Capítulo 14
LEO
El vestuario era un caos.
Cuerpos sudorosos. Risas. Agua fría salpicando de las botellas y tíos dándose palmadas en la espalda. Pero solo oía mi propio corazón latiendo como un tambor de guerra.
Se quedó.
Vio todo el maldito partido.
Y lo había dicho —alto, audaz, real. Al micrófono, directo a la cámara, sin filtros, sin vacilar. Mis compañeros ya me citaban mientras celebrábamos.
—Mi reina, Jade Bryan. Mi chica, Jade. Nena, voy a por ti —imitó Sasser, lanzando besitos al aire. Le sacudí con su propia toalla.
—Lo dije por ella. Para ella. Para recordarle a cada persona en ese maldito gimnasio qué nombre sigue escrito en mi corazón con sangre. Si alguien piensa invitar a mi reina al baile de invierno… le parto la cara.
El vestuario se quedó en silencio. Me puse la sudadera sobre los rizos húmedos y salí al aire frío de la noche, todavía a tope de adrenalina y rabia.
El momento en que hizo su jugada. Rojo. Fue lo único que vi. Kannon. Maldito. Kavanaugh. El Niño de Oro en persona tenía el maldito brazo alrededor de sus hombros como si ya fuera suya.
Me quedé paralizado, recordando.
Él riéndose. Ella sonriendo. Móviles en alto. Snaps subiéndose. Y sus rizos rebotando con cada paso que daba a su lado.
Mía. Es mía.
Cerré los puños.
Kannon seguía ahí con un montón de groupies en el aparcamiento. No podía pelearme con él —Kannon no era un atleta cualquiera. Estaba destinado a las Grandes Ligas. El favorito de los medios. Intocable. Un puñetazo y echaría por tierra todo lo que había pasado años construyendo.
Pero sentía la rabia arañándome bajo la piel, caliente y palpitante.
Xavier se puso a mi lado, con la toalla al cuello.
—Eh, no lo hagas. No lo hagas, tío.
—Sí —añadió Tristan—. Ya casi la tienes de vuelta con lo del Jumbotron. No la cagues por un selfi.
No respondí.
Pero tampoco me moví. Me quedé allí plantado, dejando que el frío me calara hasta los huesos, todo mi cuerpo gritando.
No puedes pelear con él a puñetazos.
Así que peleas con fuego.
Con el calor que ella recuerda.
Me volví hacia mis chicos, con la mandíbula apretada.
—El próximo entrenamiento, a muerte. Quiero que la cancha arda la semana que viene.
Porque si pensaba que podía robármela…
Aún no me había visto en batalla.
Y la guerra acababa de empezar.
McGovern's estaba a tope.
Todos los de último año que importaban —y algunos que no— estaban apiñados en el restaurante de la costa, el vaho empañando las ventanas mientras el olor a cebolla frita, grasa de beicon y aire de mar se pegaba a cada sudadera del local.
El viejo McGovern me saludó con la mano en cuanto crucé la puerta, con esa sonrisa torcida suya, como si fuera un hijo perdido.
Siempre hacía lo mismo. Nunca olvidó aquella vez que paré en la I-95 y le ayudé a cambiar una rueda bajo un aguacero, buen samaritano yo.
Lo cuenta como si le hubiera salvado la vida.
La verdad es que no quería ver a un viejo aplastado por un camión.
No me cobró la hamburguesa doble con patatas extra —nunca lo hacía. Pero dejé tres billetes de cien en el bote de propinas, como siempre que nadie mira.
Estaba quitándole el papel a la pajita cuando lo noté.
Alguien mirándome.
Kannon. Lo pillé enseguida —gorra calada, zapatillas nuevas aún con polvo del gimnasio, repantigado como si la cosa no fuera con él.
Pero me vio. Se irguió. Le tembló la mandíbula. Bien.
Porque Jade no estaba.
Y yo sí.
Se acercó, con los hombros echados hacia atrás. No venía a hablar del tiempo.
—Jugaste duro esta noche —dijo con frialdad.
No levanté la vista.
—No jugué para ti.
—No —dijo—. Jugaste para ella. Lo vio toda la cancha.
—¿Y?
Se rio como si le hiciera gracia.
—Solo digo que —declaraciones públicas y menciones en SnapStory aparte— se fue conmigo.
Ahí sí levanté la vista.
—Y la dejé ir —dije, sin alterarme—. Eso no significa que no vaya a recuperarla.
Su sonrisa flaqueó un poco.
—Ella no es un trofeo.
—No —dije, levantándome para quedar cara a cara—. Es una elección. Y sé hacia dónde se inclina.
—¿Hacia un tío que de verdad aparecería por ella?
—Hacia el tío que la enciende —gruñí—. No te flipes solo porque la acompañaste al coche.
—No solo la acompañé —dijo, chulito—. Le pasé el brazo por los hombros. Y me dejó.
Entonces sonreí. Peligroso. Afilado.
—Qué mono —dije—. Tú conseguiste un abrazo de hombros. Yo tengo toda una puta historia con ella.
Ya había móviles en alto. El ambiente de la sala estaba cambiando.
Tristan se colocó a mi lado como una sombra, con los brazos cruzados. Xavier permanecía callado, pero ahí estaba. Kannon no retrocedió, pero tampoco insistió.
Listo.
Me incliné hacia él y bajé la voz hasta que solo él pudiera oírme.
—¿Crees que puedes superarme entrenando, jugando, ligando? Adelante. Pero no olvides en quién va a pensar ella todas las noches.
Me sostuvo la mirada, con la mandíbula apretada.
—No te tengo miedo, Holt.
—Deberías —dije.
Luego le di la espalda y me senté, tan tranquilo, y me metí una patata frita en la boca.
Kannon se largó.
Y por primera vez en toda la noche, sonreí.
Que empiece el juego.
No dormí.
No de verdad.
Incluso con una victoria así, el tipo de partido que debería haberme dejado dormir una semana entera, me revolví en la cama como un poseso.
Su nombre me daba vueltas en la cabeza como una fiebre.
Jade. Su cara en esa pantalla. Sus labios entreabiertos, como si no respirara hasta que pronuncié su nombre.
Y ese cabrón de Kavanaugh sacándola de allí como si fuera suya.
Debería haber perdido los papeles.
Pero no lo hice. Jugué la partida larga.
Esperé.
Y cuando Xavier dejó caer que las chicas estarían en los Campos de Polo Royal Oaks temprano —aprendiendo a montar para esa maldita gala benéfica—, ya me estaba poniendo una camiseta negra y las botas antes de que terminara la frase.
Yo no pinto nada allí. Eso es territorio de caballos.
¿Pero Jade?
Por ella merece la pena cada paso por el barro.