Nuevo reinado (Royal Oaks Prep nº 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

JADE

Newport estaba que ardía, literalmente. Luces parpadeantes envolvían cada farola, coros navideños ocupaban cada esquina como si estuvieran haciendo un casting para una película de Hallmark, y las mansiones históricas abrían sus puertas para los recorridos de las fiestas.

De postal. Como sacado de un blog de viajes con filtro.

Y yo estaba en medio de todo eso. Más o menos.

La tía Susan se había puesto en modo galletas a tope: había al menos cuatro docenas de hombrecitos de jengibre enfriándose en cada superficie de la cocina.

Los gatos ya andaban dando golpes a los fideos de colores por el suelo como si fueran discos de hockey navideños.

Y la música navideña sonaba en bucle sin parar, incluso mientras me abrigaba con un gorro de punto y una bufanda y salía por la puerta principal con la dirección de mi terapeuta en el móvil.

Quinta sesión. Todavía me resultaba raro decirlo en voz alta.

Nos saltamos una la semana pasada por un lío de agenda, pero no la había echado de menos.

En realidad no. No con todo arremolinándose a mi alrededor como una tormenta de nieve: Leo, Kannon, los rumores, la demanda, el baile de invierno al que todo el mundo daba por hecho que iría.

—Hablemos de Kannon —dijo mi terapeuta después de que nos acomodáramos. Su consulta era cálida y olía a té de menta y canela. Segura. Neutral.

Parpadeé.

—¿Kannon?

Sonrió levemente.

—Lo mencionaste la última vez. Dijiste que ha estado pasando tiempo contigo.

Solté el aire por la nariz mientras me estiraba las mangas de la sudadera para cubrirme las manos.

—Es majo. Sólido. Normal.

—¿Crees que es prudente empezar algo romántico ahora mismo?

—¿Es eso lo que estoy haciendo? —pregunté, medio riendo, medio agotada—. Solo intento ser una chica normal de instituto. Eso es todo lo que he intentado siempre: ser normal. No la chica de la demanda. No la chica del escándalo. No esa sobre la que la gente cuchichea. Solo... yo.

No me interrumpió. Se le daba bien eso. Dejar que el silencio se alargara lo suficiente para que la verdad aflorara.

Jugueteé con el dobladillo de la manga.

—No me juzga. No como todos los demás. Y sabe lo que es ser becado. Ser diferente.

Asintió mientras garabateaba algo en su cuaderno de cuero.

—¿Has hablado con él sobre tu futuro? ¿Qué viene después de graduaros?

—Más o menos —dije, incorporándome en el asiento—. Estoy esperando ofertas. Algunas universidades de la División 1 están interesadas. Debería saber algo pronto, pero... —me callé.

—¿Pero? —me animó con suavidad.

—Pero todo está en pausa —odié cómo mi voz se volvió un hilo—. Por la atención mediática. La demanda. Los medios. Es como si todos estuvieran conteniendo la respiración, esperando a ver si merezco la pena.

Inclinó la cabeza.

—¿Tú crees que la vales?

La miré directamente a los ojos.

—Sé que sí. Pero estoy harta de tener que demostrarlo todos los días.

Y esa era la verdad. Daba igual cuántos premios ganara, cuántos goles marcara o cuántos artículos se escribieran sobre lo valiente que era: nada borraba la presión. Las expectativas. Estar siempre en el punto de mira.

Y ahora, con las vacaciones de invierno a la vuelta de la esquina y mi familia pidiéndome que volviera a casa, a Ohio, no sabía qué decirles.

No podían permitirse otro vuelo. Y aunque volviera, sería como rendirme. Como huir. Había construido algo aquí. Una vida. Amigos. Shani. La tía Susan. Y Leo, pasara lo que pasara entre nosotros.

Por no hablar de que... la tía Susan no podía pasar las fiestas sola. Le daba pánico volar. Me necesitaba, aunque nunca lo reconociera.

Yo también la necesitaba a ella.

Golpeteó suavemente con el bolígrafo contra el lateral del cuaderno, y el suave clic-clic-clic resonó en su pequeña y acogedora consulta. Al otro lado de la ventana, los copos de nieve difuminaban la vista del muelle: cielo gris, océano gris, ánimo gris. Perfecto.

—Cuéntame qué está pasando con las demandas —dijo con calma.

Solté un suspiro y vi cómo se empañaba en la luz fría que se colaba por los viejos cristales.

—Bueno... me están esperando a mí —dije, hundiéndome más en el sofá—. Esperando a que esto termine. Esperando a que simplemente... firme algo y desaparezca.

—¿Qué te están pidiendo exactamente que firmes?

Tragué saliva. Mi voz sonó fina y quebradiza.

—Un acuerdo. Cientos de miles. Puede que un millón y pico. Lo harán sonar generoso. Como caridad —se me tensó la mandíbula—. A cambio de mi silencio.

Arqueó ligeramente las cejas. No sorprendida, solo escuchando.

—¿Quieres guardar silencio?

—No —la palabra salió disparada como una chispa—. Ni de coña.

—Dime por qué.

—Porque merezco justicia —dije, incorporándome, mientras el calor me subía por el cuello—. No dinero para callarme. No un soborno. No un cheque gordo grapado a un acuerdo de confidencialidad que les permita fingir que no pasó nada.

Me observó, firme, paciente.

—Están ofreciendo cubrir «daños» —dije con amargura, haciendo comillas con los dedos—. Como si esto fuera una ventana rota que pueden arreglar con una visita a la ferretería. Como si el dinero pudiera tapar los últimos dos años de mi vida.

Me reí: una risa hueca y rabiosa.

—¿Cuánto valen mis dos últimos años de instituto? —pregunté en voz baja—. ¿Cuánto debería cobrar por ser humillada en internet? ¿Por ser acosada, amenazada, difamada? ¿Por que me pusieran la cara con Photoshop en cuerpos que no eran el mío?

Se me cerraron las manos en puños sobre el regazo.

—¿Y mi orgullo? ¿Mis lágrimas? —me tembló la voz—. ¿El pelo que me empaparon de tinte? ¿Los ataques de pánico? ¿Las pesadillas? ¿El no poder cruzar el campus sin mirar por encima del hombro o repasar cada pantalla buscando mi nombre?

Una lágrima me resbaló por la mejilla antes de que pudiera evitarlo. Me la sequé rápido, enfadada conmigo misma.

—No puedo ponerle precio a la ansiedad —susurré—. A la confianza que no puedo recuperar. A cómo todavía me sobresalto cuando un tío camina demasiado cerca, detrás de mí.

La Dra. Baer dejó el bolígrafo con suavidad, como si cada palabra que decía pesara algo.

—Quieres que rindan cuentas —dijo.

—Quiero la verdad —corregí, con voz afilada como el cristal—. Y la quiero a gritos. Pública. Real. Quiero que cada persona que me hizo daño sufra las consecuencias, que no se esconda detrás de fortunas heredadas, contactos o abogados de postín.

—Entonces, ¿por qué lo que más te molesta es el acuerdo? —preguntó con suavidad.

—Porque es como si intentaran convertirme en un problema que pueden pagar —dije—. Un titular que pueden enterrar. Una chica que pueden comprar.

—¿Y no lo eres?

Levanté la barbilla.

—No lo soy.

Silencio de nuevo, pero esta vez me envolvió cálido, no frío.

—Que conste —dijo la Dra. Baer— que no tienes que aceptar el acuerdo. No tienes que guardar silencio. Y no tienes que dejar que ellos pongan precio a tu dolor.

Se me cerró la garganta.

—Pero si no lo acepto... todo se hará público. Caótico. Ruidoso. Los juicios se alargarán meses. Quizá años. Y Kannon podría replantearse lo de asociarse conmigo. Y las universidades podrían... no sé. Echarse atrás.

—¿Y Leo? —preguntó en voz baja.

Aparté la mirada.

—Leo ya es complicadísimo de por sí.

—Entonces centrémonos en ti.

Asentí, aunque una parte de mí se sentía partida entre el trauma del pasado y las decisiones del futuro.

—Jade —dijo, juntando las manos—, estás en la línea de falla entre quien eras y quien estás llegando a ser. Guardar silencio... podría mantener las cosas en orden. Pero ¿alzar la voz? —me sostuvo la mirada—. Alzar la voz es lo que hace temblar la tierra.

Y joder... algo dentro de mí se resquebrajó.

No se rompió.

Solo... despertó.

—Sí —susurré—. Creo que estoy lista para hacer temblar algo.

—He vuelto a no dormir —admito, con los brazos cruzados mientras miro la esquina del consultorio. Las paredes son cálidas. El difusor expulsa una bruma de lavanda como si bastara para ahogar mis recuerdos. No basta.

—A veces grito contra la almohada —continúo, sin molestarme en mirarla—. O subo a los acantilados y dejo que el viento se lo lleve. Grito hasta que se me quiebra la voz. Finjo que el mar puede llevárselo tan lejos que deje de perseguirme.

La Dra. Baer se inclina un poco hacia delante.

—Eso ya es algo —dice con suavidad—. Pero a veces... necesitas más que viento y almohadas.

Suelto una risa seca y cortante.

—¿Como qué? ¿Pegarle a alguien? ¿Quemar cosas?

Sonríe, no con burla, más bien como si lo entendiera.

—En realidad... romper cosas funciona de maravilla.

Parpadeo.

—¿Perdona?

—No eres la primera chica que viene a mí cargando rabia y dolor como una segunda piel —saca la tableta y teclea algo—.

Hay un grupo que recomiendo cada verano.

Algunas de mis pacientes suben a un sitio en Maine.

En el bosque. Remoto. Llevamos gafas protectoras, guantes de seguridad y un montón de cosas para romper: botellas de cristal viejas, platos, cerámica. Las hacemos añicos.

Me quedo mirándola.

—Otras cortan leña. Algunas les gritan a los árboles. Hay algo en soltar el dolor con todo el cuerpo que ayuda al corazón a respirar de nuevo.

—¿Eso es terapia? —pregunto, intentando que no me salga borde.

Sonríe.

—Ya lo creo. El caos controlado puede ser increíblemente sanador.

Gira la pantalla hacia mí.

—Mira, te mando el enlace por correo. No significa que tengas que ir. Pero ahí está si lo necesitas. Si lo quieres.

Miro las fotos de gente en plena destrucción, con caras desatadas de liberación. No voy a mentir: algo muy dentro de mí responde.

—No sé qué hacer con la rabia —susurro, sin apartar los ojos de la pantalla—. Ni con la amargura. Es espesa. Como alquitrán. Se pega a todo. A veces siento que nunca voy a estar limpia.

Asiente.

—No tienes que saberlo todavía. Pero que estés aquí, intentándolo... Eso significa que no te has rendido. Y ya no tienes que cargar con ese peso sola.

Y por primera vez en mucho tiempo, le creo. Quizá no del todo. Quizá no para siempre.

Pero lo suficiente.