Nuevo reinado (Royal Oaks Prep nº 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

JADE

Boston se siente distinto en invierno.

Como si el frío tuviera personalidad.

Como si el viento tuviera algo que decir.

El viernes por la mañana después de Acción de Gracias, nos metemos todos en el todoterreno de alquiler —mamá, papá— y ponemos rumbo a la ciudad con el sol bajo y rosado en el horizonte, el aire cortante como manzanas recién mordidas.

Las luces navideñas ya rodean cada farola.

Las coronas cuelgan de las puertas de las casas de piedra rojiza, como si todo el barrio quisiera salir en una película navideña.

¿Y la verdad?

Pues casi.

Nada más registrarnos en el hotel —vestíbulo cálido, chimenea crepitando, guirnaldas entrelazadas en la barandilla— siento que mis hombros se relajan por primera vez en meses.

Un niño pequeño chilla mientras corre por el suelo de mármol.

Un ejecutivo trajeado hace una videollamada con su abuela. Se siente… normal.

O lo más cerca de normal que puede estar mi vida ahora.

Antes de salir de Cabo Cod, la tía Susan me abrazó en la puerta y susurró:

—Pasadlo bien en familia. Yo me encargo de todo aquí. Y no me esperes despierta esta noche, que yo tampoco lo estaré.

Luego me guiñó un ojo como una adolescente que se escapa de casa a escondidas.

Juro que se me cayó la mandíbula al suelo.

—SUSAN —susurré.

—¿Qué? También tengo derecho a tener vida, Jade.

—¿Tienes… una cita?

—Eso lo sabré yo y tú tendrás que adivinarlo.

—¿Lo conozco?

—No lo conoces, y eso es todo lo que diré por ahora.

Me dio una palmadita cariñosa en la mejilla.

—Me has inspirado, cariño. Verte luchar por ti misma… me recordó que yo también tengo derecho a querer cosas.

Llevé eso conmigo todo el camino hasta Boston.

Salimos del hotel y el frío golpea como una bofetada —limpio, salado, vivo. El viento que viene del río Charles tiene dientes, pero huele a algo que solo puedo describir como: potencial.

Caminamos por la ciudad como turistas.

Porque eso es lo que somos.

Y la verdad, se siente increíble.

Comemos en un restaurante de marisco estilo Nueva Orleans cerca de Faneuil Hall —pasteles de cangrejo y gumbo picante que me calienta hasta los huesos.

Los músicos tocan jazz en la calle, incluso con los dedos congelados.

Mi padre insiste en dar un paseo para bajar la cena por Quincy Market, aunque los demás estamos llenos y tiritando.

Los vendedores ambulantes venden bufandas hechas a mano.

Las castañas se asan en grandes tambores de metal.

Alguien vestido de Cascanueces saluda a cada niño que pasa.

Boston es… hermoso. Caótico. Acogedor. Viejo y nuevo y orgulloso.

Hacemos el Duck Tour —sí, esa cosa cursi del barco anfibio, y sí, es ridículo. A mamá se le humedecen los ojos. Papá no para de hacer fotos, como si quisiera recordar la forma exacta de este día.

Y luego —Harvard.

Cogemos el T (que es básicamente una lata de metal que grita bajo tierra). Huele a jerseys de lana mojados, a monedas y a una humedad permanente que, no sé cómo, resulta nostálgica.

Harvard Square bulle de tiendas, carritos de libros y estudiantes con bufandas que corren hacia vete-tú-a-saber-dónde. Mis hermanos persiguen palomas. Papá compra café a un vendedor ambulante que sabe a cielo quemado. Mamá fotografía los viejos edificios de ladrillo como si quisiera memorizarlos.

Pero es la vibra lo que me atrapa.

La ambición zumbante.

La sensación de que todos van a algún lugar importante.

Me sorprendo pensando:

Quiero esto. Quiero un futuro. Quiero una vida que sea más grande que todo lo que me ha pasado.

El sábado por la mañana hace más frío.

De ese que te muerde los pulmones con la primera bocanada.

Pero el campus de BC parece una postal gótica —torres de piedra, vidrieras, céspedes salpicados de escarcha.

Nada más pisar el patio, algo en mi pecho cambia.

Como… esto.

Quiero esto.

Un lugar donde podría reinventarme.

Un lugar donde lo único que la gente sepa de mí sea lo mucho que me esfuerzo y cuánto lo deseo.

Algunas atletas siguen en el campus de BC durante las vacaciones —unas chicas de fútbol, un par de corredoras— y se ofrecen a enseñarme las instalaciones. Son tranquilas, majas. Auténticas. Exactamente el tipo de personas que quiero en mi equipo.

—Entonces —pregunta una de ellas—, ¿eres la chica de RI? ¿De la que todos hablan?

Me tenso.

Ella levanta las manos.

—Sin ánimo de juzgar. ¿En serio? Respeto. Tienes que ser dura como el acero.

Me trago la sorpresa.

—Algo así.

Me llevan a las salas de entrenamiento, el gimnasio, los vestuarios. Todo huele a césped artificial, a detergente y a victorias por venir. Toco el escudo de BC pintado en el suelo y siento escalofríos.

No miedo.

Esperanza.

La entrenadora principal me recibe después.

Ojos agudos. Apretón de manos firme. Sin tonterías.

—He visto tus vídeos —dice—. Tienes talento. Velocidad pura. Visión de juego. No te vienes abajo bajo presión.

—Esa es una forma de decirlo —murmuro.

Me estudia.

—Sé lo de los… incidentes —dice con cuidado—. Sé que no fue culpa tuya. Pero las universidades se ponen nerviosas cuando el nombre de una jugadora aparece ligado a una polémica. Así que te lo voy a decir claro.

El corazón me late con fuerza.

—No te metas en líos. Sigue entrenando. Consigue más grabaciones. Únete a un equipo de competición aquí. Y hablamos en primavera. Alguien acaba de pedir el traspaso, así que puede que tenga una plaza.

Mi madre me aprieta la mano. Mi padre sonríe como si acabara de ganar el Mundial.

La entrenadora continúa:

—Tu trabajo es sencillo: demuestra que eres exactamente lo que muestran tus vídeos. Una curranta. Una competidora. Más garra que postureo.

—Esa soy yo, entrenadora —respondo—. No nací con dinero ni enchufes. Todo lo que he conseguido ha sido a base de sudor, noches sin dormir y negarme a tirar la toalla. Sería un honor jugar aquí.

Algo se suaviza en su mirada.

—Te llamaremos.

Nos quedamos una noche más en Boston.

El hotel resplandece con luces de Navidad.

Comemos pretzels calientes y cannoli de un puesto ambulante junto al puerto.

Por un rato, me olvido de todo:

Royal Oaks.

El vídeo.

El juicio.

Leo.

Solo soy Jade Bryan.

Hija. Deportista.

Una chica en una ciudad con su familia, envuelta en el brillo cálido de las fiestas.

Está nevando.

Suave.

Casi con delicadeza.

Boston bulle bajo mis pies.

Viva.

Llena de esperanza.

Por primera vez, me permito imaginar un futuro que no gire en torno al dolor.

Quizás incluso…

Lo grabo sentada en el alféizar de la ventana del hotel, con Boston brillando a mi espalda como una postal navideña.

La ciudad se ve difuminada por la nieve que cae, las luces de Quincy Market titilando como pequeñas galaxias.

Llevo una sudadera. Sin maquillaje. El pelo algo revuelto de pasear todo el día con mi familia bajo el viento.

No lo escribo.

No lo ensayo.

Simplemente… le doy a grabar.

El vídeo empieza con mi aliento empañando el cristal mientras contemplo el horizonte.

—Hola. Soy yo. Jade.

Se me escapa una risita nerviosa, tímida.

—Nunca sé cómo empezar estos vídeos. No soy influencer. No soy… lo que sea que la gente crea que soy ahora. Solo soy una chica intentando encontrar su camino.

Una pausa.

Las luces de la ciudad parpadean a mi espalda.

—Pero esta semana… bueno, este mes entero, la verdad… me ha hecho darme cuenta de algo. Así que esto va para todas las víctimas de acoso que hay ahí fuera. Cada chica, cada chico, cada persona que alguna vez se ha sentido insignificante. Invisible. Señalada. Destrozada.

Trago saliva y aparto la mirada un segundo.

—Cuando sales de esa burbuja… la escuela, el pueblo, la gente que cree tener poder sobre ti… te das cuenta de lo grande que es el mundo. Y de lo pequeños que son ellos en realidad.

Mi voz se vuelve más firme. Más segura.

—Puedes empezar de cero en cualquier sitio. Donde sea. Boston. Un instituto nuevo. Otro estado. Otro equipo. Una habitación con un sofá que cruje y dos peces deprimidos en una pecera. Literalmente, donde sea.

Levanto el pequeño diario de cuero que compré en Chatham y lo agito ante la cámara.

—Me compré este diario. He estado escribiendo. No por quedar bien ni por posturear, sino porque necesitaba recordarme que mi historia no ha terminado. Cada página que lleno es la prueba de que sigo aquí. Sigo luchando. Sigo decidiendo quién quiero ser.

Noto una presión en el pecho. Pero es una presión buena, como si algo se soltara por fin.

—Y esto… este videodiario… es mi carta de amor. Para todos vosotros. Para cualquiera que se haya despertado alguna vez con un nudo en el estómago porque su cara acabó convertida en un meme. Porque un mal momento se convirtió en hashtag. Porque una captura de pantalla duró más que su reputación.

Miro directamente a la cámara.

—Puedes empezar de nuevo. Puedes empezar de cero cada día si hace falta.

Fuera, la nieve cae con más fuerza. Todo parece tranquilo y sagrado.

—Esta es la verdad que he aprendido —digo en voz baja—.

¿La gente que te acosa? No son poderosos.

No tienen seguridad en sí mismos. No son más felices que tú.

Están heridos. Tienen envidia. Son inseguros.

Están perdidos. Y hacer que otra persona se sienta pequeña…

aunque sea un momento… les hace sentirse más grandes.

Niego con la cabeza.

—Pero eso también es pasajero.

Una respiración.

Una sonrisa.

Un atisbo de esperanza.

—Mira… voy a terapia. Y sí, no me creo demasiado guay para admitirlo. Lo necesitaba. Muchísimo. Y puede que tú también. No hay nada de qué avergonzarse. Nada.

Me acerco más a la cámara.

—No estás rota. No eres débil. No eres lo que dijeron de ti. El dolor es pasajero. La vergüenza es pasajera. El acoso es pasajero.

Vuelvo a levantar el diario.

—¿Pero esto?

Esto es para siempre.

Tu historia.

Lo abro por una página en blanco.

—Y el siguiente capítulo lo escribes tú. No ellos.

Algo en mi interior se eleva, como alas que se despliegan.