Capítulo 5
Desde el autobús podía verse cómo el cielo iba oscureciéndose por completo. Pronto sería hora de ponerse en marcha.
Frome se removió en su asiento. Necesitaba echar un vistazo a los niños.
La primera era Hope. Le buscó el pulso y no se lo encontró.
Tenía la piel fría. El corazón le dio un vuelco.
Lo intentó en otro punto de presión, en la muñeca, pero seguía sin notar nada.
Le abrió un párpado con el pulgar y vio que se le contraía la pupila; una reacción a la luz interior del autobús. Bien. Aún estaba viva, pues.
Pero entonces recordó un detalle de una novela de misterio que había leído en Stillwater.
Exactamente lo mismo sucedía cuando un médico examinaba el ojo de una persona muerta.
La contracción de la pupila era solo una extraña reacción post mortem a la luz, como los movimientos bruscos de la pierna de un cadáver.
¿Eso era una paparruchada del escritor? Esos tipos se inventaban cosas, ¿no?
La pupila había reaccionado. Hope estaba viva, y punto.
Pese a la calidez de la noche, estaba helado, tan helado como la piel de Hope.
Para la gente de Henry, todo el mundo era prescindible salvo los niños.
Tendría que haber averiguado bien antes de doblar la dosis.
Pero ¿por qué iba a tener él la culpa? Que si haz esto, que si haz lo otro: nueve años de mierda.
Ellos no corrían ningún riesgo. Que les den.
Simplemente, mentiría; les diría que los niños estaban bien cuando él los dejó.
Debió ser por hipotermia; al fin y al cabo, aquí hacía un frío del demonio por la noche, pese a ser el mes de junio.
Tendrían que haberles dado a los niños algo más que unos polos para vestirse. Era culpa de ellos, no suya.
Oyó un gemido. El corazón le dio otro vuelco; su esfínter se aflojó y se orinó un poco encima.
¿Había sido Hope la que había gemido? No, la cara de la niña seguía como si fuera de mármol.
Se armó de valor y volvió la cabeza. David se estremecía en el suelo, a su espalda, musitaba algo y se revolvía.
Frome cogió el zumo de naranja, le levantó la cabeza, le abrió la boca y le dio otra dosis. El niño se tranquilizó de nuevo.
Él volvió a su asiento. Se secó la mancha húmeda de la entrepierna con un kleenex.
Se había traído una de sus revistas para matar el tiempo, pero la carne rosada no le excitó como lo habría hecho normalmente.
Aún notaba los pantalones mojados. Arrojó la revista a un lado.
Sentía las pupilas ciegas de Hope fijas en su espalda.
Se levantó otra vez. Aunque empezaba a hacer frío, se quitó su chaqueta de lana y le cubrió la cabeza con ella.
Poco a poco, se hizo noche cerrada y todo quedó sumido en la oscuridad más allá del cerco de la luz interior.
El reloj marcaba las 10.51. Lo observó fijamente casi sin creer que hubiera llegado el momento.
Con mano temblorosa, giró la llave de contacto.
El motor arrancó. Apagó la luz interior, encendió los faros, puso la primera y rodeó la gasolinera hasta salir al tramo abandonado de autovía en dirección a Ashland.
Cuando llegó al pueblo, no había una sola luz.
Dobló hacia el norte por la 11. Estaba totalmente alerta por si aparecía la patrulla de carreteras.
Los colegios habían cerrado para todo el verano hacía más de una semana, de manera que ver un autobús vacío dirigiéndose a las cocheras de Presque Isle no debería despertar demasiadas sospechas.
Pero la mala suerte tenía la costumbre de perseguir a Eugene MacDonald Dubois.
Ahora sabía que no solo transportaba a siete niños secuestrados.
Al menos uno de ellos, no le cabía duda, estaba muerto.