Capítulo 24
LEO
La Nochebuena solía significar algo. Creo. Antes de que todo se volviera tan reluciente y aséptico. Antes de que las fiestas se convirtieran en obligaciones y los regalos en notas de prensa.
Ahora es solo otra noche en un castillo de cristal con árboles de diseñador, coronas importadas y una bodega que cuesta más que la hipoteca de cualquiera.
El viento aúlla fuera y hace vibrar las ventanas como si quisiera entrar.
Las velas parpadean detrás de cada cristal, encendidas por algún empleado mal pagado que sigue la hoja de cálculo con los requisitos estéticos de Madre.
Bebo un bourbon que ni siquiera me gusta mientras veo el fuego fingir que calienta la habitación.
X está en Aspen, esquiando con una chica cuyo padre es dueño de una empresa de alquiler de jets privados.
Tristan está en Francia, fingiendo que le importan el foie gras y los viñedos con solera.
Mindy está de vuelta en Hong Kong, viviendo a lo grande como la nueva reina del momento. ¿Y yo? Estoy aquí. Solo.
Nos dejaron salir antes del colegio este año: demasiado escándalo, demasiadas demandas en proceso. Los exámenes se supervisaron a toda prisa y la mayoría dejamos el campus con una lista de tareas online y una nube de consecuencias cerniéndose sobre todo.
Jade me escribió hace dos semanas.
Solo unas palabras: Necesito más tiempo.
No discutí. No supliqué. Solo dije: Vale. Tómatelo.
Luego, la semana pasada: Echo de menos hablar contigo.
Casi se me cae el móvil.
Nos hemos estado escribiendo desde entonces.
Cosas pequeñas. Roces sutiles. Me envió una foto de las galletas que horneó con la tía Susan: una bandeja quemada y un selfi suyo muerta de risa y cubierta de harina.
Le mandé un vídeo de la nueva orquesta de cascanueces a tamaño real de mi madre, ni preguntes.
Se rio. Juro que lo sentí desde el otro lado del móvil.
Intenté verla dos veces. Fui en coche hasta el pueblo, pero siempre estaba ocupada. Haciendo videollamadas con la familia, repartiendo comidas con su tía, envolviendo regalos para el albergue. Siempre hace algo por alguien.
Y yo aquí, con este fuego y este silencio.
Suena el timbre.
Resuena por los pasillos de mármol, cortando el silencio como un cuchillo. La mayoría del personal está de vacaciones: Madre les dio el día libre y se fue volando a la finca de su mejor amiga en Mónaco. No quise ir. Le dije que estaba estudiando. No insistió.
Cruzo descalzo las baldosas y abro la puerta.
Jade está ahí, de pie. El viento en su pelo. Una bufanda roja anudada al cuello. Y a su lado, la tía Susan, con una bandeja de algo envuelto en papel de aluminio.
—¿Qué...?
Retrocedo, parpadeando.
—Feliz Navidad —dice Jade con una sonrisa, las mejillas sonrosadas por el frío.
—Tú... ¿qué es esto?
—Te dije que echaba de menos hablar contigo —dice, con los ojos brillantes—. Y pensé... si iba a pasar la Navidad con alguien, quería que fuera con alguien que me hiciera sentir como en casa.
Se me forma un nudo en la garganta, inesperado y brutal.
—Pero el personal se ha ido —digo como un idiota—. No hay comida. No hay decoraciones arriba. No hay planes.
Susan se encoge de hombros.
—Hemos traído tarta.
—Y pijamas a juego —añade Jade, levantando un ridículo conjunto rojo y verde con estampado de bastones de caramelo.
Me río, una risa de verdad. Hacía semanas que no me reía así.
—Estás loca.
Sonríe con suficiencia.
—Puede ser. O puede que me haya dado cuenta de que ya no voy a dejar que otros decidan cómo paso las fiestas.
Le cojo la mano y tiro de ella hacia dentro, ignorando la ráfaga de aire frío que entra. La tía Susan nos sigue con la tarta y un guiño.
—¿Nos toca el vino bueno? —bromea.
—Por supuesto —digo sin aliento.
Jade me mira.
—No he venido a arreglar nada... ni a empezar de nuevo. Solo a pasar tiempo con alguien a quien echo de menos. Alguien que significa mucho para mí. Quería enseñarte que la Navidad puede ser más que cosas elegantes.
Le acaricio la mejilla y con el pulgar le aparto un copo de nieve de la piel.
—Ya lo has hecho.
Fuera, el viento sigue aullando. Pero dentro, por primera vez en mucho tiempo, se está caliente.
Y todavía estoy aturdido por la imagen de Jade en mi puerta cuando oigo el chasquido seco de unos tacones a mi espalda. Me giro justo a tiempo para ver a mi madre irrumpir en el vestíbulo como si fuera la dueña de la noche.
—Feliz Navidad, cariño —dice con un brillo en los ojos—. ¿Sorprendido?
Viste de Chanel, ¿qué si no? Blanco invernal de pies a cabeza, perlas al cuello, ni un pelo fuera de lugar. Clásica. Intocable. Una reina inspeccionando su corte.
—Mamá, ¿qué demonios...? ¡Pensé que te habías ido!
—Esa boca —dice con sequedad, pasando junto a mí para besar a Jade en la mejilla como si fueran viejas amigas—. Supongo que os quedáis las dos, ¿no?
—Sí, señora —dice la tía Susan, que aparece de repente con una tarta en la mano y una sonrisa cómplice.
—Bien —dice mi madre—. El catering está preparando todo en el comedor, y el cuarteto debería llegar en cualquier momento.
Espera. ¿Cuarteto?
Miro más allá de ella y parpadeo al ver a primos, tíos y vete tú a saber quién más entrar por la puerta principal con regalos envueltos y botellas de vino. ¿Qué está pasando?
—¿Has planeado todo esto? —pregunto.
Se gira hacia mí arqueando una ceja perfectamente perfilada.
—No te hagas el sorprendido, Leo. Puede que sea fría, pero no soy despiadada. Llevas semanas deambulando por esta casa como un fantasma. Decidí que era hora de hacer algo con sentido. Y antes de que preguntes: sí, me disculpé con la Señorita Bryan. Y no, no quiero volver a hablar del tema.
Jade se encoge de hombros, divertida. —De hecho lo hizo. Dijo que yo era «el tipo de problema adecuado».
Casi me atraganto. —¿Que dijo qué?
Jade sonríe. —Con una copa de jerez en la mano, nada menos.
Mi madre desaparece en la casa envuelta en perfume y perlas, dejando la puerta abierta de par en par mientras la nieve se cuela revoloteando.
Jade se ríe bajito.
—¿Vas a ayudarme con las bolsas o te vas a quedar ahí mirando como si hubieras visto a Papá Noel con sus duendes?
—Probablemente ambas cosas —murmuro, cargando con todo mientras intento asimilar lo que está pasando.
Camina a mi lado, cerca pero sin tocarme, y sus dedos enguantados rozan los míos como una promesa. No sé cómo será esta Navidad —caótica, dramática, completamente desmesurada—, pero una cosa está clara:
Ha vuelto.
Y puede que sea el único regalo que de verdad quería.
No sé cuándo empezó oficialmente la fiesta. Un momento Jade estaba en la puerta, al siguiente mi madre irrumpía como el maldito Fantasma de las Navidades Pijas, y de repente la mitad del pueblo estaba en nuestro salón bebiendo champán y picoteando canapés de langosta.
Me da igual. Porque ella está aquí.
La mano de Jade está en la mía y es lo único en lo que puedo concentrarme. Nos abrimos paso entre corrillos de amigas de mi madre: socialités, padres de colegios privados, algún que otro senador, todos envueltos en lana de marca y seda festiva. Ella es la única que brilla.
Y cómo se ríe cuando me inclino y le susurro alguna tontería al oído. Como si le sorprendiera lo ligero que se siente todo, lo bueno que es volver a estar así.
—Por aquí —murmuro, tirando de ella hacia la escalinata.
—¿Nos estamos escabullendo en pleno evento de tu madre? —bromea, arqueando una ceja.
—Técnicamente, vivo aquí. Así que te estoy enseñando la casa.
—Claro. Totalmente inocente.
Pero no me suelta la mano.
Nos metemos primero en el estudio: tranquilo y cálido, con libros más viejos que nosotros dos cubriendo las paredes. La arrincono contra el marco de la puerta solo para besarla. Despacio. Sin prisa. Sonríe contra mis labios y me rodea el cuello con los brazos.
—Estás radiante —susurro.
—Serán las lucecitas y un poco de ponche navideño clandestino —me susurra.
Nos escabullimos por la sala de música, el atrio del jardín, el solárium iluminado con velas.
La casa está llena de risas y música, pero estamos en nuestra propia burbuja.
Es la primera vez que siento que es nuestra.
No el museo de mi familia, no un posado para fotos: es como si se estuviera creando un recuerdo.
Al pasar por el largo corredor de arriba, tira de mi mano para frenarme. —¿Esa es tu habitación?
—¿Por qué? —sonrío—. ¿Quieres cotillear?
—Solo quiero ver si sigues teniendo esa ridícula pared de gorras de béisbol.
Abro la puerta con una reverencia teatral y ella entra como si fuera suya. Pasa los dedos por mi escritorio y se detiene en una foto enmarcada de los dos, de antes de que todo se fuera al carajo.
—¿La has guardado?
—Pues claro.
Se gira, con la mirada suave clavada en la mía. —Yo también.
Quizá sean las luces. Quizá sea la Navidad. Quizá sea solo ella.
Pero por primera vez en mucho tiempo... me siento feliz.
Decidimos socializar y acabo atrapado con unos amigos de mi padre mientras a Jade la acorralan educadamente unas señoras mayores con perlas.
Está radiante. No como las chicas que brillan cuando quieren que las miren, sino de esa manera peligrosa que nace de sentirse a gusto en tu propia piel.
Su vestido es sencillo, elegante, seda verde oscuro que ondea con cada movimiento.
Sin armadura esta noche. Sin cazadora de cuero.
Solo Jade. Espalda erguida. Mirada suave. Un poder que no necesita anunciar.
Se me olvida cómo respirar por un segundo.
Me pilla mirándola desde el otro lado del salón. Duda. Luego sonríe.
Cruzo el salón antes de pensármelo dos veces.
—Estás... —me callo, porque cualquier cosa que diga se quedará corta.
Ladea la cabeza. —¿Alegre y radiante?
Asiento. —Sí. Justo eso.
La música sube. Luces tenues. Las conversaciones zumban a nuestro alrededor, comedidas, selectas. Si la gente murmura sobre nosotros, lo hace con discreción. Con respeto. Sin móviles a la vista. Sin espectáculo.
Esto no es Royal Oaks.
Esto es territorio de mayores.