Número desconocido Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Madden siguió por Realty Road con el sedán.

Resultaba extraño circular por una carretera asfaltada en medio de una tierra salvaje y despoblada.

Avanzaron por aquel sinuoso y monótono túnel bajo los árboles.

Lo único que alteraba de vez en cuando aquella monotonía eran las montañas gris-azuladas que se atisbaban a lo lejos, los torrentes que se deslizaban bajo la carretera y el brillo azul de algún lago entrevisto entre el follaje.

Y de repente surgió una verdadera aberración.

Tras una amplia curva, vieron que los abetos y las píceas habían sido talados a lo largo de unos veinte metros desde la carretera para construir una gasolinera Texaco que estaba en un estado ruinoso.

La instalación parecía haber caído del cielo con el fin de atender el tráfico de la autovía y después, al abandonarse el proyecto, había quedado olvidada.

El letrero de Texaco, que se alzaba sobre un poste con su estrella roja y su «T» verde, estaba oxidado y acribillado de perdigonazos.

Bajo una marquesina medio hundida, había unos surtidores herrumbrosos rodeados de maleza que crecía entre el asfalto.

Más allá, la entrada de la oficina estaba tapiada con tablones podridos.

Alguien, sin embargo, debía de haber entrado en algún momento por la fuerza, dejando un agujero que parecía una boca oscura y siniestra.

Unos metros más adelante, el asfalto se interrumpía bruscamente y la carretera ya solo estaba cubierta de grava.

No se detuvieron. Ahora ya habían reparado en una columna de humo que se alzaba desde una cresta montañosa a unos treinta kilómetros hacia el nordeste, aproximadamente donde el agente forestal les había dicho que estaba la Granja.

Madden pisó el acelerador, sin hacer caso de la advertencia de Grandfleur sobre los pinchazos.

Difícilmente se les podría haber pasado el desvío.

Durante la última hora no habían visto ningún otro camino, solo cortafuegos.

Ahora, en un lado de la carretera había una valla metálica que discurría a lo largo de medio kilómetro hasta llegar a una puerta cerrada con un candado.

Junto a ella, un letrero de metal rojo deslucido decía: «Granja Eriksson.

Propiedad Privada. Los intrusos serán denunciados».

Ese letrero también estaba adornado con orificios oxidados de perdigones.

Algún gracioso había tachado «denunciados» y había garabateado encima la palabra «acribillados».

La pista sin asfaltar que había detrás se internaba en el bosque por una empinada pendiente.

Al ver que la puerta estaba cerrada, Madden fue al maletero del sedán y sacó unas cizallas.

—Digamos que hay motivos fundados —dijo, cortando rápidamente el candado.

Despejaron las ramas que había esparcidas en la entrada de la pista.

Debajo de ellas, se veían en el barro las huellas de dos vehículos: las de uno pesado, que posiblemente coincidían con las profundas marcas halladas en la Ruta 11, y las de otro más ligero, tal vez una camioneta.

Madden miró a Gloria.

—Parece encajar, pero hemos de pedir una orden y traer al Equipo de Respuesta de Pruebas (ERP) antes de seguir adelante, y aquí la radio está fuera de cobertura. Voy a tener que volver mientras tú montas guardia. Que no entre ni salga nadie.

—Aquí no viene nadie, Chris —dijo Gloria.

—No tardaré —añadió Madden.

Aunque, por supuesto, sí tardó. Tuvieron que pasar cuatro horas para que regresara con la orden y el ERP.

Fueron las cuatro horas más solitarias que Gloria había pasado nunca.

Para matar el tiempo, se sentó en el tocón de un árbol, sacó un paquete de Salems y encendió un cigarrillo.

Reinaba un silencio absoluto. Realmente, tenías que creer en algo muy disparatado para vivir allí, en mitad de la nada.

Una secta milenaria, tal vez, que bebía la sangre de niños vivos.

Se estremeció. De repente, sonó un crujido entre los árboles del otro lado.

Tiró el cigarrillo y sacó su 38 reglamentaria, pensando que era un oso.

Ya estaba dispuesta a disparar un tiro de advertencia cuando el crujido entre las ramas se alejó.

Sus pulsaciones se aquietaron. Volvió a sentarse en el tocón, dejando que le diera el sol de lleno.

Confiaba en que eso la tranquilizaría. Pero no lograba desprenderse de su inquietud, de la sensación de estar siendo observada.

Miró a su alrededor, pero solamente veía la puerta oxidada y la pista que ascendía hacia lo que demonios hubiera en lo alto de la montaña. No pasó un solo vehículo.

Para cuando llegó Madden con el ERP a primera hora de la tarde, había media docena de colillas manchadas de carmín alrededor del tocón.

El ERP confirmó que las huellas del vehículo pesado coincidían con las encontradas en la Ruta 11.

Sacaron moldes y tomaron fotografías para analizarlas.

Luego Madden, Gonzalez y otros dos agentes subieron en coche por la pista.

Gonzalez sujetaba el crucifijo que llevaba colgado del cuello.

Había llegado a la conclusión de que odiaba esos bosques.

En lo alto de la cresta, la segunda puerta estaba abierta.

Un poco más allá, una nube de humo se elevaba de un cráter ennegrecido de unos doce metros de ancho y seis de profundidad.

No quedaba ni rastro de una vivienda, solo restos de madera carbonizada en cien metros a la redonda.

Los árboles de alrededor estaban chamuscados, pero no se habían incendiado.

Incluso en el mes de junio, los bosques de Maine estaban permanentemente impregnados de humedad.

El cobertizo anexo se había derrumbado en parte, pero había sobrevivido a la explosión. Los miembros del ERP fueron los primeros en entrar. Encontraron herramientas y bidones de combustible vacíos, y los examinaron con polvos de detección de huellas, pero habían sido limpiados cuidadosamente.

Llegaron más agentes y establecieron un puesto de investigación.

Trajeron una excavadora de un campamento maderero y erigieron una antena de radio de dos metros con suficiente alcance para conectar con Ashland.

Montaron tiendas y una letrina. Los insectos veraniegos se lanzaban sobre los agentes sudorosos.

Gloria pasó tres noches en aquel lugar dejado de la mano de Dios sin poder lavarse ni cambiarse de ropa.

El ERP tamizó el cemento pulverizado, el metal fundido y el carbón vegetal del fondo del cráter.

Al tercer día, encontraron fragmentos de hueso carbonizado, posiblemente vértebras lumbares.

No quedaba gran cosa para el patólogo, que solo pudo determinar que no pertenecían a un niño; los fragmentos parecían corresponder a uno o más adultos.

Podría tratarse de los Frome, pero los dos vehículos habían salido de la Granja. ¿Acaso los Frome tenían cómplices? ¿Habían sido otros miembros de la misma secta los que se deshicieron de los niños mientras los Frome se suicidaban?

El 1 de julio, el autobús escolar apareció abandonado en un bosque cerca de Fort Kent.

Las huellas de sus neumáticos coincidían exactamente con las encontradas en la Granja y en la Ruta 11.

El autobús había sido comprado en efectivo diez años atrás en una venta de bienes del Estado.

El documento de identidad del comprador, según se descubrió, era falso.

En el autobús se hallaron las huellas de los siete niños, pero no las del conductor.

Bajo su asiento, se halló una bolsa de J.C.

Penney con un bidón que contenía una mezcla de zumo de naranja y barbitúricos, un ejemplar de la revista Penthouse y varios Kleenex usados.

Presumiblemente, el conductor había cruzado la frontera de Canadá desde Fort Kent.

Se hicieron retratos robot de los Frome y se emitieron órdenes de busca y captura, por si aún seguían vivos.