Número desconocido
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Capítulo 1
Los siete niños esperaban en sus camastros —cuatro en un lado y tres en el otro— bajo el techo inclinado de la buhardilla.
En el extremo opuesto a la solitaria ventana sellada, dos de las camas de hierro forjado habían sido colocadas más juntas para aprovechar la oscuridad.
En una yacía un niño; en la otra, una niña.
Él se llamaba Ed; ella, Shannon. Como los otros cinco, ambos tenían nueve años y estaban en los huesos.
Ed y Shannon se cogían de la mano entre una y otra cama mientras con la mano libre se aferraban al único objeto personal que se les había permitido conservar durante todos los años que llevaban en ese lugar: el de Ed era un osito de peluche con un solo ojo; el de Shannon, una chaqueta de nailon que detrás tenía una viñeta amarilla con un perro vestido de piloto.
Ellos habían llegado a la conclusión de que ese perro debía llamarse Snoopy, a juzgar por la sinuosa firma que había garabateada bajo la viñeta.
La chaqueta estaba muy arrugada por el tiempo y el uso.
Durante las dos últimas horas habían oído fuertes ruidos procedentes del sótano de cemento de la cabaña, dos pisos más abajo.
Los niños sabían lo que eso significaba: el señor Frome estaba colocando las siete sillas de madera con correas de cuero, las bandejas de drogas, el equipo de cine y los altavoces para la lección de la noche.
Como si se tratara de una confirmación, las escaleras de madera crujieron.
—Ya viene la bruja —susurró Shannon, e inmediatamente cerró los ojos.
Estaba prohibido mirar a la señora Frome hasta que ella diera su permiso.
En los años que llevaban leyendo la Biblia, habían llegado en tres ocasiones a un pasaje de los Mandamientos que decía: «No dejarás con vida a una bruja».
Ed y Shannon habían deseado el fin de su captora con el fervor que solo posee un niño de nueve años, pero sus deseos no habían bastado, porque allí estaba ella de nuevo, dispuesta a llevarlos al sótano.
A diferencia de los demás, Ed siguió mirando con los párpados entrecerrados el tiempo suficiente para ver cómo la cabeza de la mujer subía por la escalera.
Su pelo cobrizo brillaba bajo un rayo de sol del atardecer que se había colado por la ventana.
Como siempre, su rostro era inmutable e inexpresivo.
Al llegar arriba, dejó una gran bolsa de la compra en el suelo.
—Arriba —dijo.
Los niños, que solo fingían estar dormidos, se incorporaron vacilantes y luego, cuando ella dio una palmada, se levantaron de la cama.
De pie sobre las tablas desnudas, con el pelo y el pijama desaliñado, aguardaron mirándose fijamente los pies.
Dos de ellos temblaban, aunque no hacía frío.
Y uno de los dos, una niña, empezó a sollozar.
Era una niña delgada y frágil, con una marca de nacimiento en forma de riñón en la mejilla derecha.
—Deja de lloriquear, Catrine —soltó la señora Frome, y el sollozo de la niña acabó con un extraño hipido sofocado.
La señora Frome se agachó, sacó algunas cosas de la bolsa y las colocó sobre la mesa que se hallaba bajo la ventana.
—Venid aquí —dijo.
Los niños se acercaron obedientemente arrastrando los pies.
La señora Frome había dejado siete bolsas sobre la mesa: eran cuadradas y azules con asas blancas.
En los lados tenían una pegatina del globo terráqueo de los mismos colores: una línea blanca marcaba la longitud a través de los polos, y unas líneas curvas de latitud irradiaban del logotipo central, todo ello sobre un fondo azul.
El logo, estampado a lo largo del globo, decía Pan Am.
Todos los niños sabían leer. Habían leído la Biblia muchas veces, desde pequeños.
Pero Pan Am no les resultaba familiar. Tampoco el globo terráqueo: por sus limitadas observaciones desde lo alto de esa montaña, que nunca habían abandonado, creían que la Tierra era plana.
Igualmente, no sabían lo que era una compañía aérea o una aeronave, aunque habían visto estelas de aviones en el cielo azul de verano: pensaban que eran marcas de tiza de Dios en la pizarra azul del cielo.
Las bolsas tenían etiquetas con el precio. Los niños miraban el símbolo del dólar con tanta perplejidad como el logo de Pan Am. Nunca habían visto un dólar, ni tampoco el símbolo que lo representaba.
Junto a cada bolsa había carteles de cartón, atravesados en lo alto por un trozo de cordel, y lápices de colores.
La señora Frome señaló las bolsas.
—Meted una muda de ropa y objetos de aseo. Cuando hayáis terminado, escribid en el rótulo vuestro nombre y el pasaje de las Escrituras que os he enseñado esta mañana. —Los niños la miraron sin comprender. ¿No iba a haber lección esa noche? Ella volvió a dar una palmada—. Vamos.
Los niños se pusieron en marcha. Había una vieja cómoda en el dormitorio que contenía una muda de ropa de verano de repuesto: polos azules, pantalones cortos de color caqui, calcetines blancos, todo lavado y planchado por los propios niños, tal como les habían enseñado a hacer desde muy pequeños.
«La limpieza es lo más cercano a la santidad» era una de los máximas preferidas de la señora Frome.
Cuando se dispusieron a poner la ropa en las bolsas, descubrieron que cada una contenía un ejemplar de la Biblia que ocupaba la mitad del espacio.
Luego escribieron sus nombres y el pasaje de las Escrituras que habían aprendido aquella mañana en los carteles: «Porque pienso que Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles en último lugar, como a sentenciados a muerte.
Pues hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, tanto para los ángeles como para los hombres».
Esas palabras no tenían sentido para ellos. Mientras escribían, sus manos temblaban. Cometieron bastantes errores.
Cuando terminaron, la señora Frome examinó sus faltas de ortografía y sus borrones con expresión ceñuda. Ed esperaba que les dijera que volvieran a hacerlo. Así funcionaban las cosas en la Granja: una interminable repetición de versículos, de capítulos, incluso de todos los libros de la Biblia.
Pero ella dijo:
—Ahora, vestíos. Nos vamos en una hora.
La segunda sorpresa. Los niños, sin poder evitarlo, se miraron entre ellos. Uno levantó tímidamente la mano.
—¿Sí, David? —dijo la señora Frome.
—¿Nos… vamos, señora? ¿Qué quiere decir?
Era un chico alto de ojos oscuros y, pese a la escasa dieta de la Granja, más fornido que los demás.
Solía ser engreído y tenía una vena cruel que descargaba en las alas y extremidades de los insectos y polluelos que capturaba, y también en sus compañeros más flacos y menos musculosos.
La señora Frome no había hecho nada para corregir su conducta.
Le había puesto un nombre adecuado: David. Un rey y, algún día, un matagigantes.
Pero esa noche David no parecía duro, sino solo asustado.
Ella esbozó una leve sonrisa.
—Ya es hora de que salgas al mundo —dijo, señalando el bosque a través de la ventana, como si pretendiera que desapareciese y dejara a la vista ese «mundo» misterioso que había detrás.
David miró en esa dirección. Lo único que se veía eran árboles que, naturalmente, tenían el mismo aspecto que habían tenido siempre. Sus ojos se humedecieron. Tragó saliva, pero no se permitió derramar ninguna lágrima.
Tal como la señora Frome les había enseñado: pues ¿acaso el Señor no había llorado dos veces en su corta vida: una por el difunto Lázaro y otra por la Jerusalén pecadora? ¿Por qué ellos, unos simples niños, podían permitirse el lujo de llorar?
—Ahora, vestíos —dijo.
Los niños se quitaron los pijamas y se pusieron la ropa interior, los pantalones, las camisas, los calcetines y las zapatillas que llevaban antes.
Cuando los vio a todos vestidos, la señora Frome asintió.
—Esperad aquí —dijo, y volvió a bajar las escaleras. Los niños se miraron de nuevo entre ellos. ¿Qué estaba a punto de ocurrir?