Nuevo reinado (Royal Oaks Prep nº 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

JADE

Me quedé paralizada. Como si todo el gimnasio se hubiera convertido en ruido de fondo y lo único que existiera fuera esa pantalla. Su voz. Mi nombre.

—Mi reina, Jade Bryan, mi chica Jade... cariño, ahora voy a por ti.

Y entonces, el guiño.

Dios. Santo. Cielo.

Shani chillaba a mi lado como si estuviéramos en primera fila en un concierto de Beyoncé, y Mindy me agarró el brazo con tanta fuerza que iba a dejarme las marcas de sus dedos.

En algún lugar de la multitud, alguien se desmayó de verdad.

Probablemente una de las fans de Leo al darse cuenta de que acababa de declararse fuera del mercado.

Pero yo no podía moverme. No podía respirar.

Lo había dicho con tanta naturalidad, como si ya fuéramos algo. Como si las semanas de silencio absoluto, el desamor, el caos, las mentiras y el baño de limo fueran solo un desvío. Como si todo esto fuera una gran historia de amor caótica y él acabara de pasar a nuestro siguiente capítulo.

Una parte de mí quería bajar corriendo esas gradas y lanzarme a sus brazos.

En cambio, tragué saliva. Parpadeé una vez. Dos veces. Forcé el aire a entrar en mis pulmones y lo solté despacio.

—¡Di algo! —me siseó Shani entre dientes—. ¡Reina J! Eso fue como... Romeo, ¡pero si Romeo tuviera abdominales y un tiro de tres!

—Yo... —me aclaré la garganta—. Creo que necesito aire. No sé qué hacer con esto. Mi terapeuta puede dar fe. ¿Cómo voy a sobrevivirle dos veces?

Mindy resopló.

—Ay, no, cariño. Esto ya es la guerra. Te das cuenta, ¿verdad? Leo acaba de declararte la guerra con un gesto épico digno de la realeza, con todos los ojos puestos en ti.

Me levanté y me alisé la chaqueta sobre las caderas. Las palmas sudorosas. El corazón todavía martilleando.

Que miren. Que susurren. Que se pregunten si lo perdonaré.

No le debía una respuesta a nadie esta noche.

Pero sabía una cosa mientras caminaba hacia las puertas y sentía los ojos de Leo siguiéndome desde el túnel: el Rey de Royal Oaks no había terminado.

Y yo tampoco.

Todavía podía oír su voz resonando en las paredes del gimnasio.

—Mi reina, Jade Bryan. Mi chica, Jade. Cariño, ahora voy a por ti.

Se repetía una y otra vez en mi cabeza como un TikTok en bucle con fallos. Todos los ojos del gimnasio se habían clavado en mí. Chicas susurrando, chicos dándose codazos, y Shani cacareando como si fuera el mejor entretenimiento desde la nueva temporada de Yellowstone.

Pero antes de que pudiera siquiera procesar qué demonios acababa de hacer Leo Holt, Kannon Kavanaugh ya estaba haciendo su jugada.

Tranquilo. Sereno. Con esa energía de MVP que irradiaba de él como el calor del asfalto en julio.

—Bien —dijo con voz baja y juguetona mientras me pasaba un brazo por los hombros—. Parece que elegí el asiento correcto esta noche.

Parpadeé mirándolo.

—¿No te preocupa... todo eso? —hice un gesto vago hacia la pantalla gigante que todavía parpadeaba al fondo, casi esperando que se echara atrás.

Se limitó a sonreír con suficiencia.

—Bah. Deja que el rey se pavonee. A mí no me intimida.

Se levantó, me ofreció la mano y la tomé.

Shani sacó una foto mientras murmuraba algo sobre publicarla con el filtro adecuado y rezar para que funcionara.

Kannon me atrajo hacia él y me guio fuera del gimnasio como si camináramos por una alfombra roja. A cada paso, móviles en alto. Flashes. Susurros. Jadeos. Estaba oficialmente en medio de una guerra de amor digna de la realeza, y todo el instituto estaba mirando.

Me acompañó hasta mi coche como un caballero. Sin prisa. Solo esa energía segura y centrada de alguien que sabía exactamente quién era y no necesitaba pregonarlo.

—¿Estás bien? —preguntó mirándome cuando llegamos a mi coche.

—¿Creo que sí? —me reí, todavía con el subidón—. Eso fue... demasiado.

—Sí. Pero lo has llevado como una reina —dijo apartando un rizo suelto de mi hombro—. Si alguna vez necesitas refuerzos, aquí me tienes.

Me guiñó el ojo y se dio la vuelta para irse justo cuando más flashes se encendieron desde el otro lado del aparcamiento.

Esto ya no era solo un juego.

Era la guerra.

Y yo era el premio.

Iba perdida en mis pensamientos, repasando la noche en mi cabeza como mi propio carrete de mejores momentos... No me di cuenta del caos hasta que lo tuve encima.

—¿Pero qué...?

Coches aparcados por todas partes.

Aparcados como una barricada alrededor de la casa de la tía Susan.

Motores en marcha.

Gente de pie fuera con móviles y cámaras.

Paparazzi.

Fans.

O buitres.

Ya ni siquiera podía distinguirlos.

Se me revolvió el estómago.

Seguí conduciendo de largo, pasando la casa con el corazón desbocado, y me metí por una calle lateral para aparcar. Me temblaban las manos mientras llamaba a la tía Susan.

Contestó al primer tono.

—¿Dónde estás, cariño?

—A un par de calles. Susan, ¿qué demonios está pasando?

Suspiró, agotada hasta los huesos, estresada, haciéndose la fuerte por mí.

—No estoy segura. Paparazzi, fans, puede que vecinos curiosos. Puede que gente que quiere decir que te ha visto. Esta noche ha empeorado.

Apoyé la frente en el volante.

—Esto se está descontrolando. Quería usar mi voz. Quería defenderme. No... esto.

—Lo sé, Jade. Lo sé. —Su voz se suavizó—. Estoy en ello.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que quizás deberías quedarte en casa de Shani esta noche. La llamaré. Puede pasar a recogerte una bolsa con lo necesario. No quiero que entres sola en ese lío.

Solté una risa amarga.

—¿Qué pasó con la tía dura que le dio sopas con honda a Leo en aquella persecución callejera?

—Oh, sigue aquí —dijo Susan—. Pero me da miedo salir de casa. Alguien ya intentó entrar por la puerta de atrás antes. Y los gatos están asustadísimos.

Genial.

Simplemente genial.

Me imaginé a esos estúpidos traidores peludos asomados a las ventanas, con las colas erizadas.

—Bueno, si no tuviéramos gatos —murmuré—, podríamos ir a la protectora y adoptar un perro guardián.

Susan resopló.

—A estas alturas, podríamos necesitar una manada entera.

—O un foso —dije.

—O un cañón.

—Nos denunciarían por ruido —dijo ella.

Las dos resoplamos.

Luego dijo, en voz más baja:

—En realidad, Jade... hay algo de lo que quería hablarte.

Me quedé paralizada.

—Cuando fuimos al Cabo —continuó—, pensé que era por ti. Y lo era. Pero también era por mí.

Se me cerró la garganta.

—¿Por qué?

—Trajiste vida de vuelta a esta casa —dijo simplemente—. A mi vida. No me había dado cuenta de lo sola que me había quedado. De cuánto había dejado de vivir. Irene me lo dijo, y tenía razón. Verte luchar por salir adelante me hizo preguntarme por qué yo no estaba luchando por mí también.

Inspiró hondo, temblorosa.

—Así que... hice algo al respecto.

—¿Qué? —susurré.

—Tengo una cita la semana que viene.

Me quedé boquiabierta.

—Espera, ¿qué? ¡Susan!

Se rio nerviosa.

—No pongas esa voz de sorpresa. No estoy muerta. Tengo cincuenta y tres años. Todavía puedo ponerme brillo de labios y que me inviten a salir.

—No, no —me pasé la mano por el pelo—. No lo decía por eso. Es que... he estado tan metida en mis propios problemas que no pensé en cómo te ha afectado todo esto a ti. Lo siento. He sido una egoísta.

—No —dijo con firmeza—. Has estado sobreviviendo. Y saliendo adelante, la verdad. Y me has inspirado. Así que no te disculpes por eso.

Parpadeé con fuerza, tragándome el nudo que tenía en la garganta.

¿Susan volviendo a salir con alguien?

Su vida abriéndose mientras la mía parecía estar estallando.

Pero de alguna manera... de alguna manera eso me permitió respirar mejor.

Como si quizá no todo tuviera que estar desmoronándose.

Quizá algunas cosas aún podían florecer.

—Estoy orgullosa de ti —dije en voz baja.

—Y yo de ti —respondió—. Ahora llama a Shani. Dejaré las luces del porche apagadas y fingiré que no estoy en casa.

Sonreí en la oscuridad.

—Vale. Trato hecho.

Pero cuando colgué, no arranqué todavía.

Me quedé allí sentada, con el motor apagado y el frío de noviembre colándose en el coche... pensando en todo.

El partido.

Las cámaras.

El caos.

Que la tía Susan estaba volviendo a salir con alguien.

Que apenas me mantenía a flote.

El dolor en el pecho que me negaba a nombrar.

Y Leo.

Siempre Leo.

Apreté las manos en el volante.

—No puedo con esto —me susurré.

Pero sí podía.

Y lo haría.

Porque todo estaba cambiando, estuviera lista o no.

Y prefería plantarle cara que dejar que el mundo me engullera.

Por fin reúno el valor para coger el móvil.

Las manos todavía me tiemblan por la multitud de fuera de mi casa, pero escribo de todos modos.

Yo: Necesito quedarme en tu casa esta noche. Paparazzi, acosadores, fans, lo que sea que sean, están todos aparcados frente a mi casa.

Le doy a enviar.

Apoyo la cabeza en el asiento.

Tengo el corazón en la garganta.

Shani responde de inmediato.

Shani: ¿¿¿QUÉ??? Salgo ahora mismo. ¿Dónde estás?

Estoy a punto de escribir cuando...

BANG.

Todo mi cuerpo se sacude.

Un toque —no, una palmada— contra la ventanilla del conductor.

Giro la cabeza de golpe.

Una chica de no más de trece o catorce años, pegada al cristal.

Sudadera enorme.

Mochila.

La luz de la farola le ilumina los brackets cuando sonríe de oreja a oreja.

—¡Dios mío! ¿¡Jade Bryan!? ¿¡Eres tú!?

Le tiembla la voz de la emoción.

—¿¡Puedo hacerme un selfi contigo!? ¡Por favor! ¡POR FAVOR!

Se me cae el alma a los pies.

No porque sea amenazante.

Sino porque es una cría.

Una cría que no sé cómo me ha encontrado a oscuras en una bocacalle.

Una cría que ha reconocido mi coche.

Esto es de locos.

—No... no puedo —susurro, pero no me oye a través del cristal.

Sus manos golpean la ventanilla otra vez.

—¡Por favor, Jade! ¡Solo una foto! ¡Te adoro! ¡Eres mi fondo de pantalla!

Me quedo paralizada.

No quiero ser borde.

No quiero ser mala.

Pero estoy acojonada.

Meto primera.

Retrocede tambaleándose, con los ojos como platos, moviendo los labios para decir «¡Perdón!» mientras me alejo.

Se me corta la respiración.

Me tiemblan los dedos sobre la pantalla del móvil mientras llamo a Shani.

Contesta al instante.

—¿Jade? ¿Qué ha pasado? ¿Qué es ese ruido?

—Había una chica... —se me quiebra la voz—. Una puta cría que me golpeaba la ventanilla para pedirme un selfi. Conocen mi coche, Shani. Gritaban mi nombre.

—¿Qué coj...?

—Tengo que cambiar de ruta. Voy por detrás. Quedamos junto a los establos de polo. Cruzo por los del este y me cuelo por ahí. Menos tráfico. Menos luz.

—Vale —dice Shani—. Dejo la luz del porche apagada. Escríbeme cuando estés cerca.

—Shani... tengo miedo.

Su voz se suaviza.

—Lo sé. Solo llega hasta aquí, ¿vale? Ven.

—Sí —digo casi sin aliento, aferrándome al volante—. Voy para allá.

Cuelgo.

Apago los faros.

Y tomo la ruta más larga y oscura que conozco, intentando no imaginar más caras surgiendo de las sombras... intentando no imaginar qué pasará si pierdo el control de esta narrativa...