Capítulo 4 #2
—Siéntese de una puta vez y no monte una escena, Dubois. Si lo hace, el sheriff Watson seguramente se acercará y preguntará qué ocurre. Mire, es ese de ahí, y resulta que es muy amigo mío.
—Yo no he hecho nada malo —dijo Eugene. No obstante, se sentó.
—No le he pedido que diga nada —dijo el hombre sin soltarle el brazo.
A los ojos de un simple curioso, debía dar la impresión de que estaban echando un pulso.
—Como le decía —prosiguió el hombre, con un tono tan sereno como antes—, si sigue llamando la atención del sheriff, quizá acabe detenido.
Luego Watson empezará a indagar sobre usted y creo que ambos sabemos a dónde le llevará eso.
Con sus antecedentes y los incendios provocados y todavía sin resolver en la zona, tendrá motivos fundados para registrar su camión.
Y si lo hace, encontrará algunas cosas interesantes debajo del asiento del conductor, ¿no es así?
Ahí hay lo suficiente para relacionarlo con los tres incendios.
Y bueno, además de jurados severos, aquí tenemos algunos jueces tremendamente severos también.
O sea que no me sorprendería que le cayeran treinta años, sin la condicional.
Además de no parpadear, el hombre parecía no respirar.
Eugene se encogió en la banqueta.
—Si quiere dinero, no tengo mucho —dijo débilmente.
El hombre sonrió y aflojó su tenaza. Eugene se frotó el antebrazo. Tenía cinco marcas rojas bien claras, como si se lo hubieran estrujado con un torno de cinco dedos.
Los labios del desconocido se torcieron en algo parecido a una leve sonrisa, pero esa expresión no alcanzó sus ojos.
—Eugene…, ¿le importa que le llame Eugene? —dijo—. Yo me llamo Henry. Relájese, no quiero su dinero. De hecho, quizá esté dispuesto a pagarle. Una suma considerable. Mucho más de lo que podrá sacar pasando cargamentos por la 95.
Luego Henry le hizo su propuesta. Era un trabajo duro.
Cualitativamente, no muy distinto de cumplir una condena.
La diferencia estaba en dos aspectos cruciales: la duración y un cuantioso pago en efectivo al final.
Un millón de dólares. Según se lo describió Henry, nueve años en una zona salvaje «simplemente cuidándose de un puñado de niños. Será pan comido».
La realidad había sido muy distinta. Cuando la señora Frome le expuso el programa, Eugene creyó que era una broma: un chiste retorcido, pero un chiste de todos modos. Él había oído rumores sobre la CIA y los programas de lavado de cerebro, pero nunca se los había tomado en serio. Ahora sí.
Los nueve años en la cabaña no habían sido en absoluto pan comido. Sin duda, habían «cuidado» bien de aquellos niños, vaya que sí: después todas las sesiones en el sótano, algunos no eran más que muertos vivientes.
Había, sin embargo, una guinda en aquel montón de estiércol.
En Waterville, Henry le había dicho que podría incendiar el lugar cuando hubieran transcurrido los nueve años.
Podría quemar cadáveres también. Debería hacerlo muy bien, porque al final aquellos cuerpos, o lo poco que quedara de ellos, tendrían que pasar por el suyo y el de la señora Frome.
Los cadáveres estaban ahora en la Granja esperando a que llegara su momento.
Anoche, después de colocar las cargas, se aplicó vaselina bajo la nariz, se cubrió la cara y regresó a la camioneta, abrió la puerta trasera y arrastró los dos bultos de tamaño humano, envueltos en plástico y cinta adhesiva, que tenía escondidos allí.
Aunque había elegido unos cadáveres recientes a través de su contacto en el crematorio de Paris Town, New Hampshire, el largo trayecto y el calor veraniego habían tenido consecuencias evidentes; de ahí la vaselina.
Los parientes de esas dos personas ya habían recibido unas cenizas en una urna, pero eran los restos de animales incinerados en una clínica veterinaria.
Eugene sonrió: la verdadera incineración de sus seres queridos se había postergado, pero solo por poco tiempo.
Tras arrastrar los cuerpos hasta la trampilla del carbón, los empujó y ambos aterrizaron con un golpe sordo en el suelo del sótano.
Luego entró en la cabaña, bajó los escalones del sótano, respiró hondo y arrastró los cuerpos hasta el bidón de gasolina, las bombonas de butano y los explosivos.
A continuación empujó hasta allí el carrito con las drogas y las jeringas hipodérmicas, la grabadora, el equipo de cine doméstico y los rollos de película, así como las sillas con correas de cuero.
Nada podría salvar esa casa y sus secretos. Cuando llegaran los federales, como sin duda harían, lo único que encontrarían sería un enorme cráter humeante y algunos restos de huesos: supuestamente de él y de la señora Frome. Inidentificables. Solo Dios sabría la verdad.
E incluso si los federales llegaran a averiguar de algún modo que él y la señora Frome seguían vivos, no recibirían ningún castigo.
Los niños jamás hablarían de lo que había ocurrido allí: sus labios estaban cerrados con el sello del Señor o, hablando con mayor propiedad, con el de la gente de Henry.
Así pues, debería haber estado contento esa última noche.
Sin embargo, la idea de que las cosas pudieran torcerse había empezado a agobiarlo en los últimos días.
Había pasado un montón de tiempo en el cobertizo revisando el motor del autobús escolar.
El vehículo había sido dado de baja diez años atrás y no había modo de saber cómo estaba el carburador.
Una avería sería un desastre. Y si la policía estatal se presentaba antes de que pudiera arreglarla, un autobús amarillo con siete niños inconscientes en mitad de la noche no resultaría nada fácil de explicar.
Se había obsesionado, además, con el riesgo de que alguno de los niños recobrase la conciencia mientras él los estaba trasladando e hiciera señas a un coche a través de la ventanilla.
Había sido entonces cuando había empezado a dudar que la dosis sedativa prescrita por la señora Frome fuera a dejarlos inconscientes durante el tiempo suficiente.
Los niños tenían que seguir inconscientes cuando él llegara al lugar donde debía dejarlos.
Dos de los chicos, David y Edward, eran bastante corpulentos para su edad.
De ahí la decisión de doblarles la dosis.
La señora Frome siempre creía saber lo que era mejor.
Bueno, no en este caso: no era su pellejo el que estaba en juego.
Miró en dirección a la Granja. Ahora era lo que se conoce como «crepúsculo náutico».
El sol se había puesto, pero el horizonte de árboles mostraba una especie de filo dentado negro hacia el nordeste.
Los primeros planetas refulgían como joyas contra el fondo índigo.
En la cresta oscura más lejana observó una repentina erupción de humo, como un volcán humeando a lo lejos.
De la nube caían algo parecido a meteoritos diminutos.
Un par de minutos después, oyó un ronco retumbo.
El humo se disipó y formó una estrecha columna que se elevaba verticalmente hacia el cielo estrellado.
Mientras miraba el humo, el reloj de pilas situado por encima del asiento del conductor avanzaba con su rítmico clic: uno, dos, tres; y entonces se dio cuenta de que se había adormilado. Cada clic había sido un minuto.
En la granja, una vez que el ruido de los motores se perdió a lo lejos, lo único que se oía eran los crujidos de la madera de la cabaña al descender la temperatura, y el canto de los gorriones de garganta blanca en el bosque. Luego empezó a oscurecer.
Abajo, en el sótano, el temporizador de plástico barato hizo su cuenta atrás durante dos horas hasta que sonó el débil timbrazo de su alarma.
Antes de que pudiera oírse nada más, el mundo se convirtió sencillamente en una gran sábana blanca. Luego sonó un rugido, como el de un cohete al despegar hacia Saturno, y la casa se elevó sobre sí misma, despegándose de los cimientos y subiendo hacia el cielo.
Oso ni siquiera se estremeció cuando una oleada de calor blanco ascendió a través del centro de la casa y alcanzó el dormitorio. Un calor tan intenso que se parecía mucho al calor en el núcleo del sol.
Y entonces Oso se elevó junto con la cama en esa oleada de aire abrasador a través de donde habían estado las tejas de la cabaña (ahora ya volaban muy por encima de él, girando como naipes hacia lo alto en un cielo de color estaño) y se adentró en la nube anaranjada: su único ojo impávido contemplaba las copas de los pinos que se alzaban alrededor de la solitaria ladera, ahora crudamente iluminada por aquel resplandor infernal, y los pájaros que abandonaban las ramas más altas como bolas de arcilla lanzadas desde una catapulta hacia ese inesperado sol naranja que había aparecido cuando el otro ya se había puesto.
Pero hubo una segunda ignición cuando las bombonas de propano estallaron, y entonces todo lo que había por debajo de él se convirtió en un horno rojo y negro que le alcanzó con sus dedos ardientes.
Oso volvió a caer en el infierno y, en un segundo, su tela gris y su relleno de paja se transformaron en una ceniza, primero negra y luego gris.
Su ojo, que había presenciado todas las cosas malignas que habían sucedido en la casa de la señora Frome, pero que solo estaba unido a su rostro por un hilo muy frágil, se desprendió durante el descenso y cayó en un lado del horno.
La diminuta joya miró hacia el cielo y el ojo de la luna le devolvió la mirada.
Y allí aguardó. Un ojo de juguete atónito no tiene noción del tiempo.