Capítulo 9
Los niños fueron trasladados a varios hospitales de Massachusetts.
¿Quién eran? Lo único que tenían las autoridades eran los nombres que figuraban en los carteles.
¿Eran desaparecidos? ¿Víctimas de tráfico infantil?
¿Secuestrados? ¿Supervivientes de un homicidio?
Respecto a sus edades, los médicos determinaron que probablemente solo se llevaban unos seis meses de diferencia, entre nueve y nueve años y medio.
Eran muy jóvenes para haberse fugado, aunque no dejaba de ser posible.
En aquel año había más de medio millón de casos de personas desaparecidas en Estados Unidos.
Pero tras un mes largo de exhaustivas comprobaciones, se llegó a la conclusión de que los niños no estaban relacionados con ninguno de ellos.
El departamento de Personas Secuestradas y Desaparecidas del FBI tenía una lista de casos más bien raros de bebés robados en centros de atención infantil, pero casi todos habían sido resueltos y los niños habían sido devueltos a sus padres.
Solo había un caso no resuelto cada cinco años aproximadamente.
Siete casos simultáneos no se habían producido nunca.
Homicidio: ¿y si los dos padres habían sido asesinados y los asesinos se habían llevado al niño?
Pese a los dieciséis homicidios cometidos en Estados Unidos en los años setenta, no había constancia de ningún doble homicidio asociado al secuestro de un niño durante ese año, ni tampoco, por lo demás, durante la década precedente.
La única teoría que quedaba, aparte de la abducción extraterrestre, era una que, de hecho, se acercaba a la verdad. Los niños habían nacido fuera del sistema y sus padres, sencillamente, se habían desvanecido.
Gonzalez recibió el encargo de investigar el registro de propiedad de la Granja.
La oficina del registro de Houlton tenía todo lo que le hacía falta.
La parcela debía su nombre a un sueco, Matthias Lars Eriksson, que la compró poco después de la creación del condado de Aroostook en 1839.
Eriksson taló los valiosos pinos blancos de la zona y luego abandonó el bosque, dejando atrás solo su nombre.
Posteriormente, la Granja cambió de dueño dos veces, y más tarde, justo después de la Segunda Guerra Mundial, fue vendida, según arrojaron finalmente sus investigaciones, a una empresa fantasma que estaba registrada en las Islas Caimán.
Como las islas eran territorios británicos de ultramar, la información adicional sobre los directivos de la compañía había que reclamarla al Reino Unido.
La Cámara de Sociedades de Londres acabó proporcionando algunos nombres, pero estos, como cabía esperar, también resultaron ser totalmente ficticios.
Había llegado el momento de interrogar a los niños.
Los psiquiatras de Massachusetts y el FBI establecieron un protocolo: los cinco supervivientes debían permanecer en observación en distintas instituciones.
La separación era deliberada: si recuperaban la memoria y el caso llegaba a juicio, los federales no querían que se produjera una contaminación cruzada de falsos recuerdos.
Los testigos infantiles ya eran bastante complicados en el mejor de los casos.
Se designó un agente para cada niño. A su regreso a la oficina de campo de Boston, Hennessey, que estaba satisfecho con el trabajo realizado sobre el terreno por su nueva agente, asignó a Gloria uno de los chicos, Edward.
Ella debía transmitir la información obtenida al coordinador de la investigación.
Era dudoso cuánto se pudiera sonsacar del chico.
Los psicólogos estaban seguros de que los siete habían sido sometidos a algún tipo de lavado de cerebro.
En privado —pero nunca en público—, utilizaban la palabra «zombi» para describirlos.