Capítulo 16
LEO
La mañana de Acción de Gracias sabe a ceniza.
No porque el fuego arda demasiado en el estudio de mi padre.
No porque Newport sea gris y deprimente en noviembre.
Estoy sentado en el sillón de cuero frente a la chimenea, con los codos apoyados en las rodillas, mirando fijamente las llamas como si fueran a decirme cómo diablos arreglar esto.
Nada.
Las llamas crepitan.
Los troncos se parten.
Y mi corazón sigue siendo un nudo apretado y doloroso.
En mi teléfono —que ni siquiera debería mirar— veo otra vez su vídeo de Cape Cod. Ese en el que está radiante. Preciosa. Cruda. Honesta. Fuerte de narices.
Se me retuerce el estómago.
Está sanando sin mí. Está prosperando sin mí. Se está convirtiendo en alguien inalcanzable.
Y por primera vez en mi vida, me siento inseguro.
De verdad inseguro.
Como si... no fuera suficiente para ella.
Ya no.
No después de lo que hice.
La rodilla no para de rebotar. Las manos no paran de temblarme. Me golpeo la frente con el talón de la mano.
—¿Leo?
La voz de mi padre atraviesa la tormenta en mi cabeza.
Está de pie junto al escritorio —pantalones planchados, suéter, taza de café negro— tranquilo y sereno como siempre. Pero tiene los ojos clavados en mí. Escrutándome.
—Hijo... Te estás descontrolando.
—No me digas —murmuro con la cara entre las manos.
Exhala levemente.
—Acción de Gracias. ¿Recuerdas? Tu madre espera que estemos presentables.
—No voy —digo sin levantar la vista.
—Sí vas —responde con suavidad—. Si no vas, montará un escándalo.
—Iba a contratar catering —le recuerdo.
—Lo canceló. Decidió que montar una cena para tres en una mansión era deprimente. Ahora vamos al club. Bufé. Con público. Ya sabes cómo es.
Sí. Lo sé.
Me paso una mano por el pelo.
—Papá... No puedo con ella. Hoy no.
Me estudia un momento. De verdad me estudia.
—¿Esto es por la chica? —pregunta al fin.
Se me escapa una risa amarga.
—La chica. Sí, papá. La chica. Jade. La que fingiste que no existía durante meses.
Me mira por encima de las gafas.
—Yo no finjo, Leo. Observo. Y me mantengo al margen de tu vida amorosa a menos que...
—A menos que deje embarazada a alguien, sí, ya lo sé —espeto.
Alza una ceja.
—No me hables así.
Inspiro hondo.
—Lo siento. Es que... Papá, estoy enamorado.
Se recuesta y cruza los brazos.
—Tienes dieciocho años —dice.
—¿Y eso qué significa, que mis sentimientos son falsos?
—Significa que el amor de verdad se siente distinto cuando eres mayor.
Ahora sí levanto la vista.
—Entonces lo que dices es que no quieres a mamá.
Su expresión cambia. Se tensa. Asoma el dolor. Dolor viejo.
Algo feo y privado.
Me quedo paralizado.
—¿Papá?
Mira al fuego antes de hablar.
—Tuve una aventura, Leo.
Se me corta la respiración.
Traga saliva.
—Hace muchos años. Alguien a quien nunca debí amar, y sin embargo... la amé. Y cuando tu madre se enteró, las cosas se rompieron. Puede que para siempre.
—¿Seguís juntos por dinero? —pregunto.
—No.
—¿Por mí?
El horror me golpea como una ola.
—Papá, si eso es verdad... si vosotros dos sois infelices por mi culpa... te juro que...
—No es eso. —Levanta una mano—. Ella se quedó por la imagen. El estatus. Su orgullo. Y yo me quedé porque... la mujer a la que amaba murió. Hace dos años. Cáncer.
Se me encoge el pecho.
Vuelve a mirar al fuego.
—Tu madre nunca pregunta —continúa—. Y yo nunca se lo cuento. Pero sabe que cada mañana de Navidad salgo temprano a poner flores en su tumba.
Silencio.
Pesado.
Crudo.
Humano.
Y de repente... lo entiendo.
Le entiendo a él.
Entiendo el silencio que lo protege.
La evasión.
Que tolere la crueldad de mi madre.
Esa manera reservada y distante de habitar esta casa.
Perdió a alguien a quien amaba.
Alguien que no era su esposa.
Alguien cuya pérdida no podía llorar en público.
Y ahora lleva una vida de fantasma.
Me inclino hacia delante.
—Entonces… sabes lo que se siente —susurro—. Tener amor. Amor de verdad. Y perderlo.
Cierra los ojos. Una vez. Despacio.
—Sí.
—Entonces entiendes por qué estoy perdiendo la maldita cabeza ahora mismo.
Los abre de nuevo.
—¿Esa chica, Jade, es tan importante para ti?
Trago saliva.
—Lo es todo —digo. En voz baja, pero seguro—. Y lo arruiné. Y ahora ella… está por todo internet. Todo el mundo la quiere. Y me aterra que se me esté escapando para siempre.
Exhala por la nariz.
Luego me pone una mano en la espalda.
Una mano de padre.
Pesada. Cálida. Inusual.
—Te quiero, hijo —dice con suavidad—. Sé que no lo demuestro. He estado… atrapado en mi propio dolor. En mis propios fracasos.
Me arde la garganta.
—Pero si quieres a esta chica —continúa—, si de verdad crees que es tu oportunidad de vivir el tipo de amor que la mayoría nunca llega a conocer… entonces te ayudaré.
Levanto la cabeza de golpe.
—¿Qué vas a qué?
—Te ayudaré —repite—. Cuéntamelo todo.
Y eso hago.
El slime.
La conspiración.
Las pruebas.
La pesadilla del deepfake de Ohio.
El encubrimiento de la administración.
La red de dinero y crueldad de esas chicas.
El peligro que corre la beca de Jade.
Que rechazó una oferta de seis cifras porque tiene una integridad que ninguna de ellas tendrá jamás.
Cuando termino, guarda silencio un largo momento.
Luego asiente una vez, decidido.
—Tengo… contactos —dice con cautela—. Poderosos. Rara vez los uso. ¿Pero para esto? ¿Para ti? ¿Por justicia?
Aprieta la mandíbula.
—Investigaré a esas chicas. A sus familias. De dónde les viene el dinero. Sus puntos débiles legales. Y le allanaré el camino. Discretamente. A fondo.
El corazón me martillea en el pecho.
—Papá…
—Y Leo —añade en voz baja—, si quieres recuperarla… tienes mi bendición.
Algo dentro de mí se resquebraja.
No es alivio.
Es esperanza.
Por primera vez en semanas, la siento.
Pequeña. Frágil. Cegadora.
Esperanza.
—Gracias —susurro.
Asiente una vez más.
Ahora el fuego ya no parece el infierno.
Parece una promesa.
Y de una cosa estoy seguro:
No voy a perder a Jade Bryan.
No otra vez.
Jamás.