Capítulo 4
Frome ordenó a los niños que se sentaran frente a él en los asientos de delante del autobús; luego sacó de la bolsa de J.C. Penney un bidón de plástico de seis litros y unos diminutos vasos de papel, de esos que suele haber en los dispensadores de agua de los consultorios médicos.
—Todo esto os ha dado sed, ¿no? —dijo con falsa solicitud, sin hacer caso de los gimoteos de Ed, Shannon y Hope—.
Aquí tengo zumo de naranja para vosotros.
—Agitó el líquido del bidón con un gesto tentador, aunque, dado el calor del atardecer, el zumo ya debía estar caliente.
Tomó un vaso, vertió una medida, se acercó a Kevin, que estaba en el primer asiento, y le dijo que abriera la boca y echara la cabeza hacia atrás.
Él obedeció. Frome le puso a la fuerza el vaso entre los labios.
Kevin se atragantó un momento, pero acabó engullendo el líquido.
El hombre pasó de Kevin a Hope y repitió la operación.
Hope también se atragantó. Frome se preguntó si debería haber consultado con la señora Frome antes de añadir esa dosis extra; él la había probado un poco a modo de experimento una semana antes.
Aquel mejunje tenía un regusto químico, incluso en una cerveza.
Y vaya efecto. Se había despertado en mitad de la noche totalmente desorientado, sin tener ni idea de dónde estaba ni de qué hora era.
Bueno, ya era demasiado tarde para empezar a cuestionárselo. Les daría un poco menos a los demás. Fue de un asiento a otro hasta llegar a los dos últimos. Ed y Shannon. Él tenía una mancha de sangre en el labio a causa del guantazo de la señora Frome. Los dos críos se apretujaban uno contra otro.
Frome le tendió a Shannon el vaso, que ya estaba un poco reblandecido. Una parte del líquido cayó al suelo.
—Bebe —dijo.
—No —replicó la niña.
Ella lo miraba otra vez de aquella manera.
Frome reparó en sus trenzas: un punto débil, como había demostrado la señora Frome.
Con la mano libre, le agarró un puñado de pelo, tiró hacia atrás y luego le puso el vaso en los labios y lo inclinó.
Ella se atragantó y acabó por escupir el líquido sobre la pechera de su camisa.
Él la maldijo, le soltó el pelo y, olvidando todas las restricciones, la abofeteó brutalmente.
Ed extendió el brazo para impedírselo, pero Frome le soltó otro bofetón y el niño se dio un golpetazo en la cabeza contra la polvorienta ventanilla.
Por un momento, sus ojos se quedaron en blanco.
Vaya, tres sopapos en una noche. De perdidos al río.
Frome cogió el bidón que había dejado detrás y puso más zumo de naranja en el vaso de papel, ya sin importarle que rebosara y salpicara los cojines abotonados.
El niño seguía aturdido. El hombre lo sujetó firmemente por la mandíbula inferior para que abriera la boca, le echó la cabeza hacia atrás y le vertió el zumo entre los dientes; luego volvió a cerrarle la boca con fuerza.
Igual que cuando le das una pastilla a un gato.
Cuando por fin lo soltó, la cabeza del niño volvió a caer sobre el respaldo; aún tenía los ojos en blanco. Se había desmayado, o bien por el tortazo o bien por la droga, eso no lo sabía.
Se volvió hacia Shannon, que tenía un buen morado en su piel morena a la altura del ojo izquierdo. Ella lo miraba fijamente.
—Bueno, señorita, ¿qué va a pasar? ¿Quieres pelear? Así resultará más divertido —dijo, sonriendo.
Ella tragó saliva y luego extendió la mano —una mano temblorosa— y cogió el vaso. Frome se preguntó si iba a tirárselo otra vez sobre la camisa. Pero ella volvió a tragar saliva, inclinó el vaso de papel y el zumo con la droga desapareció. Como un filósofo griego bebiendo la cicuta.
Shannon lo miró todavía unos momentos; luego la luz pareció desaparecer de su mirada, igual que cuando la señora Frome había hecho oscilar el crucifijo, y enseguida se recostó sobre el reposacabezas, con los ojos en blanco, y se desvaneció. Dios mío, quizá se había pasado con esa dosis.
Frome observó a los demás niños. Estaban todos fuera de juego.
Miró a la señora Frome que esperaba en la camioneta.
Había encendido la luz interior para maquillarse.
Tan tranquila como siempre. Él le hizo una seña y ella cerró la polvera, asintió y apagó la luz; a continuación se encendieron los faros de la Chevy y el motor cobró vida con un rugido.
La señora Frome arrancó, salió a la carretera y dobló hacia la Granja y la frontera canadiense.
Nueve años con la dama de hielo y de repente, así por las buenas, dejaba por fin de estar bajo su férula. Siempre que si esto, que si lo otro: «Señor Frome, ¿le parece bien mirar tan lascivamente a los niños?», o «Huele mal en la cabaña, señor Frome. Espero que se haya lavado», etcétera.
Los faros traseros de la Chevy desaparecieron. Ella se había ido.
Todavía no sabía cuál era su verdadero nombre; seguramente nunca llegaría a saberlo.
Ella daba órdenes y él obedecía. En ocasiones, la soledad en la cabaña había podido con él y se le había ocurrido intentar seducirla; pero luego, invariablemente, se lo había pensado mejor: estaba seguro de cómo respondería a semejante insinuación.
Un hombre, sin embargo, tenía que poder soñar con algo mejor que con las putas que encontraba en la Carretera 1 durante sus expediciones de reabastecimiento.
La mayoría, esqueléticas heroinómanas. En definitiva, nueve años de escasa satisfacción.
En todo caso, aún quedaba una gran atracción antes de dejar a los niños.
Había programado la explosión para justo después de que ella hubiera pasado el desvío hacia la cabaña.
Para entonces, ya casi habría oscurecido del todo y probablemente no se percibiría el humo hasta el día siguiente, pero no tenía sentido correr ningún riesgo.
No quedaría ninguna prueba de lo ocurrido en la Granja Eriksson.
Él había colocado estratégicamente la dinamita, los detonadores, el cordón detonante y los bidones de gasolina de doscientos litros, así como varias bombonas de propano que no se habían utilizado, en el centro mismo de la cabaña, bajo el suelo de madera del salón y debajo de la escalera.
Toda la casa tenía una estupenda estructura de madera, pensó Frome. El olor a savia de pino, con su gran potencial para arder rápidamente, lo había embriagado mientras trabajaba.
Su verdadero nombre era Eugene Macdonald Dubois.
Él no había ido a la universidad, pero se había puesto al día mientras cumplía una condena en la prisión Stillwater por incendio premeditado y luego durante los nueve años que había pasado aquí en el bosque.
Había aprendido, para empezar, que toda la naturaleza ansiaba convertirse en cenizas.
Al fin y al cabo, ese era el destino final de la Tierra, que sería tragada por el sol dentro de siete mil quinientos millones de años.
Pero no toda la Creación tenía que esperar tanto.
Sí, si el Señor lo quería, la Granja alcanzaría cuando explotara una temperatura endiablada, tan abrasadora como la del centro del sol.
Después de Stillwater, Eugene se fue de Minnesota a Maine, decidido a dejar atrás su pasado incendiario.
Empezó a transportar cargas a través de la frontera con Canadá.
Fueron años duros en los que la tentación se agitaba rabiosamente en su interior, como un diablillo ardiente removiendo las brasas de su corazón.
Aun así, al principio, mantuvo el deseo a raya.
Había noches en que el bidón de gasolina, los trapos y el Zippo que tenía bajo el asiento del vehículo le llamaban con tal intensidad que ahogaban la cháchara de la radio.
Era algo que estaba en su naturaleza. Tenía que acabar sucumbiendo, y finalmente sucumbió: tres veces, en un breve plazo de tiempo.
Una noche, poco después del tercer incidente, estaba en una parada de camiones de las afueras de Waterville.
Un hombre se sentó en la banqueta opuesta a la suya en el restaurante.
Había muchos asientos disponibles en el resto del local.
A Eugene, después de la experiencia de la cárcel, no le gustaba el hacinamiento.
Prefería mantener a la gente a distancia.
Así que se sintió irritado cuando el desconocido no se amilanó ante la mirada de «no me toques los huevos» que había perfeccionado en Stillwater.
El tipo se la devolvió apaciblemente. La mandíbula cuadrada, el pelo rapado y gris, los ojos acerados y el cuerpo musculoso indicaban que era un veterano del ejército: un hombre que ahora quizá era algún tipo de agente. Se le dispararon todas las alarmas.
—No creo haberle invitado a sentarse ahí —dijo Eugene, aunque con menos aplomo del que le habría gustado.
El hombre no parpadeó.
—Ya lo he notado —repuso.
Eugene dejó de masticar.
—Entonces ¿por qué no se larga? —preguntó.
—Me da la impresión de que quizá le apetezca compañía —dijo el hombre—.
Es malo para la digestión comer solo. Además, me gusta charlar, ¿sabe?
Especialmente de mis viajes, de los lugares que he visitado.
A lo mejor a usted también. Es camionero, ¿no?
Apuesto a que ha visitado unos cuantos sitios.
Por ejemplo, Godley’s Farm, Dark Rigde y Jesmond’s Country Store… Apuesto a que ha estado ahí.
Eugene se quedó helado. El desconocido había citado los lugares de los tres incendios.
Se levantó bruscamente, dispuesto a darle un puñetazo en la cara o tal vez a salir corriendo —en esa fracción de segundo no lo tuvo claro—, pero la mano del hombre ya estaba sujetándolo del antebrazo como una tenaza. Y no dejaba de mirarle con aquellos ojos grises impasibles.
Ante el movimiento repentino de Eugene, el restaurante se había quedado en silencio y la gente había vuelto la cabeza. Uno de los que miraban llevaba uniforme de sheriff.
El hombre no levantó la voz, pese al esfuerzo que hacía para sujetarle.