Capítulo 6
Charlayne tenía una sonrisa preciosa, cálida.
Siempre llevaba el pintalabios algo corrido, y el kohl alrededor de sus ojos no estaba perfectamente aplicado.
Le quedaban unas bolitas gomosas en las pestañas.
Antes de cada visita, él se quitaba el anillo de boda.
Y después de cada cerveza que bebía, ella le parecía más guapa.
Había decidido que su mirada era amable, y también su sonrisa…
Esa noche, por fin, sus dedos se habían tocado cuando él le había deslizado unos billetes.
Hablaron. Brent le había contado todo sobre su vida y sus proyectos.
Bueno, casi todo, salvo la existencia de Patrice.
Luego ella se había ido a servir al otro extremo de la barra.
Brent se sentía bastante excitado y se moría de ganas de que ella volviera.
Pero pasaron varios minutos sin que lo hiciera.
Y de repente se dio cuenta de que estaba flaqueando…
Tenía que recomponerse. Debía aguantar hasta que ella terminara su turno.
¿Dónde se había metido? Vio que estaba hablando con un par de tipos.
Llevaban sombreros de vaquero y chaquetas tejanas con el escudo de la bandera confederada cosido en la espalda.
¿A qué venía eso en la zona rural de Maine?
Maldita sea, y Charlayne estaba dándole a uno de ellos una palmadita en la mano, exactamente igual que se las había dado a él hacía solo unos minutos.
Y le estaba haciendo ojitos al tipo tal y como se los había hecho a él.
Ella dijo algo y los dos echaron la cabeza hacia atrás y mostraron su dentadura.
Como mulas. Uno de los vaqueros lo miró.
¿Estaban riéndose de él? Apretó el puño y sintió que le ardía la cara.
Le entraron ganas de interrumpir sus risas con un par de puñetazos, de arrancarles esos absurdos sombreros y metérselos entre aquellos dientes de mula hasta el fondo de la garganta.
Sí, eso era lo que iba a hacer. Se levantó del taburete.
Pero entonces todo empezó a darle vueltas.
Charlayne y los vaqueros le parecían ahora muy lejos.
Demasiado lejos teniendo en cuenta su estado.
Necesitaba un poco de aire. Avanzó en zigzag hacia la puerta abierta, guiado por la brisa.
Se quedó de pie, tambaleándose, en el porche del bar y respiró el aire fresco y arcilloso de la noche.
Dio un par de pasos tambaleantes, se bajó la cremallera y orinó fuera del porche.
No consiguió mantener la diana. Una parte le salpicó las botas.
Luego pensó en volver adentro. Después de todas las canciones country de la máquina de discos, había empezado a sonar un tipo de canción distinto: «The Long and Winding Road».
Brent nunca había sido un gran fan de los Beatles, pero esa canción, que en este momento era el número uno en las listas, le provocó una oleada de sentimientos.
Pensó en Patrice, que estaba en Portage esperándole.
Olvidó las duras palabras con las que probablemente lo recibiría; simplemente pensó en ella, sentada allí, preocupada, sola…
, preciosa, maldita sea. Descubrió que el ardor por Charlayne se había evaporado. Y notó también que estaba muy cansado.
Volvió a adormilarse y se despertó con un respingo.
Se dio cuenta de que, una vez más, había cruzado la línea central.
Pisó el freno bruscamente, sujetando el volante con ambas manos.
Tenía que mantenerse despierto. Tenía que aguantar…
Solo faltaban quince kilómetros hasta Portage; ya estaba a medio camino.
Al principio no identificó lo que había visto en la cuneta, justo después de la curva.
Avanzó otros cincuenta metros antes de volver a frenar bruscamente; la calzada se iluminó de rojo por detrás.
Permaneció un momento sentado, jadeando, preguntándose si lo que acababa de ver era una alucinación provocada por el alcohol.
Era eso, no cabía duda, debía seguir y volver a casa.
Pero prevaleció su ángel bueno; solo serían unos segundos. Volvería atrás y echaría otro vistazo. Si solo era una alucinación no habría problema…
Hizo lentamente un cambio de sentido en la carretera y retrocedió en primera, estirando el cuello sobre el volante, tratando de ver más allá del cono de luz de los faros.
Ahí. No había sido una ilusión. Con las luces largas lo vio de nuevo, pero con más claridad ahora que había recobrado la serenidad de golpe. La insólita escena le provocó un sobresalto. Frenó hasta detenerse.
Había siete niños alineados boca arriba sobre la hierba mojada de la cuneta de la carretera en dirección norte.
Todos uniformados con polo azul, pantalón corto caqui, calcetines blancos y zapatillas deportivas.
Tan impecablemente dispuestos que parecían cadáveres tendidos en las mesas de una morgue.
Y estaban tan inmóviles que bien podrían estar muertos, porque…
¿quién iba a permanecer tumbado sin moverse sobre esa hierba húmeda?
Incluso en junio, la temperatura bajaba por la noche a 12 o 13 ºC.
Lo que pensó a continuación fue que aquello debía ser el desenlace de una abducción alienígena.
El caso de Betty y Barney Hillen ocurrió en una noche no muy distinta, nueve años atrás, en la frontera, en New Hampshire.
Alzó la mirada al cielo, casi esperando ver un platillo iluminado girando sobre sí mismo, pero no había nada más que las estrellas.
Miró de nuevo hacia la cuneta. Los niños estaban tendidos en un orden impecable. Había unas bolsitas de Pan Am situadas pulcramente junto a cada uno. Y llevaban unos carteles colgados del cuello con un cordel.
Observó que en el arcén, del lado de la cuneta, había profundas huellas de neumáticos de un vehículo grande.
Brent McAllister lo observó todo, paralizado. ¿Qué debía hacer? ¿Ir a buscar ayuda? ¿O seguir su camino como si no hubiera visto nada? Dormiría la mona y, cuando despertara, aquello solo sería un mal recuerdo.
Su ángel bueno volvió a hablarle, y él abrió la puerta y se bajó de la camioneta.
Sus botas de trabajo crujieron en el tramo entre el asfalto y la cuneta y parecía que lo impulsaran hacia delante sin que interviniera su voluntad.
Miró al primer niño. Una niña negra, de unos nueve años, con unas bonitas trenzas y los ojos cerrados.
Pudo distinguir lo que decía el cartel que llevaba colgado del cuello: «Soy Shannon.
Porque creo que Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles en último lugar, como sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, tanto para los ángeles como para los hombres».
Su pecho se movía.
Estaba viva.
Por el sur, apareció otra luz entre los árboles.
Los faros llenaron el cielo e iluminaron las copas de los pinos antes de la curva.
Brent salió de su estado de ofuscación mental y caminó tambaleante hasta el centro de la calzada, agitando los brazos.
Era un camión maderero que iba hacia Canadá: uno de esos camiones de dieciocho ruedas que no se detenían ante nada.
Brent se quedó deslumbrado cuando el camión avanzó rugiendo por la curva y enfiló en dirección a él.
Se cubrió los ojos con las manos. Sonó el ruido ensordecedor de unos frenos neumáticos.
La rejilla del camión se detuvo a apenas seis metros.
El conductor canadiense bajó de un salto de la cabina y ya iba a maldecirlo cuando vio lo que él había descubierto.
El camión llevaba una radio de banda ciudadana.
En menos de una hora, el solitario tramo de la Ruta 11 estaba infestado de vehículos.
Había ambulancias de Caribou y Presque Isle, coches patrulla de la policía estatal de Houlton y vehículos de periodistas procedentes de lugares tan distantes como Bangor.