Capítulo 3
Circularon durante más de una hora. Shannon dormía sobre el hombro de Ed.
Él abría y cerraba los ojos, adormilado, pero en un momento dado se despertó bruscamente.
El ruido de los neumáticos pasó de golpe de ser un rugido áspero sobre la grava a un simple zumbido.
Miró por la ventanilla y vio que estaban en una carretera oscura.
El autobús frenó. A un lado había un edificio tapiado junto al que se alzaba un mástil muy alto con la placa oxidada de una estrella roja y verde perforada por varios perdigonazos.
Bajo una marquesina medio hundida, había cuatro cajas metálicas oxidadas de color rojo sobre el asfalto cubierto de hierba.
El autobús rodeó el edificio tapiado y se detuvo en la parte trasera; el Chevy aparcó detrás. Frome apagó el motor y abrió la puerta.
—Bien —dijo—. Bajad del autobús. Dejad aquí las bolsas y los carteles.
Los siete niños bajaron en silencio al asfalto caliente y cuarteado, parpadeando ante los últimos rayos de sol que asomaban por encima de los árboles, y mirando absortos, la extraña visión que constituía para ellos la vieja gasolinera.
Las cigarras cantaban en la hierba alta, entonando un coro intermitente que ascendía y remitía una y otra vez: la palpitación de una noche de verano.
También había pájaros que se sumaban al coro nocturno.
El curioso silbido del gorrión de garganta blanca sonaba: Ah, te, e, e, te, e, e, te .
La señora Frome se había bajado del Chevy.
—Seguidme —dijo.
Caminó hacia el bosque que había detrás de la parcela, rodeando un montículo cubierto de sorgo de Alepo y flores blancas y amarillas.
Los niños la seguían sin vacilar. Se internaron bajo las umbrías copas de los árboles y, tras unos cincuenta metros, llegaron a una valla metálica oxidada.
Había en ella una puerta con un candado, ambos igualmente oxidados y, al parecer, en completo desuso.
Más allá, Ed distinguió una senda apenas visible que desaparecía entre los árboles.
El señor Frome, que iba detrás del grupo, se abrió paso entre los niños, se acercó a la puerta y la sacudió enérgicamente.
Cayeron de la valla partículas de óxido, pero el candado resistió.
Él lo sujetó y giró las ruedas numéricas.
Pese al óxido, se movían con facilidad, como si el mecanismo hubiera sido engrasado recientemente.
—Todo bien —le dijo a la señora Frome.
—De acuerdo. Venid aquí —dijo ella.
Los niños formaron obedientemente un semicírculo a su alrededor.
El señor Frome se situó detrás de ellos y Ed notó su agrio aliento en la nuca.
La señora Frome hurgó en su bolso, sacó un crucifijo con una cadena de plata y lo sostuvo en alto con su mano enguantada.
El crucifijo destelló bajo la luz que se filtraba entre las copas de los árboles.
Ed cerró los ojos. Pasaban cosas malas cuando sacaban el crucifijo.
—Mirad la cruz —dijo la señora Frome.
En más de una ocasión, él se había negado a mirar; pero cada negativa le había acarreado dolor y humillación: palizas, o el cuarto que había debajo de la escalera.
Abrió los ojos de mala gana. Los demás niños contemplaban el metal reluciente mientras la señora Frame empezaba a moverlo de un lado para otro.
El crucifijo relucía en la penumbra del bosque y Ed se dio cuenta de que sus ojos seguían esas oscilaciones, meciendo su mente… Empezaron a pesarle los párpados.
Y luego todo se volvió negro y se hundió en el silencio.
La señora Frome se percató de que los niños habían caído bajo el hechizo de la cruz; todos tenían las pupilas dilatadas y el rostro fláccido.
Ella detuvo lentamente el movimiento de la cruz.
—¿Cuál es el primer número? —preguntó a los niños en voz baja.
Como un coro de fantasmas, ellos susurraron:
—Sesenta y seis.
—Más fuerte —dijo ella, y ellos repitieron: «Sesenta y seis», pero esta vez el número salió de ellos con mayor intensidad, más agudo, impactando en el silencio creciente del bosque. El canto de los pájaros se extinguió. Como si la naturaleza los hubiera oído.
Los niños habían respondido un poco a destiempo, pero un frío estremecimiento recorrió la columna de la señora Frome.
Cuando recobró la compostura, ordenó:
—Más fuerte.
De nuevo, no respondieron completamente al unísono.
Las drogas y las sesiones grupales de canto en el sótano les habían inculcado una sincronización perfecta, pero al parecer la singularidad de la jornada había desbaratado ese orden impecable.
¿Realmente importaba que estuvieran un poco desacompasados?
—Sesenta y seis. Dieciséis. Dieciséis. Catorce.
Ahora sus voces sonaron con más energía. Estaban en el buen camino.
—¿A dónde llevan estos números? —preguntó ella.
—A Armagedón —respondieron ellos.
—¿Dónde está Armagedón?
Las voces descendieron varias octavas, convirtiéndose en un gruñido sobrenatural que entusiasmó todavía más a la señora Frome. Era como si hablara el Diablo.
—Estamos aquí —corearon los niños.
—¿Y qué es Armagedón?
—La batalla final.
Ella volvió a estremecerse y susurró:
— Consummatum est .
Dicho esto, dio media vuelta y echó a andar otra vez hacia la gasolinera. Los niños la siguieron tambaleantes, con el rostro fláccido, como muertos vivientes.
Frome los azuzaba desde atrás. Rodearon el montículo y cruzaron el aparcamiento trasero hasta el autobús. La señora Frome se detuvo ante la puerta, y los niños chocaron entre sí como zombis; luego, arrastrando los pies, volvieron a formar un semicírculo.
—Bien —dijo ella—. Ahora es el momento de olvidar: de olvidar los números de Armagedón y todo lo que habéis aprendido aquí en el bosque. Vuestro pasado no existe, vuestro futuro está en blanco hasta que seáis despertados para cumplir la tarea del Señor. ¿Qué debéis esperar oír?
Y ella misma los guio pronunciando el versículo: «¿Hasta cuándo me olvidarás, Señor?
¿Para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?
». Los niños la siguieron con sus voces agudas una vez más, casi inocentes: era como una plegaria en la iglesia, cuando los feligreses quedan algo rezagados con respecto al celebrante.
—¿Cuándo volveréis a despertar? —les preguntó la señora Frome una vez que las voces se hubieron extinguido.
—Cuando llame la Bestia. —Las voces descendieron otra vez varias octavas.
—¿Cuáles son los números de la Bestia?
—Sesenta y seis. Seis. Seis.
—¿Y cómo se llaman esos números?
—La Bestia y Uno —corearon los niños.
—¿Y cuáles son las palabras de la Bestia y Uno?
—«Y oí una voz en medio de las cuatro bestias que decía: “Una medida de trigo por un penique, y tres medidas de cebada por un penique, y no dañes el aceite y el vino”».
Esta vez el coro salió perfecto.
Ella dio una palmada con sus manos enguantadas y dijo bruscamente: «¡Despertad!
», y ellos así lo hicieron, tal como aquellos a los que se despierta de golpe de un profundo sueño.
Parecían desconcertados mientras la miraban a ella, al señor Frome, el autobús, la gasolinera y el logo de Texaco, ahora apenas visible en el crepúsculo: como si lo vieran todo por primera vez.
La señora Frome le hizo un gesto a Frome. Él abrió la puerta del autobús y las luces interiores se encendieron, iluminándolo todo con una tenue luz amarillenta; luego subió los escalones y sacó de debajo del asiento del conductor una bolsa de la cadena J.C. Penney.
—Subid al autobús —ordenó la señora Frome.
Cuando los niños empezaron a desfilar, frunció el ceño.
Se había distraído antes y, por lo visto, el señor Frome también.
Una de las niñas, Hope, había traído consigo su objeto personal pese a las instrucciones recibidas.
Era solo un anillo rosa de plástico que llevaba, curiosamente, en el dedo anular izquierdo, como una alianza de compromiso.
La señora Frome sujetó la manita de Hope, le sacó el anillo de un tirón y lo arrojó al otro extremo del aparcamiento.
—¿Qué te he dicho? —gruñó, mientras el rostro de la niña se estremecía de desolación—. Señor Frome, inspeccione las bolsas.
Él volvió a bajar pesadamente los escalones y bruscamente les quitó a los niños la bolsa de los hombros y las abrió. Al llegar a Shannon, encontró la chaqueta de Snoopy escondida, la desplegó y se la mostró a la señora Frome.
Antes de que ella pudiera cogerla, Shannon se adelantó y se la arrebató de su enorme manaza. Luego abrazó la chaqueta sobre su pecho con aire desafiante.
—Eh, tú… —gruñó el hombre. Pero la señora Frome alzó la mano, deteniéndolo.
—Dame eso —ordenó.
Shannon le devolvió la mirada con obstinación.
—Dámelo —repitió la señora Frome.
Como la niña no obedecía, se echó hacia delante, la agarró de las trenzas con una mano enguantada y, con la otra, le retorció salvajemente la muñeca con la que sujetaba la chaqueta. Shannon soltó un grito y el bulto de nailon cayó al suelo.
Ed se lanzó a ayudar a su amiga, pero la señora Frome soltó las trenzas de Shannon y le dio una tremenda bofetada. Él se derrumbó, con los ojos vidriosos y un hilo de sangre en la nariz.
Vaya. Nueve años sin un solo bofetón y justo ahora…
, pensó la señora Frome. Las instrucciones habían sido muy claras: nada de castigos corporales, nada de lesiones, nada de hospitales ni de registros de ninguna clase.
Sin embargo, la bofetada había resultado placentera, eso debía reconocerlo.
Y solo había sido una. Se agachó, recogió la chaqueta y la arrojó entre las hierbas, igual que el anillo de Hope.
—Ahora subid al autobús —dijo.
Shannon ayudó a Ed a levantarse. Él se limpió los mocos y la sangre de la nariz.
—¿Estás bien? —preguntó la niña, mirándole con sus ojos castaños llenos de lágrimas.
Él no respondió.
La señora Frome dio media vuelta, se dirigió a la camioneta Chevy, abrió la puerta y se sentó frente al volante.
—Vamos —dijo Shannon, cogiendo a Ed de la mano. Ambos subieron los escalones del autobús.