Nuevo reinado (Royal Oaks Prep nº 2) Capítulo Dos #4
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Capítulo Dos #4

—Cómo Stella recuperó la marcha.

La tía Susan gime.

—Otra vez no.

—Es un clásico —dice Irene a la defensiva.

Miro alrededor de la habitación.

—¿Eso es... un DVD?

Irene jadea, ofendida.

—Sí, Jade. Los clásicos no se ven en streaming.

Susan murmura:

—Porque no sabe usar Netflix.

—Mentiras —dice Irene—. Mentiras calumniosas.

Y a pesar de todo:

el dolor,

la ira,

la niebla,

el miedo,

se me escapa una pequeña risa.

Por primera vez desde el baile de bienvenida,

no me siento rota.

Solo magullada.

En algún momento entre que Angela Bassett encuentra la felicidad e Irene critica a voz en grito las elecciones de moda de todo el mundo, los ojos empiezan a cerrárseme.

El fuego es cálido.

El cacao es dulce.

Todo el cuerpo me pesa con esa pesadez profunda que viene después de llorar demasiado.

Me dejo caer de lado en el sofá hasta que la cabeza da con un cojín.

Alguien (probablemente la tía Susan) me tapa con una manta.

Lo último que oigo antes de desvanecerme del todo es a Irene murmurando:

—Está a salvo. Déjala dormir.

Me despierto cuando alguien me sacude el hombro con suavidad.

—Venga —susurra la tía Susan—. Vamos a llevarte a una cama de verdad.

Asiento aturdida y la sigo por el pasillo.

La habitación de invitados es pequeña pero elegante, con un aire clásico que parece intencionado: no anticuado, sino nostálgico. Paredes encaladas. Edredón azul acolchado. Una lamparita con base de concha marina. Una ventana con vistas al océano negro.

Las olas rompen abajo, constantes y rítmicas.

Una nana.

Me meto en la cama.

Las sábanas están frescas y frías.

La almohada huele levemente a lavanda.

Cuando la tía Susan apaga la luz, la habitación queda bañada en plata por la luna.

Me quedo dormida al instante.

El sueño comienza suave.

Aliento cálido.

Manos cálidas.

Un acantilado al atardecer.

La sudadera de Leo sobre mis hombros mientras me besa despacio, el mundo encogido hasta reducirse al sonido de las olas bajo nosotros.

Nos reímos de planes futuros. Los suyos y los míos. Hablamos de visitar universidades, de viajes por carretera, de fantasías estúpidas sobre escaparnos juntos algún día.

Me toma el rostro como si fuera algo precioso.

—Eres mi chica, Jade —susurra—. Siempre.

El sueño se fractura.

La porquería viscosa me golpea la piel.

La corona resbala.

El mundo vuelve a rugir de la manera más cruel.

Intenta alcanzarme en el sueño, igual que en la vida real...

Demasiado tarde.

Siempre demasiado tarde.

Me despierto con lágrimas que me resbalan por las sienes hasta el nacimiento del pelo.

Las olas rompen afuera, más fuerte esta vez.

O quizá sea mi pecho el que se rompe.

Me presiono la manga contra los ojos, me los seco hasta que me arde la garganta, y me quedo ahí sentada en la luz gris del amanecer, intentando recordar cómo se respira.

La tía Susan ya está en la cocina cuando entro arrastrando los pies.

Está dando la vuelta a algo en la sartén —huevos, quizá—, pero su mirada se suaviza en cuanto me ve.

—Buenos días, cariño —dice con dulzura—. ¿Mala noche?

Asiento mientras me sirvo un vaso de agua e intento parecer menos frágil de lo que me siento.

—Tienes tiempo —dice, y me acerca un plato.

—Tía Susan...

—No, escucha —me interrumpe—. Esta mañana a primera hora escribí al colegio. Vas a hacer las clases desde casa el resto de la semana. Luego viene Acción de Gracias. Piénsalo como un tiempo de tregua antes de volver a pisar Royal Oaks.

Tiempo de tregua.

Como si yo fuera una tetera que por fin alguien se dignó a quitar del fuego.

Me siento a la mesa y le doy vueltas a la esquina de la tostada que me ha puesto. No me la como; solo la sostengo para que no se me note el temblor de las manos.

—¿Y los parciales? —pregunto en voz baja.

—Online —dice—. Te los adaptarán. Créeme, después de todo lo que ha pasado, lo último que quiere el colegio es más mala prensa.

Se sienta frente a mí.

—No vas a volver corriendo a ese ambiente, Jade. No hasta que te hayas recuperado. No hasta que decidas qué quieres hacer.

Trago saliva.

—No sé qué quiero hacer.

Alarga la mano sobre la mesa y cubre la mía con la suya.

—No tienes que saberlo hoy —dice—. Hoy solo tienes que ducharte, quizá comer un desayuno de verdad, y luego dejar que Irene te mime con la tortura de cejas que esté tramando.

A pesar de todo, se me escapa una risita.

Una de verdad.

La primera desde el baile de bienvenida.

—Irene dijo que quiere que parezca la dueña de una galería de arte europea —murmuro.

—Y lo conseguirá —dice la tía Susan con una sonrisa—. Por si te sirve de algo, es la mejor en estas cosas. Reinventar a la gente es lo suyo.

Suelto el aire y dejo que el océano llene el silencio entre nosotras.

Quizá no pueda arreglar el mundo hoy.

Quizá no pueda arreglarme a mí misma hoy.

Pero puedo sentarme aquí, en esta cocina, con el olor a café, a huevos, a aire de mar, y sentir… algo que no sea estar rota.

Quizá con eso baste por ahora.

El spa de Irene está en pleno centro de Chatham, encajado entre una panadería que huele a gloria y una galería de arte llena de acuarelas marinas. El cartel de la entrada está pintado a mano: Seacliff Sanctuary.

Dentro, todo es blanco, dorado y azul suave. El aire huele a eucalipto y a velas caras. Las mujeres con uniformes negros a juego se detienen en seco cuando entra Irene.

—¡Jefa! —exclama una de ellas—. ¡Llegas pronto!

—He traído a una invitada —anuncia Irene, posando una mano en mi hombro—. Tratamiento completo. De pies a cabeza. Sin escatimar.

Se me encienden las mejillas.

—Tía Susan, yo no...

Susan agita la mano.

—Déjala.

Antes de darme cuenta, estoy sentada en un sillón de pedicura mientras una mujer me masajea las pantorrillas.

Otra me empieza a pintar las uñas con un esmalte neutro pálido que hace que mis manos parezcan mucho más elegantes de lo que deberían.

Alguien más trae agua tibia con cítricos para un baño de manos.

Aparece una masajista, pura serenidad y voz suave, y me deshace los nudos de los hombros hasta que algo se afloja en mi pecho.

No me siento bien.

Pero me siento… mimada.

Y eso ya es algo.

Entonces Irene aparece a mi lado y da una palmada.

—Hora del pelo, cariño.

Me lleva a una sala privada con espejos altos y luz potente. Mi pelo corto y húmedo se me pega a la mandíbula. Todavía apenas me reconozco.

Irene me pasa los dedos por el pelo.

—Corte perfecto —dice—. Ahora vamos a pulirlo.

Sus tijeras se deslizan como si estuviera pintando.

Navaja en las puntas.

Plancha para dar brillo.

El secador lo arrastra todo hacia delante, esculpido, no suave.

Cuando termina, me veo... peligrosa.

No peligrosa tipo desastre.

No peligrosa tipo rota.

Peligrosa con control.

Una chica renacida en fuego y viento de mar.

Todas en la sala sueltan un «joder» en voz baja.

Hasta Susan silba.

Todavía me estoy mirando cuando mi teléfono —en realidad el de la tía Susan, porque el mío sigue en casa— vibra en su bolso. Contesta en altavoz.

—¿Diga?

—¡SOY YO! —casi grita Shani.

—Joder, niña, no grites —dice Susan, estremeciéndose.

—¿DÓNDE ESTÁIS? Leo está FLIPANDO. Se presentó en el Barn esta mañana preguntando si la habíamos visto.

Luego se presentó en MI CASA. ¡Está dando vueltas como un golden retriever desquiciado!

Y todo el mundo en el instituto está intentando averiguar si se escabulló avergonzada o si se ha ido para siempre.

Susan me mira con atención.

Aprieto la mandíbula.

Escabullirse.

Irse para siempre.

¿Eso es lo que todos piensan?

Le quito el teléfono de la mano.

—Shani.

—¿Estás bien? ¿Quieres que vaya...?

—No —la corto—. Escúchame. NO estoy huyendo de nada.

Silencio.

Luego una inspiración suave.

—Vale —dice Shani—. Vale, tía. ¿Qué quieres que les diga?

Me miro en el espejo.

El corte afilado.

La postura más firme.

La chica que todavía sufre pero que ha dejado de ser presa.

—Diles —digo despacio— que habrá una nueva reina perra en la ciudad cuando vuelva.

Susan resopla. Irene suelta una carcajada. Una de las estilistas se lleva la mano a la boca, boquiabierta.

Shani se ríe como si llevara años esperando este momento.

—Eso se lo voy a decir SEGURO.

Cuelgo.

Me invade por oleadas:

rabia, dolor, humillación, determinación.

Todo superpuesto, revuelto y ardiente.

Irene lo ve todo.

No dice nada.

Solo me pasa un pañuelo y me da un beso en la coronilla.

—Terminemos la transformación —dice.

Salimos del salón y nos vamos de tiendas.

Susan me da un sobre con dinero.

—Parte del regalo —dice—. Ropa nueva para el nuevo look.

Protesto unos treinta segundos antes de rendirme.

Todo lo que me atrae es negro.

Jerséis negros.

Faldas negras.

Pantalones negros.

Bodies negros.

Botas negras.

Pero entonces...

Entonces la veo.

Colgada en la esquina de una boutique de segunda mano como un tesoro que alguien dejó atrás.

Una chaqueta de cuero negro.

Cuero auténtico.

Corte de los ochenta.

Flecos que caen de las mangas como medianoche desgarrada.

La toco y algo dentro de mí se enciende.

Parece que una princesa punk se la robó a una motera.

—La necesito —susurro.

—Es muy tú —dice Irene.

Ni siquiera miro el precio.

Me gasto casi todo lo que tengo.

Después compro unas botas de ante con tacón.

También negras.

Aptas para el código de vestimenta.

Pero lo bastante peligrosas para que la gente se quede mirando.

De vuelta en la casa, Irene me lleva al baño y me enseña a maquillarme.

Delineador negro carbón.

Ojos ahumados suaves.

Contorno afilado en los pómulos.

Labios nude mate con un toque de subtono frío.

Energía de modelo europea.

No gótica.

No triste.

Fuerte.

Intocable.

Renacida.

Cuando por fin me veo en el espejo, no reconozco a la chica que me devuelve la mirada.