Número desconocido Capítulo 2
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Capítulo 2

Una hora después, los niños oyeron los motores de dos vehículos que arrancaban fuera. Algunos habían vuelto a tumbarse en los camastros y empezado a dormitar, porque ya hacía mucho que había pasado la hora de acostarse. Pero se despertaron de inmediato al oír el ruido.

La señora Frome apareció al cabo de un momento.

Iba vestida como para una de sus expediciones quincenales de compras: gafas de sol, un pañuelo floreado que complementaba con su vestido casero rojo y amarillo, y un par de guantes de cuero negro.

Se había maquillado con esmero: un montón de base y un pintalabios a juego con el rojo del estampado de su vestido.

Llevaba al hombro un pequeño bolso azul, no muy distinto de las bolsas azules de la compañía aérea que había distribuido antes entre los niños.

Les dijo que cogieran las bolsas con sus carteles y que la siguieran.

Cuando desapareció por la escalera, algunos trataron de salvar sus objetos personales.

Shannon metió su chaqueta de Snoopy en la bolsa.

Ed miró su gran osito de peluche de patas lánguidas.

Se llamaba sencillamente Oso. Ahora ya solo le quedaba un ojo, que giraba asombrado en su cuenca de plástico blanco; lo cual, para Ed, le daba un aspecto vulnerable y heroico a la vez.

Incluso se había inventado una pequeña rima sobre ese ojo, que le recitaba a Oso todas las noches antes de dormir: «Mientras me mire tu ojo, no me puedo morir, Oso».

Pero el osito no le cabía en la bolsa; era demasiado grande. No podía acompañarle al sitio al que se dirigían, adondequiera que fuesen.

Ed lo miró con tristeza.

—Adiós, Oso —dijo. Le dio un abrazo y lo arropó bajo la manta deshilachada de su cama. El ojo atónito del osito se quedó mirando las vigas del techo. Una vez que él se hubiera ido, ¿Oso se quedaría durmiendo allí para siempre?

Ed siguió a los demás por la escalera hasta la cocina. Ahora no había pan ni zumo de naranja sobre el mantel a cuadros de la mesa como habría habido a la hora del desayuno. La señora Frome estaba junto a la puerta abierta.

—Al autobús —les ordenó.

El autobús escolar amarillo, que los años anteriores nunca había salido del cobertizo contiguo a la cabaña, ronroneaba fuera envuelto en una neblina azul de gases de diésel. La camioneta Chevy roja estaba aparcada detrás, también con el motor en marcha.

Ahora el sol proyectaba un resplandor oblicuo sobre la casa y los vehículos. Todo parecía arder en llamas bajo aquella luz postrera.

El señor Frome sonrió a los niños desde el asiento del conductor del autobús. Sus labios rojos sobresalían entre su espesa barba negra. Tenía los ojos hundidos rodeados de sombras. Por algún motivo, llevaba puestos unos gruesos guantes de trabajo.

Ed subió los tres escalones y pasó junto a él. Su chaqueta de lana desprendía un agrio olor a sudor.

Había seis hileras de asientos y un amplio banco en la parte trasera.

Ed se fue directo atrás y se sentó sobre los cálidos cojines abotonados.

Miró por la ventanilla uno de los lados de la cabaña de troncos, aunque apenas veía nada.

Por un momento, pensó en Oso. Le recorrió un escalofrío.

Repitió su mantra mentalmente: «Mientras me mire tu ojo, no me puedo morir, Oso».

Pero en ese momento estaba seguro de que no volvería a verlo.

Sintió una leve presión en el asiento contiguo y luego un contacto cálido a su lado, y cuando apartó la mirada de la ventanilla, se dio cuenta de que era Shannon. Extendió el brazo y le apretó la mano.

David subió al autobús y avanzó pavoneándose hacia la parte trasera. Ahora sonreía, aunque antes, cuando la señora Frome les había dicho que se iban, parecía estar aterrorizado.

—Vaya con estos dos —dijo, desplomándose en el asiento que estaba delante de ellos. Luego se inclinó para mirarlos—. ¿Vas a besarla, Ed? —le preguntó.

Ed sabía cómo acababan esta clase de situaciones. Le soltó la mano a Shannon y apretó los puños, dispuesto a pelear.

—¿Por qué no te sientas en otro sitio? —dijo, detestando el sonido de su propia voz, que le parecía débil y susurrante.

—¿Cómo?, ¿y perderme cómo os besuqueáis?

Todos los demás niños habían subido ya al autobús.

—Eh, tú, deja de armar jaleo ahí atrás —gritó Frome desde el asiento del conductor. Luego tiró de la palanca que tenía a su lado y la puerta del autobús se cerró con un chasquido y un silbido hidráulico.

David les lanzó una sonrisa burlona.

—Hasta luego, tortolitos —dijo, levantándose, y avanzó por el pasillo justo cuando Frome metía la primera.

El autobús dio una sacudida que a punto estuvo de tirarlo al suelo, pero él se agarró de un respaldo y luego se sentó junto a su compinche, Carl.

Estaban justo detrás de Hope, una tímida niña rubia.

David se echó hacia delante y le dijo algo inaudible que hizo que ella se apartara de golpe.

Él se rio y le dio a Carl una palmada en la espalda.

A Ed, aquel brusco e impetuoso movimiento del autobús le provocó náuseas. Tragó bilis.

Shannon no parecía tener el mismo problema.

—¿A dónde nos llevan? —le preguntó con los ojos muy abiertos.

—No sé —dijo él, volviendo a tragar.

—Quizá es lo que ha dicho la bruja —dijo Shannon—. Vamos a ver el mundo. Quizá ya no habrá más películas, ni lecturas, ni inoculaciones, ni castigos en el cuarto de abajo de la escalera…

El autobús descendía por el camino de tierra envuelto de una enorme nube de polvo.

Ed miró a través de la ventanilla trasera, que estaba cubierta de cacas de mosca.

La visión rápidamente empequeñecida de la cabaña de troncos donde había dormido todas las noches de su vida consciente le causó una sensación de mareo.

La camioneta Chevy los seguía. Se preguntó cómo podía conducir la señora Frome a través de aquella nube de polvo.

Al fondo estaba la puerta de la valla que siempre había permanecido cerrada con candado.

Era el límite del mundo que ellos habían conocido hasta ahora, pero esa noche estaba abierta.

El autobús la cruzó rápidamente. A Ed le sorprendió que el mundo no cambiara en el instante mismo en que la cruzaban, revelando una nueva vista extraordinaria.

Pero lo único que se veía era una sucesión interminable de árboles.

El autobús bajó por una empinada pista del bosque, sacudiéndose y vibrando con los repentinos cambios de marcha y los frenazos necesarios para sortear las curvas cerradas. Ed tuvo una ligera arcada, cerró los ojos y se aferró con desesperación al respaldo de delante.

Tras veinte minutos, la pendiente se suavizó.

Ed entreabrió tímidamente los ojos. Estaban en terreno llano y avanzaban hacia un cruce, seguidos por la camioneta Chevy.

Frome detuvo el autobús. Frente a ellos había otra valla con una puerta y, más allá, un camino de grava.

Frome se bajó del autobús y apartó unas ramas pesadas que obstaculizaban la parte interior de la entrada de la pista; luego sacó la llave del candado y abrió la puerta.

Regresó, sudado, soltando maldiciones y espantando una nube de moscas negras que se había materializado alrededor de su cabeza.

Se sentó de nuevo en el asiento del conductor, accionó el mecanismo para cerrar la puerta del autobús, accionó la palanca de cambios, arrancó y, con un rugido, tomó a la izquierda por el camino de grava.

Detrás de ellos, Ed vio que la señora Frome cruzaba la valla con el Chevy y luego cómo se bajaba del vehículo para volver a cubrir la pista con las ramas.

Tal vez la iban a dejar atrás, tal vez aquel iba a ser el final de la bruja…

Sintió en el pecho una punzada de esperanza.

Siguió mirando por la ventanilla trasera, confiando en que fuera así, pero al cabo de cinco minutos el Chevy reapareció en una curva, acelerando tras el autobús como un furioso abejorro rojo.

A él la bilis le subió de nuevo a la garganta.

El nuevo mundo era igual y, sin embargo, resultaba aterrador.

El ruido de los neumáticos del autobús, la oblicua luz anaranjada, el rugido del viento a través de los respiraderos, el aleteo de las cortinas descoloridas…

Un lago pasó a toda velocidad junto a ellos; rocas enormes se erigían más allá de la cuneta; un gran río de color azul de Prusia discurría junto a la carretera.

A continuación, el autobús ascendió fatigosamente por un tramo flanqueado de pinos hasta llegar a un paso entre dos cumbres.

Frome bajó el parasol para protegerse de los últimos rayos de poniente.

Ed cerró los ojos, deslumbrado, y sujetó la mano de Shannon con fuerza.