Nuevo reinado (Royal Oaks Prep nº 2) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Salgo de terapia al aire frío de diciembre, con el abrigo a medio cerrar y la bufanda bien apretada al cuello.

Newport está engalanada: guirnaldas centelleantes en las farolas, coronas con lazos burdeos en cada puerta de cafetería, y ese tenue aroma a canela flotando desde algún lugar que no logro ubicar.

Y quizá sea efecto de la terapia, pero me siento... no arreglada, no curada. Pero más despejada. Como si por fin hubiera dicho algo que necesitaba oír en voz alta.

Veo a Alina, una de mis abogadas principales, ya dentro de la cafetería que elegimos.

Está junto a la ventana, elegante con su abrigo color crema y sus aros dorados, ya a mitad de su cacao con leche de avena, tecleando en la tableta como si le debiera dinero.

Las campanillas de la puerta suenan cuando entro y levanta la vista.

—Ahí está —dice, levantándose para besarme la mejilla—. Pareces... menos atormentada.

—Gracias —murmuro, esbozando una sonrisa—. Me vale.

La cafetería huele a azúcar horneado y menta.

Suenan villancicos clásicos: Bing Crosby cantando sobre blancas Navidades mientras las parejas comparten postres del tamaño de sus cabezas.

Pido el chocolate con menta y un sándwich de queso a la plancha con sopa de tomate, porque mi cuerpo todavía está aprendiendo a sentirse lo bastante seguro como para tener hambre.

En cuanto nos sentamos, Alina cierra la tableta y va directa a la yugular.

—Quieren una respuesta esta semana, Jade. Sobre el acuerdo. Hay tres bufetes rondando, listos para ofrecerte perfiles exclusivos si rechazas el acuerdo de confidencialidad. Pero en cuanto firmes...

—No voy a firmar —digo, cortándola.

Se detiene. Parpadea.

—¿Estás... segura?

—No quiero su dinero para callarme —digo, con voz firme—. No quiero cambiar justicia por silencio. Quiero que mi historia salga a la luz. Quiero recuperar mi nombre.

Alina se recuesta en la silla, recorriéndome el rostro con la mirada como para asegurarse de que no voy de farol.

—De acuerdo —dice, bajando la voz—. Pues vamos a por ellos.

Mi sándwich de queso está apenas a medias, la sopa hace rato que se enfrió. Alina me observa como un halcón, con los labios brillantes fruncidos, mientras el móvil vibra con otro mensaje de Martin y Lee, el bufete que aún me representa en el caso de difamación.

—No están contentos —dice, dando un sorbo al chocolate—. Que rechaces un acuerdo de seis cifras los deja en mal lugar.

—No es mi problema —murmuro, aferrándome a la taza. Demasiado caliente. Demasiado fuerte.

—Pero podría ser el problema de tus padres —Alina se inclina hacia delante, con tono cauteloso—. Es un dineral, Jade. Que te cambia la vida. Para ellos. Para ti. Universidad. Vivienda. Facturas médicas. Todo.

Me encojo.

No se equivoca.

Pero tampoco tiene razón.

Arrastro la silla hacia atrás, necesito aire.

—Necesito tiempo para pensar.

Alina asiente, con los labios apretados.

—No tardes mucho. Cuanto más guardes silencio, más fácil les será enterrarte.

Fuera, Newport es puro encanto: acebo en las ventanas, aceras empedradas, un cuarteto de metales tocando bajo luces centelleantes. Y yo solo intento respirar.

Deambulo sin rumbo, intentando ignorar esa sensación de que la piel me queda demasiado tirante, como si llevara puesto el cuerpo equivocado. Entonces oigo un acento familiar, cortante, bajo y sereno.

—Johnathan, ese no. El de cachemira azul marino.

Me quedo paralizada.

La madre de Leo está plantada frente al escaparate de una boutique, la mano enguantada sosteniendo una bolsa de compras, el abrigo gris perfectamente ceñido, la postura afilada como una daga. El chófer la sigue de cerca, con los brazos cargados de cajas de regalo y reproche silencioso.

Se gira y me ve.

Un destello de reconocimiento en sus ojos. Después, fría cortesía.

—Señorita Bryan, ¿o solo Bryan?

Se me cierra la garganta.

—Señora Holt.

Da un paso hacia mí, recorriéndome con la mirada como si fuera mercancía.

—¿De paseo?

Quiero soltar algo mordaz. Quiero escupirle sus propias palabras. Pero estoy agotada.

Así que me limito a asentir.

—Algo así.

Pasa un instante.

Entonces dice, con voz suave como el cristal:

—Has causado todo un... revuelo.

—Y usted protege a quienes están detrás de casi todo —respondo, alzando la barbilla.

Exhala despacio.

—Tenga cuidado, señorita Bryan. No todas las tormentas fortalecen el barco.

Me doy la vuelta antes de decir algo imperdonable.

Pero no sin antes ver la mirada en sus ojos.

No me tiene miedo.

Pero debería.

—¡Señorita Bryan!

Me paro en seco.

La espalda se me endereza como si me hubiera llamado la directora de un internado victoriano. Me vuelvo despacio, con una ceja enarcada.

—¿Sí?

La señora Holt no se mueve, pero hay algo afilado en su postura. Intencional. Calculado.

—¿Me acompaña? Aún tengo que encontrar un regalo para Leo.

Parpadeo.

—¿Perdone?

Sus ojos me recorren como si fuera una pieza especialmente interesante en una subasta.

—Tiene buen gusto. Y sabe lo que podría gustarle a mi hijo de verdad. Concédame el capricho.

Y por un instante —un instante irracional, visceral— pienso: esta mujer está a punto de comprarme. No con dinero, sino con acceso. Con respuestas.

Así que la sigo.

Camino junto a la Reina de Hielo de Newport por Bellevue Avenue, el taconeo de sus zapatos marcando el ritmo de mis botas.

La gente se fija. Una mujer con dos bolsas y un café con leche se para a medio sorbo.

Un par de adolescentes fingen hacerse selfies pero nos apuntan con las cámaras. Ya me imagino los mensajes formándose.

«¿La Reina y el Rey reconciliándose a tiempo para Navidad?»