El poder más allá de un dios #3
Las escaleras, la puerta y las grandes torres de asalto.
Era ahora su momento. Sin nada que las frenase, las grandes torres de asalto habían llegado a la parte más próxima a la muralla.
Los pequeños abrojos no eran un obstáculo lo suficientemente fuerte como para frenar su avance.
Las bestias de su interior caminaban sobre ellos, sufriendo cortes que sus captores obviaban para conseguir su fin.
Dentro decenas de gorls esperaban impacientes a que se bajase el levadizo que uniría la torre con la muralla.
Una unión que desencadenaría un encuentro sangriento entre ellos y los soldados.
Los arqueros, nerviosos, preparaban sus flechas para recibirlos e intentar frenar su acceso a la ciudad.
Y ocurrió. El primer levadizo bajó y los gorls salían con sed de sangre en busca de aquellos soldados.
Los primeros, portaban grandes escudos para protegerse de las flechas de los arqueros.
Poco a poco, empujados por más gorls que subían desde la parte baja de la muralla hasta la zona alta de la torre de asedio, atravesaban el levadizo y llegaban hasta el maltrecho adarve.
Allí, recibían el ataque de los soldados, quienes golpeaban con dureza los grandes escudos.
En algunos casos consiguiendo desarmarlos y dejarlos en un cuerpo a cuerpo más igualado en armas, que no en fuerzas.
Muchos de los primeros gorls perecían a manos de los soldados que, con grandes lanzas, trataban de mantener en el levadizo a la mayoría de sus atacantes.
-¡Cortad las cuerdas!-, gritaba un capitán. -¡No dejéis que unan sus torres!
La lluvia de flechas gorl era incesante sobre la parte alta de la muralla.
Arik buscaba mantener fuerte la puerta principal.
Si la puerta caía, la ciudad se vería seriamente comprometida.
Las tormentarias lanzaban una lluvia continua de flechas sobre la horda.
Trataban de evitar que se concentrasen junto al ariete de la puerta principal.
Los arqueros usaban sus flechas para frenar a los gorl que llegaban en las torres y subían por las escaleras de asalto.
El acero de las espadas protegía la muralla en su parte alta.
Cada general, cada capitán, cada soldado, todos sabían exactamente cuál era su función. Su vida estaba en juego.
Las torres de asalto llenaban ya de gorls la parte alta de la muralla, debilitando las defensas de Azog. Poco a poco, su mayor fuerza de empuje y ataque reducía la presencia de soldados que intentaban frenarlos.
Loki, era un ser divino, pero no tenía la capacidad de volar.
Si quería entrar a la ciudad, había de seguir el mismo camino que los gorls a quienes comandaba.
Su objetivo era doble y, según el, altamente gratificante.
Por un lado, provocar el caos y la destrucción de Azog.
Por otro, recuperar su daga. El orden de ambos le era indiferente, pues su soberbia le hacía esperar conseguir ambos.
Su destreza en la lucha y sus artimañas le permitieron subir por una de las torres de asalto hasta la parte alta de la muralla.
Protegido frente a las flechas por los escudos de varios gorls y por su capacidad divina, caminaba por el adarve en busca de Arik.
Éste permanecía inmerso en la batalla y concentrado en proteger la puerta de acceso.
Con un uso continuo e incansable de sus espadas, trataba de hacer frente a los gorls que conseguían acceder a la parte alta de la muralla.
En su lucha, Arik notaba la constante y penetrante mirada del dios del caos sobre él.
Se volteó hacia donde esa sensación era mayor, y allí estaba.
-Tienes algo que me pertenece-, le dijo Loki extendiendo su mano.
Arik, miró su cinturón, donde llevaba envainada la daga, y le dijo:
-Si la quieres, ven a por ella-.
Loki, hizo el mismo gesto con su mano que cuando Nitsuga se negó a entregarle la daga, pero ésta no se movió de su sitio.
Contrariado, caminó lentamente hacia la sombra.
En su camino no dejó de hacer ese gesto de atracción con su mano.
Finalmente, desistió. Acto seguido, todos aquellos seres en los que se había dividido se fusionaron en uno solo.
Hizo entonces, de nuevo, aquel raro gesto y la daga salió hacia su mano.
Sonrió. Sin dudarlo, fue hacia Arik. Dando uso a su poder, se colocó justo delante de él y, cogiéndole de su cuello con una de sus manos, utilizó su daga para apuñalarle en el abdomen. Tras ello, susurró:
-No puedes matar a un dios-.
En ese mismo momento, Moel, que había estado escondida entre las sombras, saltó hacia Loki.
En su mano, una daga igual a la que este portaba.
Asestó un golpe para atravesar su pecho por la espalda.
El dios, vigilante, extendió su brazo para frenar a la joven, agarrándola por el cuello y soltando el de un Arik malherido. Se giró y gritó:
-¡¿Crees que tú sí eres digna de matar a un dios?!
Moel sufría ahora el error de no haber llegado hasta él. Su cuello tenía tanta presión que Loki no era capaz de entender lo que la joven trataba de responder, intentando a su vez respirar. Soltó parte de la presión que hacía sobre ella, para escuchar:
-Quizá, yo no. Pero él sí.
En ese mismo momento, Arik utilizó su destreza para conseguir doblar el brazo del sorprendido dios hasta llevar su daga a su cuello asestándole una puñalada, con la verdadera daga de Loki.
La sangre del dios brotaba sin parar. Éste, incrédulo, soltaba a la joven e intentaba cubrir su herida para evitar que corriese su sangre, sin éxito.
Cayó de rodillas, ensangrentado y sabedor de que sus días llegaban a su fin.
Fue Moel quien, en un ataque de ira, pegó una patada al dios para hacerlo caer al suelo, muerto.
-¡Papá!-, gritaba Moel preocupada, cayendo de rodillas junto a él. Esta vez no como guerrera, sino como hija.
Arik había caído también al suelo. Semitumbado, mal herido y con el abdomen ensangrentado. Entre gestos de dolor, levantó sus vestiduras.
-He tenido suerte de llevar tu malla-, dijo
Llevaba la malla de iromadio que su hermano Ordep le había regalado y, que esta vez, como en tantas otras ocasiones, le había podido salvar la vida.
Moel se la dejó a su padre sabedora de que él ofrecería su vida a cambio de poder derrotar a su enemigo.
Un metal capaz de parar a cualquier otro metal de este mundo y, al parecer, frenar a aquellos a los que solo los dioses podían acceder, o eso pensó Arik.
La batalla continuaba y los gorls entraban cada vez en mayor número en la ciudad, sobrepasando la muralla y causando un gran número de bajas entre los soldados. La situación parecía no tener ya freno y los soldados trataban de retrasar en vano aquello que resultaba inevitable.