Capítulo 8
Hacia las diez de la mañana llegó el FBI.
La oficina de Boston había recibido la solicitud de «proporcionar recursos adicionales» y a media mañana varios sedanes del gobierno, con el agente especial supervisor Greg Hennessey y una docena de agentes de campo, ya estaban en el lugar de los hechos.
Montaron un puesto de mando en Houlton y los medios se lanzaron sobre él como moscas sobre un cadáver.
Dado el furor mediático en torno al caso, el agente especial que estaba a cargo en Boston, el superior de Hennessey, exigió resultados rápidos.
El Plan de Respuesta ante Secuestro de Menores se veía totalmente trastocado.
La misión de la agencia era encontrar a los niños desaparecidos y devolverlos a sus familias; en este caso, en cambio, habían encontrado a los niños, pero no había familias a las que devolverlos.
Con la aprobación del sheriff de Houlton, Hennessey tomó la decisión inmediata de publicar fotografías policiales de los siete niños para alentar a la gente a que colaborara.
Cinco fotos fueron tomadas en pabellones hospitalarios, dos en la morgue.
Las imágenes salieron en las portadas de los periódicos locales y nacionales.
Cinco de los niños miraban a la cámara con ojos vidriosos y confusos; los otros dos aparecieron con los ojos cerrados y una palidez inconfundible.
Las imágenes conmocionaron a todo el país.
Los carteles con los nombres de los niños y el pasaje bíblico fueron publicados también, por si podían refrescarle a alguien la memoria.
Se abrió una línea de colaboración ciudadana en Houlton.
Ni las fotografías ni los carteles suscitaron ninguna pista útil, aunque hubo una llamada de alguien que decía haber visto en aquella zona un objeto volador sospechoso en el cielo nocturno, y otra persona que aseguraba haber contactado con uno de los niños muertos en el plano astral.
Una de los doce agentes de campo se llamaba Gloria Gonzalez.
Acababa de salir de la academia de Quantico y este era su primer caso importante.
Formaba equipo con un veterano de la agencia, Chris Madden.
Los dos venían a ser como el agua y el aceite.
Él era un veterano de Corea de pelo rapado y ceño fruncido que, por lo demás, no manifestaba ninguna otra emoción; a sus treinta y siete años se hallaba en el extremo de mayor edad del espectro para un agente de campo.
A pesar del traje pantalón gris reglamentario que llevaba, Gloria sabía cómo divertirse y complementar su atuendo.
Era llamativa, por su voz, su pelo, su perfume y sus joyas: la nueva cara del FBI que empezaba a emerger en la última época del director Hoover.
Hennessey convocó la primera reunión del caso a la mañana siguiente, muy temprano.
Se hallaban presentes sus propios agentes y el grupo conjunto de policías de Aroostook y de los dos condados vecinos de Piscataquis y Penobscot.
Explicó que los médicos habían prohibido de momento cualquier interrogatorio a los traumatizados supervivientes, puesto que habían observado que todos sufrían una pérdida de memoria aguda, hasta el punto de que no reconocían los nombres que figuraban en sus carteles.
Las únicas pistas hasta ahora eran las huellas de neumáticos halladas en el arcén de la carretera y las bolsas de Pan Am.
Esas bolsas estaban disponibles en las tiendas de regalos de todos los aeropuertos, de manera que identificar quién las había comprado y dónde sería prácticamente imposible.
Las Biblias que contenían eran la versión Douay utilizada por los católicos, lo cual constituía una pequeña pista.
No obstante, esas Biblias se habían impreso en 1941, así que su procedencia también era difícil de averiguar.
La ropa de los niños era tan corriente que resultaba imposible rastrearla.
La cita bíblica escrita con letra infantil en los carteles provocó la perplejidad general.
El Equipo de Respuesta de Pruebas había sacado moldes de las huellas de neumáticos y los había enviado a Quantico para que fueran analizados.
Las entrevistas en las inmediaciones no habían dado ningún resultado, aunque solo se habían centrado en las dos docenas de granjas, cabañas y camiones que se hallaban en un radio de seis kilómetros a la redonda del lugar de los hechos.
Aparte del supuesto objeto volante no identificado avistado en el cielo, no se había observado nada fuera de lo normal hasta que Brent McAllister encontró a los niños a las tres de la madrugada del día anterior.
El sheriff ordenó que se ampliara la búsqueda y, a falta de otras pruebas, todos los policías y agentes fueron enviados a montar controles de carretera y a peinar Presque Isle al este, Ashland hacia el sur y toda la zona norte hasta llegar a Fort Kent, en la frontera.
Un puñado de policías se quedó para atender la línea de colaboración ciudadana recién abierta.
Madden y Gonzalez fueron destinados a Ashland y allí, en el complejo de la gasolinera y el supermercado, encontraron la primera pista.
Le mostraron sus placas al dueño, Louis Grandfleur, un francocanadiense charlatán, grueso y barbudo.
Madden tomó la iniciativa.
—¿Se ha enterado del caso de secuestro?
—¿Y quién no? —respondió Grandfleur, señalando el expositor de prensa, donde las fotografías de los Siete Apóstoles, como ahora los llamaban, miraban desde la vida y la muerte.
—Queremos hablar con cualquiera que haya podido ver a los niños.
Grandfleur meneó la cabeza.
—Créame, aquí nos fijaríamos en siete niños desconocidos. No es que abunden precisamente en esta zona.
Madden sondeó una posibilidad remota.
—Entonces ¿no ha pasado nada más fuera de lo normal por aquí?
Glandfleur se encogió de hombros y se acarició la barba.
—La gente aquí es muy reservada, lo cual está bien. Pero, sí, hay algunos forasteros que están de paso.
—¿Por ejemplo? —preguntó Gloria.
—Bueno, tenemos nuestro cupo de cazadores de fuera del estado y de tipos decididos a regresar a la naturaleza en plan Thoreau, y también algunos chicos antirreclutamiento militar y que se dirigen hacia el norte hasta Quebec.
Pero todos aparecen un día y desaparecen al siguiente.
Los residentes permanentes más extraños serían esa pareja que vive en el bosque.
Se llaman Frome, y el sitio, la Granja Eriksson.
Es casi la única parte de los North Woods que no pertenece a las grandes compañías madereras.
Él es una especie de superviviente, supongo, pero ella no tiene esa pinta en absoluto.
Es más bien del género ama de casa, ¿sabe?
Pasan por aquí de vez en cuando con una camioneta Chevy desvencijada.
Pero nunca los dos juntos. Solo el uno o el otro.
Y nunca paran aquí, lo cual es extraño, teniendo en cuenta que no hay otra gasolinera en menos de quince kilómetros.
Si sé cómo se llaman es porque me lo dijo uno de los tipos del puesto de control forestal.
—Entonces ¿nunca los ha visto con los niños? —preguntó Gloria.
Grandfleur arqueó una ceja.
—Como he dicho, en este pueblo uno se habría dado cuenta de algo así.
Pero si quieren saber más, vayan al puesto de control.
Está en la autovía abandonada que queda al oeste de aquí.
Hay toda una historia detrás de esa autovía: debería haber llegado hasta Canadá, pero la construcción se detuvo en los años cincuenta.
Desprendimientos de tierra y medioambientalistas, ¿sabe?
En el puesto de control hay un forestal entre las ocho y las cuatro en esta época del año.
Se supone que esos tipos tienen que anotarlo todo.
Deben haber registrado esa Chevy un montón de veces.
Y quizá ellos puedan decirle dónde queda esa Granja Eriksson.
Yo no tengo ni idea. En el quinto pino, es lo único que sé.
Vigile que no se le pinche una rueda; no hay grúas por allí.
Madden y Gonzalez se miraron. Les habían ordenado que ayudaran a registrar el pueblo.
Pero, en realidad, aquello ya estaba infestado de policías.
Y había algo interesante en el relato de Grandfleur.
Los tipos solitarios estaban detrás de la mayoría de secuestros de niños no ejecutados por familiares, y esos Frome encajaban exactamente en ese perfil.
Le dieron las gracias al hombre, llamaron al agente especial Hennessey, le dijeron que estaban investigando una pista y tomaron la autovía.
Tenía un nombre incluso —Realty Road, según un cartel—, pero tras varias granjas de patatas y un aserradero en la linde del bosque, no vieron ninguna otra propiedad.
El agente forestal del puesto de control era nuevo, pero les mostró el libro de registro.
Efectivamente, ahí estaban anotadas las idas y venidas de la Chevy, así como su matrícula, y figuraban dos firmas apenas legibles, siempre en fechas distintas.
El forestal también había oído que los Frome eran una especie de pareja de supervivientes, tal vez incluso seguidores de alguna secta.
La única vez que él había visto la Chevy, tenía la caja llena hasta los topes de productos envasados, lo suficiente para un confinamiento de un mes, pero, qué demonios, los supervivientes acumulaban víveres, ¿no?
Con la Crisis de los Misiles, ocurrida no hacía tanto, suponía que aquellos tipos estaban aprovisionándose para afrontar un invierno nuclear.
Finalmente, les dio indicaciones para llegar hasta el desvío de la Granja.