Nuevo reinado (Royal Oaks Prep nº 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

LEO

El reel de Instagram de Jade me da vueltas en la cabeza todo el maldito día.

Su voz.

Su fuego.

Ese nuevo filo en su mirada.

Lo veo una vez, dos veces, veinte veces, y cada vez algo dentro de mí se retuerce con más fuerza.

Estoy orgulloso.

Estoy aterrorizado.

Estoy tan jodidamente enamorado de ella que es como si las costillas se me estuvieran abriendo.

Pero también estoy furioso.

Porque ella está ahí fuera luchando sola, poniendo el mundo patas arriba, mientras yo estoy aquí atrapado fingiendo que todo es normal.

La cena es la tortura de siempre. Copas de cristal. Cubiertos alineados como instrumentos quirúrgicos. Mi madre con perlas tan apretadas al cuello que juro que se está estrangulando por ir a la moda.

Nos sentamos.

Comemos.

Fingimos.

Hasta que mamá suelta un suspiro sonoro contra la servilleta.

—Bueno —dice—, Jade Bryan es la comidilla de toda la ciudad.

El tenedor se me cae contra el plato.

Claro que está hablando de Jade. Cómo no. Todo el mundo está hablando de Jade.

—Adonde quiera que he ido hoy —continúa—, el club de campo, el brunch de la asociación de padres, la reunión de la junta benéfica... todo es Jade, Jade, Jade. Todos quieren saber si es tu ex.

Trago saliva. Mi padre me observa por encima de su copa de vino.

Me obligo a preguntar:

—¿Qué dicen?

Mamá hace un gesto con su mano de manicura perfecta.

—Bueno, no te voy a mentir: están impresionados. Muy impresionados.

Algo feroz se enciende en mi pecho.

—Sí —digo en voz baja—. Ahora sabes lo que vi en ella.

Levanta una ceja.

—Tiene cualidades que esas chicas jamás tendrán —añado—. Integridad. Entereza. Agallas. Es auténtica. Hoy ha rechazado una oferta de seis cifras, mamá. Está claro que no iba detrás de mi dinero.

Mamá bufa.

—Cariño, sabes lo que tenemos. Nuestra fortuna tiene nueve cifras.

Murmuro entre dientes:

—Nueve cifras, y una mierda.

Papá tose para disimular una risa.

Mamá entorna los ojos.

—No me digas que estás pensando en volver con esa chica.

Miro el plato.

Remuevo la comida de un lado a otro.

—Ella no me aceptaría ahora, mamá. Puede aspirar a algo mejor. Merece algo mejor que el chico que cedió ante su madre.

Se le tensa la mandíbula.

Sigo.

—La perdí. Perdí a la chica.

Su voz se vuelve gélida.

—Leo, esto pasará. Será una moda pasajera. Una tendencia. La «chica del momento» durante una semana. Luego desaparecerá, y todo esto se calmará. La nobleza, el abolengo, los linajes... esas cosas perduran generaciones. No lo olvides.

La miro fijamente.

Joder, no tiene ni puta idea.

—No va a desaparecer —digo—. No a corto plazo.

Mamá abre la boca, pero me adelanto.

—Ha llamado The View —digo con frialdad—.

La quieren de invitada. Dateline también.

El equipo de relaciones públicas de Tristan está desbordado de peticiones de entrevistas.

Jade Bryan no es solo una «chica del momento».

Se está convirtiendo en un nombre. Uno importante.

Tiene a los mejores abogados, y han olido sangre.

Puede que no acepte un acuerdo, pero va a presentar cargos penales.

El collar de perlas de mamá cruje de verdad cuando se pone rígida.

—No encontrarán nada. Ya sabes cómo funcionan las investigaciones por aquí, Leo.

—Será un nombre conocido en todo el país —añado—. Y quizá pronto, en todo el mundo. Y tiene al equipo de abogados de Tristan Vale. Creo que van a descubrir quién la difamó.

Papá silba por lo bajo.

—Joder.

Mamá parece a punto de desmayarse.

Y por primera vez en mi vida, no me apetece defender sus sentimientos.

Porque Jade se lo merece.

Jade se merece todo.

¿Pero lo peor?

¿Lo que me carcome por dentro como cristales rotos?

No soy yo quien está a su lado en nada de esto.

Lo ha hecho todo sin mí.

Y puede que no vuelva a necesitarme nunca.

A la mañana siguiente, me despierto como si no hubiera pegado ojo.

Técnicamente sí he dormido. Mi móvil dice cuatro horas. Mi cuerpo dice cero. Mi cerebro, desde luego, dice cero.

Lo primero que veo es la pantalla.

Pausada en su cara.

Jade. El pelo al viento, esa cazadora de cuero, los ojos clavados en la cámara como desafiando al mundo a apartar la mirada.

Le doy a reproducir otra vez.

—Ya no tienes que guardar silencio. Hablo por ti.

Cada vez que lo dice, algo en mi pecho se tensa y no me suelta.

Debería dejar de verlo.

No lo hago.

Me ducho. Me cepillo los dientes. Me pongo el uniforme. Me anudo la corbata. Lo hago todo en piloto automático, mientras su voz me da vueltas en la cabeza, sus palabras, esa imagen de ella como si estuviera hecha de acero y relámpagos.

Rechazó seis cifras.

Todavía no puedo superarlo.

La mayoría de la gente en Royal Oaks tira la tarjeta de crédito de papá a cualquier cosa con un logo. Ella tuvo una oportunidad real de asegurarse el futuro, de no volver a preocuparse por la matrícula, y dijo que no porque era dinero sucio.

Porque era dinero para callarla.

Me miro en el espejo.

Ojeras. Mandíbula apretada. Ojos que parecen a punto de liarse a golpes o de llorar. O ambas cosas.

—No la merezco —le digo a mi reflejo.

Él no discute.

Cojo las llaves, la mochila y la compostura más falsa del mundo, y salgo.

El trayecto al instituto es corto y demasiado largo al mismo tiempo.

Newport a finales de noviembre parece una postal cutre. Cielo frío, árboles pelados, mansiones antiguas pavoneándose sin motivo.

Cada semáforo en rojo se siente como un ataque personal.

En el segundo semáforo, el móvil vibra en el portavasos. Echo un vistazo.

Tristan: tío pusieron su clip en las noticias locales anoche

Xavier: mi madre dijo «esta chica es un problema. en el buen sentido»

Tristan otra vez:

el finde de Acción de Gracias va a explotar

o sea explotar en plan entrevistas de tele

Escribo con una mano...

sí

lo sé

Enciendo la radio para ahogar mis pensamientos.

Sin suerte.

La voz de Jade es más grande que cualquier canción.

—Soy fuerte. No me quiebro bajo presión... Entrenadores, soy su chica.

Tengo que parar un segundo en el arcén solo para respirar.

Porque una parte de mí está orgullosa a rabiar.

Otra parte se muere de celos.

Y yo entero estoy enamorado de ella de una forma que parece menos un sentimiento y más una enfermedad crónica.

Acción de Gracias es en tres días.

Algo en mis entrañas me dice que es cuando todo va a estallar.

El aparcamiento de Royal Oaks ya está lleno cuando llego. Todoterrenos, híbridos, deportivos, todos alineados como un concesionario para niños ricos.

Móviles por todas partes.

Todo el mundo mira algo en sus pantallas, se lo enseñan unos a otros. Ni siquiera necesito adivinar qué es.

Al salir del coche, pillo mi nombre en el viento.

—...la ex de Leo...

—...ese vídeo...

—...denunció a todo el sistema...

—...rechazó seis cifras...

Cierro la puerta con demasiada fuerza.

Tranquilo. Respira. Camina.

Dentro, los pasillos zumban como un cable con corriente.

Chicas en corrillos, cuchicheando.

Chicos que fingen que les da igual pero que claramente están cotilleando el perfil de Jade en el móvil.

Profesores que lo observan todo con esa expresión cautelosa y contenida que dice «los abogados me tienen vigilado».

Y luego está ella.

Primera hora, al final del pasillo principal, justo a la entrada de la sala de alumnos.

Jade.

Su mirada se desliza, se posa en mí medio segundo. Es como mirar una hoguera.

Mis pasos vacilan un latido. Solo uno.

Su expresión no cambia. Ni un milímetro. Sin sonrisa. Sin ablandarse. Sin inmutarse.

Luego mira más allá de mí como si yo fuera un estudiante cualquiera.

Lo siento.

Como un cuchillo.

Sigo caminando, músculos tensos, ojos al frente. El olor de su champú —algo cálido y limpio y penetrante— me llega al pasar. Shani se calla a mitad de frase. Tristan enmudece. Todos notan la tensión.

No decimos ni una palabra.

Pero todo en el aire grita.

Las clases son solo ruido después de eso.

Los profesores hablan. No escribo nada.

Abrimos los libros de texto. No veo ninguna de las palabras.

En Historia Avanzada, Jade se sienta dos filas delante de mí, un poco a la derecha. Su perfil es todo lo que veo durante cincuenta minutos.

No se gira ni una vez.

En un momento, el móvil de alguien se ilumina con un segmento de noticias que se reproduce en silencio. Veo la imagen de Jade a la salida del despacho del abogado, hablándole a la cámara.

El profesor los fulmina con la mirada y les dice que lo guarden.

No lo hacen, no del todo. Solo lo inclinan para esconderlo detrás de un libro.

Ya me sé cada fotograma.

Cuando suena el timbre, nos levantamos a la vez. Por un segundo, estamos uno al lado del otro en el pasillo entre los pupitres.

Su brazo roza el mío.

Solo eso.

Electricidad estática.

Se aleja como si nada hubiera pasado.

En el almuerzo, las cosas empeoran.

Entra en la cafetería como una bomba a cámara lenta.

Antes se sentaba conmigo.

Mi mesa. Mi órbita.

El cliché del rey y su reina que todos esperaban.

¿Ahora?

Pasa de largo por la mesa donde estoy sentado con X, Tristan y algunos de los chicos. No mira hacia aquí. No duda.

Se sienta en una mesa más cerca del centro, justo bajo la claraboya. Shani a su lado, Mindy enfrente, un par de chicas que antes fingían no saber su nombre ahora inclinadas hacia ella como si fuera el sol.

Su teléfono está sobre la mesa. No deja de iluminarse.

Tristan observa todo esto, se mete una patata frita en la boca y dice:

—Joder. Mira a tu chica.

—No es mi chica —murmuro.

—Sí —dice—. Ese es el puto problema.

X se recuesta y cruza los brazos.

—Tienes que ver esto como una oportunidad.

Lo miro con el ceño fruncido.

—¿Una oportunidad para qué?

—Mira a tu alrededor —dice—. Toda la escuela está dividida. La vieja guardia...

Señala con la cabeza hacia la mesa de Bianca, donde Bianca, Nadia, Rosalie y Vivian están apiñadas con caras tensas.

—...y la nueva ola. Y ella es el centro de todo.

Bianca observa a Jade con odio manifiesto, con las uñas clavadas en su botella de plástico. Nadia le susurra furiosamente al oído. Vivian parece querer estar en cualquier otro sitio, atrapada entre dos barcos que se hunden.

—Tienen miedo —dice X—. Nunca antes habían tenido miedo.