Capítulo 7
LEO
Estaba a medias en una conversación con Xavier y Tristan, entre concentrado y furioso por la última tanda de mensajes sobre el escándalo, cuando oí cómo el silencio se apoderaba del patio.
Ese tipo de silencio que llega como un trueno. Como reverencia.
Me giré y se me olvidó cómo respirar.
Ahí estaba ella.
Jade Bryan. No la chica de la beca. No una presa fácil con secretos que destapar.
No parecía rota.
Parecía... renacida.
El pelo cortado a navaja a la altura de la mandíbula. Los ojos perfilados con kohl y una sombra de fiereza. Se movía como quien no ha venido a sobrevivir. Había venido a reinar.
—Se ha cortado el pelo —dijo Xavier, aguantándose la risa—. Modo zorra activado.
—Lo ha cambiado todo —murmuré.
Y juro que cuando pasó a nuestro lado como si no existiéramos, sentí que se me aflojaban las putas rodillas.
—Tío —dijo Tristan en voz baja—. Va a poner este sitio del revés.
No me miró. Ni una sola vez. Y eso dolió más que cualquier bofetada, cualquier insulto, cualquier desengaño.
Porque yo la había destrozado.
Y ella se había reconstruido sin dejar ni rastro de mí en los planos.
Hasta que vuelva a ganarme un lugar junto a ese trono, si es que lo consigo algún día, observaré desde las sombras mientras ella pone a este instituto de rodillas.
Y que Dios ampare a la primera zorra que intente cruzarse en su camino.
—No me ha mirado —repetí, más para mí mismo—. Ni ha parpadeado.
—No le hacía falta —respondió Xavier—. Esa forma de caminar ha sido un tiro a matar. A sangre fría.
Tristan soltó un silbido bajo mientras veía a Jade desaparecer en el ala de ciencias, dejando un rastro de venganza.
—Joder. Y yo que acababa de dejar de llamarla Su Alteza.
Lo miré de reojo.
—Creía que te estabas echando atrás.
Se encogió de hombros con esa sonrisa chulesca que siempre le metía en líos.
—Sí, lo estoy. De lo romántico. No me malinterpretes, su cambio de imagen merece que nos levantemos a aplaudir, pero yo prefiero a mis chicas con menos fuego y más dulzura.
X arqueó una ceja.
—¿Dulzura?
—Ya sabes a qué me refiero —sonrió Tristan—. Pero sigo en el equipo de apoyo de la Operación Conquistar el Corazón de la Reina. Logística. Estrategia. Memes.
Gruñí.
—Me alegro de que te diviertas —entrecerré los ojos—. Dijiste que ni siquiera me mira.
—Exacto. Lo que significa que tienes que currártelo —me dio una palmada en la espalda—. Empieza con algo que importe. Algo gordo. No se conquista el corazón de una reina con flores de cafetería y ojitos de cordero degollado, Leo.
—¿Ah, sí? —murmuré—. ¿Y con qué la conquisto?
Xavier se volvió, impasible como siempre.
—Justicia.
Esa palabra me golpeó como un puñetazo en el estómago.
Tenía razón. Todo esto, lo que le pasó en Ohio, el infierno por el que la hicieron pasar aquí en Royal Oaks, no se iba a arreglar con flores.
Había que desmontarlo.
Sacarlo a la luz. Reducirlo a cenizas.
Y solo entonces podría quizá plantarme delante de ella, no con mi apellido ni mi encanto, sino con la verdad.
Y rezar para que aún la quisiera.
Tristan se frotó las manos.
—Llamemos a las cosas por su nombre: Operación Reconstruir el Trono. ¿Quieres recuperarla? No basta con conquistar su corazón. Hay que defenderlo.
No respondí.
Me limité a mirar hacia el pasillo por donde había desaparecido... y asentí.
Desafío aceptado.
La veo.
Al fondo del pasillo, frente al ala de arte, como una visión de fiebre con botas militares y delineador. Camina como si el lugar fuera suyo, como si ella llevara la corona y yo fuera el que vuelve arrastrándose.
Que... en cierto modo, lo soy.
Ni siquiera me mira.
Eso es lo que me mata. No que me ignore. No los susurros que deja a su paso. Ni siquiera que Tristan y Xavier hayan empezado a orbitar a su alrededor como si ella fuera la gravedad misma.
Es que para ella ya no existo.
No pienso. Actúo.
Mi mano golpea la taquilla junto a ella con un portazo que la detiene en seco.
—Jade.
Nada.
Su mirada resbala hacia mí. Desinteresada. Cruel.
—No tengo tiempo para jugar con fantasmas —dice con frialdad, pasando a mi lado como si fuera aire.
Vuelvo a plantarme delante de ella.
—Deja de fingir que no te importa.
—Deja de fingir que alguna vez te importó.
Eso duele.
Trago saliva.
—No lo dices en serio.
Su risa es grave, sin pizca de gracia. —No, Leo. Yo sí.
Se inclina hacia mí. Tan cerca que puedo oler su perfume: vainilla y algo más turbio debajo, como humo y pecado.
—Me destrozaste delante de todos —susurra—. ¿Y ahora quieres recoger los pedazos?
—No sabía...
—No. No quisiste ver —su voz me atraviesa como un cuchillo—. No me protegiste. Dejaste que me humillaran. Y luego desapareciste.
Ni siquiera puedo mentir. Tiene razón.
—La cagué —murmuro.
Arquea las cejas. —Vaya. El Rey admite un error. ¿Debería hacer una reverencia?
—Jade...
Ya se está alejando.
La sigo. —¿Qué quieres que diga?
—Nada —dice sin girarse—. Estoy harta de escuchar a tíos que creen que las disculpas vienen con intereses.
Siguió caminando, dejándome atrás con las ganas.
El viernes es más de lo mismo. Yo detrás de Jade como un perro apaleado suplicando una migaja a su dueño, y ella pasando olímpicamente de mí.
—Tío, hoguera esta noche. ¿Te apuntas? Me han dicho que va la nueva reina... —Tristan sonrió con suficiencia.
—Sí, seguro que entonces va —se rio Xavier.
Pasé de los dos y les hice una peineta mientras salíamos del instituto rumbo al fin de semana.
—Necesitamos una victoria, tío. Montar un numerito —había dicho Tristan después del entrenamiento de baloncesto, todavía con el sudor brillándole en la mandíbula—. Te dejas ver, les recuerdas quién eres.
—No he olvidado quién soy —murmuré, cerrando la taquilla de un portazo.
X se encogió de hombros, chulo como siempre. —Pues ven a demostrarlo.
Así que aquí estoy, con la luz del fuego lamiendo los bordes de la playa y el ambiente cargado de tensión.
He intentado aguantar el tipo: auriculares puestos, entrenamientos a primera hora, ejercicios extra, machacándome en los entrenamientos hasta que me arden los músculos. Pero nada alivia este dolor. El vacío donde antes estaba Jade.
Entonces lo noto. Un cambio en el aire.
Las voces se apagan. Las cabezas giran.
Y la veo.
Pintalabios rojo intenso, ese nuevo corte desfilado cardado a tope, delineador negro como alas. Vaqueros ceñidos, cazadora de cuero con flecos ondeando al viento. No camina: se desliza como si toda la maldita playa fuera suya.
Se me tensa la mandíbula.
X murmura: —Joder. Increíble.
Algunos tíos silban. Uno de los imbéciles del equipo de fútbol americano le roza el culo con los dedos como si fuera intocable.
Antes de que pueda moverme, Jade se para, se vuelve lentamente hacia él con esa sonrisa perezosa y letal.
—Vuelve a tocarme —dice con voz suave y peligrosa— y te retuerzo la muñeca hasta que llores llamando a tu mami. ¿Te mola el plan?
El tío retrocede tambaleándose, rojo como un tomate. Algunos se ríen por lo bajo.
X me pone una mano en el hombro. —Quieto. Deja que se lo lleve.
Ya estoy medio levantado, con los puños cerrados. Pero me quedo quieto cuando su mirada se cruza con la mía a través del fuego.
Impacto directo.
Echa a andar hacia mí. Sin vacilar. Sin piedad.
Se planta entre mis piernas, pura actitud bañada en luz de hoguera. Puedo olerla: vainilla y humo. Me coge la cara con la mano, y por un instante, creo que ha vuelto.
Y entonces me besa.
Ardiente. Fugaz. Perfecto.
Pero acaba antes de que pueda procesarlo.
Se aparta, se yergue, con la cara impasible como una máscara.
—Confirmado —dice—. No he sentido nada. Ni. Una. Cosa. Se acabó del todo. Deja de seguirme. Da pena.
Luego se da la vuelta y se aleja pavoneándose, hecha un mic drop con patas.
El corazón me late como un martillo neumático. Tengo la boca entreabierta. No puedo moverme. No puedo respirar.
A mi alrededor, la gente reacciona: unos murmuran, otros se quedan boquiabiertos.
—Quemado.
—Salvaje.
—Larga vida a la Reina.
Estoy demasiado aturdido para hablar.
Unos minutos después, oigo su voz, clara y desdeñosa.
—Fiesta muermo. El rollo playa de niños ricos está muerto. Mandadme un mensaje cuando alguien monte una fiesta de verdad.
Tira el vaso al fuego, se despide agitando los dedos con sorna y desaparece en la oscuridad como una tormenta que solo vino a destrozarme.
Parpadeo. Una vez. Dos veces.
Tristan silba por lo bajo. —Tío...
Pero ya lo sé.
Ya no es mía.
¿Y esta guerra?
Acaba de empezar.
Apenas dormí.
Cada vez que cerraba los ojos la veía: no a la Jade que besaba detrás de las dunas, dulce, tímida, confiada, sino a la Jade que me besó ayer como si quisiera destruirme.
Ese beso…
Joder…
Me atravesó de lleno, me prendió fuego por dentro, y luego ella me miró fijamente a los ojos y se alejó como si no hubiera sentido nada.
¿Quién demonios es ella ahora?
¿Y por qué esta nueva versión suya me acelera el pulso de esta manera?
Me aterroriza que la chica que amaba haya desaparecido.
Me aterroriza que algo se haya roto dentro de ella, algo que yo no pueda arreglar.
Me aterroriza que esta nueva Jade ya no sea mía.
Y quiero respuestas.
Antes de poder echarme atrás, ya estoy en el coche camino al centro de Newport, con el corazón a mil como si estuviera a punto de cometer un delito en lugar de… lo que sea esto.
La panadería de Gloria acaba de abrir.
Las ventanas empañadas, el olor a bagels recién hechos flotando en el frío.
Entro como un hombre poseído.
—Una docena de rollos de canela.
La chica detrás del mostrador me mira como si supiera exactamente qué clase de error estoy cometiendo.
Mete los rollos en las cajas de todos modos.
La debilidad de la tía Susan.
Todo el maldito pueblo lo sabe.
Cojo las cajas y conduzco directo a casa de Jade.
Me tiemblan las manos al salir del coche. Lo odio.
No debería estar temblando.
No debería sentirme como un crío de quince años invitando a alguien al baile de fin de curso.
Pero aquí estoy.
En su porche.
Caja en mano.
Llamo.
Nada.
Llamo de nuevo.