Capítulo 8 #2
Me quedo sentada un momento, extrañamente desorientada. Como si acabara de despertar de algo.
El aguanieve sigue cayendo de lado ahí fuera.
Puedo oírlo golpeteando contra los ventanales.
Ese frío amargo y gris de Nueva Inglaterra al que nunca llegas a acostumbrarte.
Me pregunto si ella se ha dado cuenta de que no he parado de moverme desde que me senté.
Si ve lo arrebujada que voy en mi sudadera a pesar de tener la calefacción puesta.
Ella se pone de pie, y yo también, torpe y lenta.
Y entonces caigo en la cuenta.
Apenas dijo nada. Ningún consejo. Ninguna opinión. Ningún suspiro compasivo ni falsa tranquilidad. Solo me dejó hablar. Dejó que las palabras salieran, sin filtro y a lo bruto. Y fue... liberador.
Me ciño más el abrigo y echo un vistazo al pequeño consultorio: la pecera, las estanterías, la papelera llena de notas arrugadas. Un testigo silencioso de una tormenta que llevo demasiado tiempo conteniendo.
Afuera, el viento aúlla. El aguanieve corta de lado, como si hoy el mundo tuviera los bordes afilados.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no siento que me esté desmoronando.
Solo me siento... un poco más ligera. Pero la rabia de dentro se niega a morir. Sigue ahí.
Enterrada en lo profundo.
En el alma.
La terapia puede funcionar, pero en el fondo sé que la única manera de sacar a la superficie lo que está enterrado y arraigado es excavarlo.
El salón de tenis tiene cordones de terciopelo y es ridículamente elegante: se alza sobre una pista cubierta con líneas blancas impolutas y brillantes luces halógenas que rebotan en cada superficie como en un anuncio de pasta de dientes.
Bellevue Avenue, Newport. El tipo de calle donde el dinero viejo todavía susurra más fuerte que el nuevo.
Aparco a la vuelta de la esquina para evitar las miradas de reojo del aparcacoches y subo las escaleras con las botas chirriando por el aguanieve.
Todo huele a abrillantador de limón, cloro y cachemira.
Tengo frío hasta los huesos, pero en cuanto entro, siento como si me hubieran arrastrado a otra dimensión.
Lane ya está esperando.
Lleva gafas de sol enormes aunque estamos en interior. Pelo peinado hacia atrás. Un fino jersey negro de cuello alto. Sus joyas probablemente valen más que mi coche. Quizá más que el de mis padres. Su voz, cuando habla, suena a Park Avenue y Prada: limpia, pulida, tensa.
—Mi novio está en el circuito —dice con despreocupación, señalando hacia la pista de abajo donde dos chicos con polos blancos están enfrascados en un partido que parece más arte escénico—.
A veces entrena aquí. Este lugar mantiene un perfil bajo.
Privado. Que es exactamente lo que necesitamos, hasta que estés lista para arrasar.
Me lanza una sonrisa afilada y señala la mesa. Me deslizo en el reservado de terciopelo frente a ella, con el abrigo todavía cerrado hasta el cuello. El camarero me mira. Pido un agua con gas.
Lane no pierde el ritmo.
—Entonces. Jade.
Se inclina como si estuviéramos a punto de compartir secretos sucios.
—Tristan me dice que quieres Dateline. TMZ. The Today Show.
Hace una pausa, dando vueltas a algo cítrico en su copa.
—Pero creo que necesitas empezar a menor escala.
Parpadeo, pillada a medias, a medias a la defensiva.
—¿A menor escala?
—Más inteligente —corrige, cruzando las piernas y abriendo una tableta de golpe—.
Vamos a empezar desde abajo. Twitter, o como sea que lo llamemos ahora, X, TikTok, Instagram, Snapchat.
Todo. Voy a crear tus perfiles esta noche.
Todos vinculados, todos limpios, todos verificados.
Construiremos tu presencia. Vídeos de uno a tres minutos.
Hashtags. Arcos narrativos. Redención. Rabia. Realidad. El pack completo.
Me mira con toda la energía depredadora de una profesional de relaciones públicas y luego sonríe como una leona.
—Voy a hacer que todos los que alguna vez te atacaron lo lamenten profundamente.
Doy un sorbo a la bebida. No sabe a nada.
—¿Y de verdad crees que la gente quiere escuchar lo que tengo que decir?
—Oh, cariño —ronronea—. A todo el mundo le encanta el que viene de abajo. A todo el mundo le encantan las remontadas. Y el mundo ya está inundado de perfección falsa. ¿Pero tú? Tú eres real. Tienes cicatrices y agallas. Tienes una historia.
Se inclina hacia delante, volcada.
—Démosles una que nunca olviden.
La habitación zumbaba como una colmena: gente instalando cámaras, ajustando luces, alguien desenrollando cables como si estuviéramos rodando un especial de Netflix.
Me senté rígida en la alta silla de director, con las manos cruzadas en el regazo, mientras dos mujeres a las que no conocía de nada me ajustaban el pelo por tercera vez y me daban toques en los pómulos con una esponja.
—Esto me parece falso —murmuré.
Lane miró desde detrás de la cámara.
—Tú eres real. Pero incluso las cosas reales necesitan un toque profesional. Confía en nosotras. Lo tenemos controlado.
No estaba segura de quiénes eran «nosotras».
Lo único que sabía era que Lane había volado desde Nueva York, y Tristan lo había organizado como si no fuera para tanto, solo otro nombre en su agenda.
Por lo visto, así eran las relaciones públicas para la gente que vivía en mansiones de revista y tenía estilistas en marcación rápida.
—¿Estás lista? —preguntó el chico del micrófono mientras me lo enganchaba con cuidado al cuello.
—En realidad no —admití. Pero miré hacia la cámara de todos modos.
Entonces apareció Tristan.
No dijo mucho, solo se apoyó contra la pared, observando como si estuviera viendo desarrollarse algo en lo que ya creía.
Me hizo un pequeño gesto de asentimiento.
Uno de esos gestos de «vas bien». Sé que esta es su manera de ayudar.
Su manera de intentar cubrirme las espaldas.
Es extraño y ajeno, pero para Tristan, esta es su versión de control de daños y equipo de limpieza.
Estoy en su mundo ahora y quizá jugar con sus reglas sea la forma de contraatacar.
La luz roja de la cámara se encendió.
Tragué saliva. Tenía la garganta seca, y las palabras que habíamos ensayado bailaban justo fuera de mi alcance. Pero no quería leer un guion. Quería que esto sonara a mí.
—No soy un titular. No soy un rumor. No soy la que pintaron.
Mi voz salió más clara de lo que esperaba. Más fuerte.
—Intentaron borrarme. Intentaron romperme. Pero sigo aquí. Y ya no me escondo.
El silencio al terminar fue denso, como si todos estuvieran conteniendo la respiración. Lane asintió una vez al editor. Alguien garabateó algo. Parpadeé contra la luz brillante.
Me sentí en carne viva. Expuesta. Pero no de la manera horrible de antes.
De verdad.
Grabamos algunas tomas más, vídeos más cortos, desde distintos ángulos.
En uno me pidieron que contara algo ligero.
En otro solté un pequeño fragmento de la historia de Ohio, solo un adelanto.
Todavía no íbamos a meternos en ese lío, dijo Lane.
Eso vendría después. Esto era el preámbulo. El capítulo inicial.
Cuando terminamos, estaba emocionalmente agotada pero llena de energía. Era extraño lo liberador que resultaba hablar, decir en voz alta cosas que ni siquiera me había reconocido a mí misma.
Después, me subí al coche, me quité las botas que el equipo de Lane había insistido en que llevara y conduje de vuelta a casa de la tía Susan.
Ya no tenía hambre. Le dije a Tristan que me dolía la cabeza y me fui.
El cielo estaba teñido por el atardecer temprano, un lavanda suave con vetas de luz anaranjada que se extendían por el parabrisas.
Ese tipo de cielo que te hace sentir pequeña y un poco valiente.
En casa, la estufa de leña irradiaba calor. Era evidente que la tía Susan acababa de terminar un turno: tenía el abrigo echado sobre el respaldo de la silla del comedor y el pelo recogido de cualquier manera. Removía una olla de sopa en los fogones como si fuera lo más natural del mundo.
—Mira quién llegó —dijo, sonriendo cuando entré—. ¿Qué tal te fue, superestrella?
Me quité la chaqueta.
—Bastante loco. Había cámaras, estilistas, editores y hashtags. Lane me hizo sentir como si me presentara a unas elecciones o algo así.
Se rio.
—Bueno, ¿dijiste lo que querías decir?
—Sí —dije en voz baja—. Sí, creo que sí.
Nos sentamos a cenar algo sencillo, nada del otro mundo, solo sándwiches de queso fundido y esa sopa, y le conté sobre Lane, sobre la grabación, sobre lo falso que se sentía tener vídeos con guion, escenificados y seleccionados para mis redes sociales.
Pero confiaba en Tristan, así que seguí adelante con ello.
Y entonces dije algo que no le había dicho a nadie.
—Es bueno haber vuelto. No quiero volver a escapar.
La tía Susan levantó la vista de su taza de té. Tenía los ojos cálidos y un poco vidriosos.
—Me alegra que te hayas quedado —dijo—. Porque el Sr. Pickles y yo te habríamos seguido adonde fuera, incluso a Ohio si eso era lo que querías.
Sonreí.
—Somos familia, cielo. Siempre lo hemos sido. Pero esta casa... —su voz se suavizó—. Se sentía demasiado vacía sin ti.
—Estoy enfadada. Furiosa. A veces me despierto con el corazón desbocado, queriendo hacerles daño. La rabia no desaparece.
—Lo sé, cielo.
—Intenta canalizar esa energía en algo productivo. Como el fútbol, los estudios...
—O vengarme —dije con sorna.
—Jade...
—No te preocupes. Todavía me queda algo de corazón por ahí. No voy a hacer ninguna locura, solo devolverle a Leo el favor rompiéndole el corazón.