Nuevo reinado (Royal Oaks Prep nº 2) Capítulo Tres #2
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Capítulo Tres #2

—Nos infiltramos desde dentro.

X levanta una ceja.

—¿Es decir?

—Finjo salir con alguien —digo lentamente—. Con una de las chicas. O con unas cuantas. Las que hablan de más. Hablarán. Siempre hablan. Cuando creen que les importo.

Tristan suelta una risa amarga.

—Me apunto, pero tienes que ser tú. Ninguna de ellas me contaría nada a mí. No soy de la realeza.

X asiente.

—Confiarán en ti. Creen que eres uno de ellos.

Se me revuelve el estómago.

Porque soy uno de ellos.

Y lo odio.

—Está esa chica británica —añade X—. Rosalie Wexford. La nueva, que llegó antes para el trimestre de invierno. Se rumorea que ya está metida con ese grupo. Podrías tantearla.

Se me tensa la mandíbula.

—Mierda.

Tristan se encoge de hombros.

—Al menos está buena.

—Cállate —murmuro.

El móvil de X vibra. Lo mira.

—Hay una fiesta esta noche —dice—. Después del desastre del baile de bienvenida. En casa de Rosalie. Sus padres se han ido al Ballet de Nueva York.

—Ese grupo está castigado —dice Tristan.

—¿Castigados? —X se ríe—. A sus padres les da igual que hayan humillado a una becada. Ni siquiera quieren becados en Royal Oaks.

Tiene razón.

Tiene toda la puta razón.

X guarda el móvil.

—Estarán allí. Siempre están. Creen que son intocables.

—Y averiguamos exactamente quién lo hizo —dice Tristan—. Nombres. Teléfonos. Capturas de pantalla. Algo.

—¿Y luego qué? —pregunto.

X me lanza una mirada que me atraviesa.

—Entonces decides qué tipo de rey vas a ser.

Exhalo lentamente.

Ya sé la respuesta.

Se acabó ser el que sonríe

y asiente

y obedece

y deja que todos pisoteen a la chica que amo.

Esta noche, empiezo a quemar el trono en el que intentaron atraparme.

—Bien —digo—. Quedamos en casa de Rosalie. Indagamos. Escuchamos. Averiguamos quién destrozó la vida de Jade.

—¿Y cuando los destruyamos? —pregunta Tristan.

Aparto la mirada hacia el océano gris.

Mi voz baja.

—Nos aseguraremos de que nunca vuelvan a hacerlo.

Los padres de Rosalie alquilaron una mansión en Bellevue que parece robada a la realeza francesa.

Piedra del siglo XVIII.

Suelos de mármol originales.

Techos con pan de oro que brillan como si alguien hubiera intentado recrear Versalles por aburrimiento.

Hasta el camino de entrada grita dinero. Grava importada. Aparcacoches. Braseros. Dos limusinas en la rotonda.

Y como ya nada me sorprende, hay literalmente una estrella del pop de segunda probando el sonido en el rellano de arriba como si fuera un domingo cualquiera.

Aparco calle abajo.

Tristan y X se bajan y se quedan mirando la mansión como si fuera una atracción turística.

Dentro, el vestíbulo es más grande que la cafetería de Royal Oaks: techo de veinte metros con una lámpara de araña del tamaño de un planeta pequeño. El pasillo del piso de arriba rodea la sala como un balcón, y ya hay chavales asomados a la barandilla, bebiendo, grabando, cotilleando.

Tristan suelta un silbido largo y lento.

—Y yo que pensaba que tu familia tenía dinero.

Aprieto los dientes.

—Cállate.

Porque tiene razón.

Y lo odio.

Están todos aquí.

Todos.

Todas las caras del desastre del baile de bienvenida.

Riendo. Bebiendo. Bailando.

Como si no hubiera pasado nada.

Como si no hubieran destrozado la vida de alguien anoche.

Y a nadie le pasó absolutamente nada.

Por supuesto que no.

Xavier se pone las gafas de sol dentro de la casa: dice que es para que la gente no le «lea el alma», lo que sea que eso signifique.

Tristan va directo a la barra, agarra el whisky de reserva como si fuera el dueño del lugar y se sirve una copa sin preguntar. Luego se sirve otra. No me ofrece. Probablemente sea lo mejor: mis manos ya son puños.

Rosalie está en el centro de todo.

Británica.

Postura perfecta.

Botas hasta el muslo.

Pelo como recién salida de un anuncio de Burberry.

Lleva exactamente dos semanas en Royal Oaks y ya ha conseguido convertirse en la chica de la que todos cuchichean.

Y ahora mismo me está mirando.

Sin prisa.

Evaluando.

Cazando.

Bianca y Nadia no andan lejos, rondando como lobas que huelen sangre fresca.

Tristan me da un codazo.

—Tío —murmura—, te quiere.

—Bien por ella —suelto.

—Bien por ti —corrige en voz baja.

Lo ignoro.

Los graves retumban a través del mármol como si quisieran sacudir todo el lugar.

La gente baila con ropa de diseño que cuesta más que mi primer coche.

Las copas de champán tintinean. Los flashes disparan.

Alguien está grabando un TikTok en la esquina, haciendo playback de algo sobre traición o purpurina o lo que sea que el algoritmo necesite esta noche.

Se me eriza la piel.

X vuelve con una segunda copa.

—Este lugar es obsceno —murmura.

—Como todos los que están en él —digo.

Me lanza una mirada.

El tipo de mirada que dice: sí, pero esta es nuestra gente, te guste o no.

Quiero quemar toda la mansión.

Porque Jade se ha ido. Herida. Escondida en algún lugar al que no puedo llegar.

Y estos chicos, estos chicos mimados, viciosos e intocables, están celebrando como si no acabaran de humillarla delante del mundo entero.

Y quizás tengan razón.

Quizás no les pase nada.

Quizás siempre sea así.

Pero esta vez no.

No si puedo evitarlo.

Vivian empieza a caminar hacia mí. Despacio. Segura. Con los ojos fijos en los míos como si ya hubiera decidido quién soy para ella.

Tristan murmura:

—Ahí viene.

X sonríe con sorna.

—Tranquilo, Rey.

Pero lo único en lo que puedo pensar

—lo único que martillea dentro de mi cráneo— es Jade.

Sus ojos.

Su cara.

Su humillación.

El miedo en su voz cuando gritó mi nombre.

Cómo le fallé.

Trago saliva, me recompongo y fuerzo una expresión neutral.

Porque esta noche no se trata de coquetear.

No se trata de ser el rey.

Se trata de infiltración.

Rosalie se detiene frente a mí, ladea la cabeza, y su acento británico es suave como la seda.

—Leo Holt —dice—. Me preguntaba cuándo aparecerías.

Le dedico una sonrisa tensa.

—Créeme —digo—, no me lo perdería por nada del mundo.

Se aleja para saludar a otra persona, y aprovecho para escabullirme del caos del salón y meterme por un pasillo lleno de retratos de gente muerta que probablemente era dueña de la mitad de Nueva Inglaterra.

Encuentro el «cuarto de hombres» fácilmente.

Por supuesto que no es un cuarto de hombres.

Es un fumador de Versalles disfrazado de uno.

Paneles de madera oscura.

Una mesa de billar ornamentada con patas de león talladas.

Sillones de cuero que parecen costar más que mi coche.

Una barra con encimera de mármol llena de whiskies cuyas etiquetas reconozco del «armario especial» de mi padre.

Es obsceno.

Cojo un vaso y me sirvo dos dedos de algo más viejo que yo.

Me quema la garganta de una forma que casi —casi— atraviesa el caos que llevo dentro.

Entizo el taco, alineo el tiro y simplemente... juego.

El ritmo familiar me calma.

Agarre invertido.

Ángulo.

Inspirar.

Espirar.

Entonces empieza el movimiento a mi espalda.

Susurros.

Risitas.

Tacones repiqueteando sobre el mármol.

No me giro.

Conozco ese sonido.

Chicas fingiendo que no me siguen, rodeándome como tiburones que huelen sangre en el agua.

Meto una bola y vuelvo a entizar.

Una chica se ríe más fuerte.

—Leo, estás muy serio esta noche.

Otra:

—¿Es verdad? ¿Lo tuyo con Jade?

Las ignoro.

Que se cuezan.

El silencio es más poderoso que cualquier respuesta.

Me inclino sobre la mesa para hacer otro tiro... y ahí es cuando Bianca decide hacer su jugada.

Se desliza hasta colocarse detrás de mí, puro perfume y seguridad, y se acerca tanto que sus labios casi me rozan la oreja.

—Leo —susurra—, ¿de verdad pensaste que quitarnos los móviles iba a servir de algo?

Aprieto la mandíbula.

Ella suelta una risita.

—No somos tan estúpidas.

Rodea la mesa, bloqueándome el tiro, y me recorre el cuerpo con la mirada sin ningún pudor.

Luego levanta un dedo de uñas perfectas y lo desliza lenta, deliberadamente, por mi pecho.

Una sonrisa fría y controlada se dibuja en sus labios rojos.

—Ella era tan del montón —ronronea—. Yo soy todo lo contrario. Soy de primera.

Se acerca más, bajando la voz.

—Búscame en la sexta habitación a la derecha, arriba.

Me guiña un ojo.

Es repugnante lo orgullosa que parece.

Me incorporo, con el taco aún en la mano, y la miro como si estuviera hecha de humo.

Dejo que el silencio se alargue, justo lo suficiente para hacerla creer que me lo estoy pensando.

Entonces me río.

En su cara.

—Llevo aquí una hora —digo— y ¿ya me estás invitando a subir?

Su sonrisa flaquea.

—Eso —añado— es la jugada más cutre que he oído en mi vida.

Se le abre la boca.

—No, gracias —digo, rodeándola para tirar—. Paso.

Meto la bola sin siquiera mirar.

Se queda ahí plantada, atónita, con las mejillas encendidas de lo que sé que es pura rabia.

Se le dilatan las fosas nasales.

Levanta la barbilla.

Su orgullo se resquebraja.

Lo que, por supuesto, solo significa una cosa: me desea más.

Resopla, se echa el pelo hacia atrás como si eso fuera a herirme, y se marcha hecha una furia hacia el vestíbulo.

Bien.

Que se largue.

Que reúna a sus amigas y cuchichee sobre lo frío que soy.

Que todas se pregunten qué ha cambiado.

No conocen la versión de mí que viene a por todas ellas.

Le doy un sorbo a mi copa, miro el fieltro verde y siento cómo la rabia se transforma en algo afilado.

Enfocado.

Controlado.

Convertido en arma.

Esta noche no soy el rey al que adoran.

Esta noche soy la tormenta que nunca vieron venir.

Todavía estoy alineando el siguiente tiro cuando reparo en un pequeño humidor de cristal sobre el aparador. Filas de puros caros, todos alineados como soldados.

Por supuesto que el padre de Rosalie tiene de estos y los deja a la vista.

Al dinero viejo le encanta presumir de sus vicios.

Abro la tapa, elijo el más gordo y lo corto.

Las secuaces de Rosalie ahogan un gritito.

Bien.

Que miren.

Enciendo el puro, inhalo despacio y me apoyo contra la mesa. El humo asciende en volutas grises.

Ahí es cuando entra Vivian.

Sus tacones repiquetean sobre el parqué como signos de puntuación. Se sienta a mi lado en el banco de cuero con estudiado aburrimiento, se inclina y me quita el puro de la boca.

Da una calada.

Muy dramática.

Muy «mira qué adultos somos».

Alzo una ceja.