Número desconocido Capítulo 7
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Capítulo 7

Ed regresó de una negrura tan profunda como la que precede al nacimiento, y quizá como la que aguarda después de la muerte. Había luces bailando ante sus ojos cerrados.

Los abrió. Era de noche. Distinguió unas luces de emergencia que parpadeaban: azul, rojo, azul, rojo… Destellos de linternas moviéndose aquí y allá en la oscuridad. Figuras negras deambulaban como extraterrestres entre un resplandor deslumbrante.

Notó que tenía la espalda mojada. Extendió las manos y tanteó a uno y otro lado. Estaba tumbado sobre la hierba empapada de rocío.

Una sombra se cernió sobre él. Luego la voz de la sombra gritó:

—¡Este está vivo!

Aparecieron rápidamente otras sombras, bloqueando la luz. Sintió un aliento en la cara. Olía a carne, a carne cruda.

—¿Puedes oírme, hijo? —preguntó Carnecruda.

Ed parpadeó.

La voz dijo:

—¿Cuántos dedos hay aquí?

Una borrosa imagen blanca pasó ante sus ojos. ¿Una mano? Descubrió que no podía hablar.

Ahora había tres caras flotando sobre él. Una voz nueva:

—¿Cómo tiene las constantes?

—No reacciona. Parece que ha sufrido una sobredosis de barbitúricos, como los demás.

La voz nueva dijo con autoridad:

—Llévelo a la ambulancia, agente.

Se oyó un traqueteo de ruedas y apareció un artefacto junto a su cuerpo. Notó que lo levantaban y lo volvían a bajar. Ahora había una lona bajo su espalda, ya no la hierba mojada. Tenía el polo empapado.

Miró la reluciente manta plateada que le habían puesto sobre el torso. Era brillante y, al mismo tiempo, cálida, tremendamente cálida después del frío de la hierba, como un regalo de Dios.

En lo alto, el cielo nocturno giraba cubierto de estrellas refulgentes como diamantes.

El hombre que lo empujaba llevaba una bata verde y estaba del revés. Tenía unos ojos inquietos, atemorizados, y una cara sudorosa cubierta de una barba incipiente.

Lo subieron a un vehículo profusamente iluminado. En su interior, había dos camillas y un montón de bombonas, tubos e hileras de frascos. Ed estaba seguro de que nunca había visto nada tan extraño y hermoso. Lo depositaron en una de las camillas. Sintió que lo tocaban unas manos.

—Esto quizá duela —dijo una voz nueva.

Le insertaron algo en el brazo: una aguja. Pero él no sintió nada. Miró la aguja entre sus párpados entornados. Era como si la aguja y el brazo pertenecieran a otra persona. Le retiraron la manta del torso, le desabrocharon los botones del polo y le pusieron un disco frío en el pecho.

El hombre dijo:

—Respira. —Eso sí sabía hacerlo; tomó aire y el hombre murmuró—: Bien…, ruidos respiratorios normales. Pulso lento pero estable.

Le levantaron un párpado con los dedos. Una luz lo deslumbró dolorosamente. Luego se apagó. Ed empezó a sumirse en la negrura.

—Quédate conmigo —dijo la voz, pero desde muy lejos.

Estaba adormilándose. Lo que había en esa aguja empezaba a actuar en él.

Una bala caliente corría por sus venas, despertando su sangre muerta.

Iba directa a su corazón. Explotó allí dentro, y Ed sintió que todo su cuerpo se contraía espasmódicamente.

Sus ojos se abrieron de golpe. El mundo se ladeó, giró sobre sí mismo y volvió a detenerse.

Le levantaron la cabeza. Bruscamente, su visión se aclaró. Vio las luces y el ajetreo de fuera. Allí, en mitad del caos, alineados junto a la carretera con la inmovilidad de la muerte, había seis cuerpos más. Cada uno llevaba un polo azul igual que el suyo.

Pero él no sabía quiénes eran.