintió y ambos se levantaron del banco.

Gant la hizo pasar a su despacho. No se parecía en nada al típico despacho de un doctor: no había ni diplomas, ni escritorio con cajoneras, ni parafernalia médica.

En lugar de eso, el sofá y el suelo estaban cubiertos de libros infantiles y muñecos de trapo.

Todo —las tapicerías de vivos colores, las viñetas enmarcadas, un alegre sol veraniego sonriendo en la alfombra de estilo navajo tejida a mano— proporcionaba en su conjunto un ambiente cálido y nada aséptico.

Ed estaba sentado en un taburete de plástico leyendo un libro.

Era un niño extremadamente demacrado, de pelo oscuro, muy pálido pese a su tez olivácea.

Solo llevaba un pijama de rayas azules por el que asomaban unas muñecas y unos tobillos lastimosamente delgados.

Todo su lenguaje corporal era encogido e introvertido.

Su atuendo y su aspecto le recordaron a Gloria con incomodidad a un superviviente de un campo de concentración.

Observó que el niño estaba leyendo el libro de Judy Blume ¿Estás ahí, Dios?

Soy yo, Margaret . Se preguntó por qué lo habría escogido Gant.

Ese libro era una historia de formación hiperrealista; pero supuso que el loquero debía saber lo que se hacía.

Probablemente quería exponer a Edward al «mundo real».

De ser así, tendría que sentirse complacido por lo absorto que estaba el niño.

Parecía estar totalmente inmerso en la historia, hasta el punto de que no había advertido que habían entrado.

—Ed, te he traído una visita —dijo Gant. El niño levantó la vista muy despacio y parpadeó al verla a ella.

—Hola, me llamo Gloria —dijo la agente, sin saber si debía intentar estrecharle la mano. Pero al parecer ni Gant ni Ed parecían esperar tal cosa. El niño siguió mirándola. Había en sus ojos una inexpresividad inquietante.

—Bueno, Ed. Hoy voy a hacerte unas cuantas preguntas. ¿Te parece bien? —preguntó Gant.

Ed se volvió lentamente de Gloria a Gant y asintió. El psicólogo tomó asiento en un taburete bajo, e indicó a Gloria que se sentara en el sofá. Él cogió un bolígrafo y un sujetapapeles de la mesa; luego observó al niño por encima de sus gafas de medialuna, con el bolígrafo preparado.

—Vale. ¿Estás listo?

Ed asintió de nuevo.

—¿Cómo te llamas?

—Edward.

—¿Tienes un apellido?

—¿Qué?

—¿Cómo se llaman tus padres?

Él se limitó a seguir mirándolo.

—Vale. ¿Cómo se llama este sitio?

—Un hospital.

—Bien. ¿Sabes cuál es su nombre?

—No.

—¿Sabes por qué estás aquí?

—No. Yo solo me desperté y luego… —Su voz se apagó y su rostro se desvaneció.

Gant alzó una mano.

—No pasa nada, Ed. Sigamos. ¿Qué edad tienes?

El niño se encogió de hombros.

—No lo sé.

—De acuerdo. ¿Sabes en qué año estamos?

El niño volvió a fruncir el ceño.

—¿El año? —susurró. Repitió la palabra. Luego su voz se enronqueció bruscamente, pasando de un tono agudo a un bajo profundo, y dijo—: Veintinueve.

Dos. Veinticinco. Entonces os compensaré por los años que ha comido la langosta.

—Dicho esto, sus ojos se volvieron vidriosos y su rostro se aflojó.

De repente, parecía estar muy lejos. Gloria se estremeció pese al ambiente cálido del despacho.

Miró con nerviosismo a Gant: ¿lo habían perdido?

—Ed —dijo el psicólogo—, ¿sigues aquí?

Lentamente, la mirada del niño volvió a enfocarse. Se irguió un poco.

—¿Estás bien, chaval? —preguntó Gant.

Ed asintió muy despacio.

—Dejémoslo aquí. Vamos a probar otra cosa —dijo el psicólogo.

Cogió de la mesa unas tarjetas con dibujos y se las mostró a Ed. Con ellas, el niño se las arregló mejor. Identificó una taza, unas llaves; describió una gaviota como «un pájaro», lo cual estaba bastante bien.

Cuando la enfermera volvió a llevárselo al pabellón, Gant le confirmó a Gloria que era un caso claro de amnesia postraumática. Había para largo.

—¿Qué ha sido todo eso de los años y la langosta? —preguntó ella.

—La primera vez tuve que buscarlo —dijo Gant—. Es del Libro de Joel. Los números corresponden al libro, el capítulo y el versículo. A los demás niños les pasa lo mismo. Todos citan números y pasajes aleatorios de la Biblia, como si eso fuera todo lo que recordaran.

—¿Por qué la Biblia?

—Deduzco que es algo relacionado con el condicionamiento al que han sido sometidos.

Podría ser que ciertos pasajes desataran en ellos una reacción.

Supongo que podríamos repasar todas las escrituras con ellos y ver lo que sucede, pero eso entraña ciertos riesgos.

No conviene que hagan una regresión. Además, llevaría su tiempo.

La Biblia tiene ochocientas mil palabras más o menos. Eso también lo he comprobado.

—Seguramente podrá hacer progresos sin tener que recurrir a eso.

—Yo no estaría tan seguro: este es el peor caso de amnesia postraumática con el que me he tropezado. En principio, no descartaría ningún medio.

—¿Cuáles son las otras opciones?

Gant sonrió con aire sombrío.

—Hipnosis regresiva, drogas… No soy un entusiasta de ninguna de las dos cosas. Como he dicho, vaya a saber qué clase de recuerdos traumáticos podrían salir a flote. Quizá serían de ayuda para su investigación, pero no sé si lo serían para Ed.

—He oído que en algunos casos se ha empleado la hipnosis para ayudar a un testigo a recordar. Pero siempre eran adultos, nunca niños.

—No, con niños nunca se ha utilizado —asintió Gant.

Así concluyó el primer día. Hubo muchos más similares. En los meses siguientes, Gant recurrió a la hipnosis, la terapia, los fármacos inhibidores del estrés: todos los medios conocidos para atenuar la pérdida de memoria. Aun así, no surgió nada.

Solo el ojo recordaba. Todo el mundo se había movido alrededor del ojo y luego se había metido en el profundo hoyo, buscando.

Ahora la gente se había ido y la Granja volvía a estar sumida en el silencio.

El ojo yacía allí, entre el barro y la roca que había junto al cráter de la Casa de los Horrores, observando el cielo, las nubes pasajeras y los pájaros.

Si un ojo pudiera hablar, les habría podido contar a los federales todo lo que necesitaban saber; pero un ojo solo observa. Y espera.