Capítulo 22
LEO
Mi teléfono no deja de vibrar.
Me limpio el sudor de la cara con el dobladillo de la camiseta, sonriendo mientras mis compañeros me dan palmadas en la espalda y celebran la victoria a gritos.
Anoté veintitrés puntos, seis rebotes, cuatro robos.
Lo bordé. El gimnasio todavía huele a palomitas y suelas de goma, pero la euforia del partido ya se está desvaneciendo porque mi pantalla se ilumina como un maldito árbol de Navidad.
Snapchat, Instagram, iMessages. Los chats grupales echando humo. Mi nombre etiquetado en publicaciones que no autoricé. Y al menos tres mensajes de tías con las que ni siquiera hablo.
Pero es la foto la que me deja helado.
Jade.
Mi madre.
Una al lado de la otra, sonriendo educadamente frente a una estúpida boutique navideña, bolsas de Chanel en una mano, chocolate caliente en la otra. Jade con su gabardina y pintalabios rojo. Mamá con su cachemir.
Pero ¿qué demonios...? Frunzo el ceño con fuerza.
—¿Qué diablos está pasando?
—¿Estás bien? —me pregunta Xavier mientras se pone la sudadera a mi lado en el vestuario.
—Sí. Solo... —inclino el teléfono para que vea la imagen. Se le disparan las cejas.
—No. Me. Jodas.
—¿Verdad? —murmuro—. Esto tiene que ser algún tipo de manipulación. Mi madre odia a todo el mundo. Yo ni siquiera le caía bien hasta tercero.
Entonces el teléfono vuelve a vibrar. Brown. Yale. Dos entrenadores nuevos que me han dejado mensajes de voz.
Ah. Cierto.
Por lo visto, mi nivel deportivo por fin está en el radar de la Ivy League. Primero Harvard. Ahora esto. Mi historia de amor en redes sociales solo está sumando puntos a mi imagen y mi currículum.
Debería estar emocionado. Mis estadísticas son increíbles. Voy bien en los estudios. Estoy en todas las listas de candidatos de costa a costa.
Pero solo puedo pensar en esa maldita foto.
Jade. Con mi madre. De compras.
Esto no puede ser bueno.
Todos hacen ruido: ríen, se pasan gomitas ácidas, ponen música drill a todo volumen en altavoces cutres. Debería estar en medio del jaleo, emocionado por la victoria y la atención de Brown y Yale.
Pero estoy cuatro filas atrás, con la capucha puesta, fulminando el móvil con la mirada como si me hubiera traicionado personalmente.
Kannon.
En su historia de Snap. Con esa sonrisa engreída.
Pie de foto: «Listo para el Baile de Invierno » con un vídeo de Jade —mi Jade— en su chaqueta del equipo, riéndose en el asiento del copiloto de su Tesla como si ese fuera su sitio.
Se me tensa la mandíbula. Aprieto los dientes con tanta fuerza que juro que me duelen las muelas.
—¿De verdad se lo pidió? —murmuro, demasiado bajo para que nadie me oiga.
—Eh, Holt —Gavin, un base de segundo, se deja caer en el asiento de al lado con el móvil en la mano—. ¿Has visto esto?
Es la misma historia. Otra vez. Solo que desde otro ángulo. Kannon presumiendo de Jade como si hubiera ganado un premio.
—Sí —digo con voz cortante.
—¿Estás bien?
—No. No estoy bien.
Porque debería haber sido yo. Yo debería haberla llevado, haber aparecido a su lado como si mandáramos en este instituto juntos. Pero dudé. Intenté protegerla, mantenerme lejos para que las llamas no la alcanzaran. Y ahora Kannon está ahí como un Príncipe Azul de saldo.
Y ella dijo que sí.
¿Qué demonios significa eso?
Me paso una mano por el pelo y me recuesto, con la mandíbula todavía tensa.
—El Baile de Invierno va a ser la hostia —dice Cooper con un silbido—. ¿Vas con cómo-se-llame? ¿La nueva?
Asiento, aunque no quiero. Aunque apenas recuerdo su nombre. Es solo... una apuesta segura. Fácil. Lo que se espera.
No pienso perderla dos veces.
Cuando llego a casa, tiro la bolsa de deporte junto a las escaleras y voy directo al estudio. El móvil no ha parado de sonar desde que bajamos del autobús en Connecticut. DMs, mensajes, notificaciones. Todos preguntan lo mismo:
¿Jade y mi madre? ¿De compras? ¿Juntas?
El chat grupal fue el primero en explotar. Xavier envió la historia con el comentario: Tío, ¿qué cojones? Kannon añadió un emoji chulito de gafas de sol, y Tristan solo puso: ¿Habéis vuelto o qué?
Hasta el entrenador de Brown lo mencionó después del partido, como si fuera una táctica de reclutamiento. Yale también me escribió. Por lo visto, meter 32 puntos y 9 rebotes te hace visible cuando te apellidas Holt.
Pero nada de eso se compara con el ardor lento que siento en el pecho cuando veo el nombre de Jade en la pantalla junto al de mi madre.
La encuentro en el salón, colocada como para una portada de revista, copa en mano, con jazz navideño de fondo como si viviéramos en una película de Nancy Meyers. Ni se inmuta cuando entro.
—Lo he bordado esta noche —digo, para tantearla.
Levanta la vista con una leve sonrisa.
—Eso he oído. Los entrenadores de la Ivy League no suelen reclutar en persona durante su propia temporada.
—Entonces te has enterado de todo —murmuro—. Menos de por qué estabas de compras navideñas con Jade Bryan.
Eso le llama la atención. Arquea una ceja.
—¿Ah, sí? Vaya, qué rápido corren las noticias.
—Mamá —me acerco—. ¿Qué estás tramando?
Da un sorbo a su brandy sin apartar los ojos de los míos.
—Hacer recados. Comprar algunas cosillas. Jade tiene un gusto exquisito, por cierto.
Se me aprieta el estómago. —Odias a Jade.
—La odiaba —admite—. Pero eso fue antes de conocerla de verdad. La gente puede cambiar, Leo.
—Ajá. ¿Y de repente decidiste hacerte amiga suya comiendo sushi?
Se encoge de hombros. —Estaba cerca. Charlamos un rato.
—¿Sobre qué?
—Oh, lo de siempre. La vida. La universidad. Las circunstancias. —Su tono es demasiado neutro. Demasiado ensayado—. Es bastante lista, ¿sabes? Dijo que le gustaba Boston College.
Me detengo un momento. —¿Te dijo eso?
—Así es.
Entrecierro los ojos, receloso. —¿Qué estás tramando?
Deja la copa con un suave tintineo y se levanta con elegancia, quitándose una pelusa invisible de la manga. —Nada, cariño. ¿Acaso una madre no puede explorar... futuros alternativos?
—No cuando se está entrometiendo.
Sonríe. —Qué poca confianza me tienes. Solo quiero lo mejor para ti.
—¿Y Jade?
Se inclina ligeramente, y su perfume flota como un secreto. —A veces lo mejor para ti es lo que eres demasiado orgulloso para volver a pedir.
Luego se da la vuelta y sale, dejándome allí plantado, con la mandíbula apretada y la cabeza dándome vueltas.
Miro el móvil otra vez.
Sigue sin haber ningún mensaje de Jade.
Pero ahora me pregunto si soy el único que no sabe lo que se avecina.
El aire de la mañana es cortante mientras cruzo el patio principal; el crujido de la nieve vieja bajo mis botas suena como una cuenta atrás.
El campus bulle de actividad: conversaciones sobre el baile de invierno, los exámenes finales, los resultados de admisión anticipada. Pero solo puedo pensar en ella.
Rosalie.
Está junto al ala de ciencias, rodeada de su séquito, con sus labios brillantes de siempre y un plumas rojo cortado justo para dejar ver su cinturón de marca. Me ve y se le ilumina la cara como si hubiera estado esperándome toda la mañana.
Voy directo hacia ella, ignorando las miradas curiosas.
—Rosalie —digo con voz neutra—. ¿Podemos hablar?
Se echa el pelo hacia atrás, riéndose de algo que dice una de sus amigas antes de despedirlas con un gesto. —Por fin. Estaba a punto de escribirte. ¿Vamos a conjuntar esmoquin y vestido o apostamos por el contraste? He encontrado uno monísimo...
—No voy a acompañarte.
Las palabras caen como una bomba.
Parpadea. —¿Qué?
—No voy a ir al baile contigo. Iré solo.
Abre la boca y luego la cierra. —Estás de broma. Después de todo... dijiste...
—Dije que sí antes de tener las cosas claras —respondo, sin alterar la voz—. Pero no estaría bien acompañarte cuando mi corazón pertenece a otra persona.
—¿Lo dices en serio? —Su voz sube de tono y resuena contra la fachada de ladrillo—. Qué humillación.
—No pretendo avergonzarte —digo, con suavidad pero firmeza—. Solo soy sincero. Prefiero ser directo ahora que fingir para quedar bien en las fotos.
Da un paso atrás como si la hubiera golpeado. —¿Es por ella?
No respondo. No hace falta.
Resopla. —Estás cometiendo un error. Todo el instituto lo verá.
—Puede ser —admito—. Pero al menos será mi error.
Luego me doy la vuelta y me alejo, con el pulso retumbando como tambores de guerra en los oídos. No miro quién está observando. Me da igual si los susurros empiezan antes de que llegue a las escaleras. Por primera vez en mucho tiempo, tengo claro cuál es mi lugar.
Y hacia quién me dirijo.