Nueve lunas de Antares El poder más allá de un dios #2
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El poder más allá de un dios #2

Pese a la gran altura de las murallas, estas habían de ser defendidas.

Dos tercios de los destacamentos de soldados estarían dispuestos, tras sus escudos, en la parte alta de las murallas.

Entre ellos, protegidos por los escudos, los arqueros.

Entre ellos, también, los encargados de cortar cualquier intento de acceso a la parte alta de la muralla.

Para ello, portaban afiladas hachas y cuchillos, con los que cortar las cuerdas o cualquier tipo de sujeción que permitiese al enemigo intentar escalar por la pared de la muralla.

Al regresar, Arik vio como todo lo que había dicho se estaba llevando a cabo. Los soldados estaban ya listos, preparando sus posiciones. Las pocas amazonas que aún estaban en Azog dejaron sus caballos y se dispusieron alrededor de la zona de los refugios.

Arik, estuvo en la sala del trono el tiempo justo.

Pidió a uno de los generales que tomase el mando del tercio de retaguardia, de aquellos que protegerían la zona sur de la ciudad.

Tras eso, se desplazó hacia la parte de la muralla que daba al norte, junto al resto de soldados.

Todo estaba dispuesto. Subió acompañado de Naa al torreón más próximo.

Necesitaba ver con claridad cuál era la situación.

Su mirada, preocupada, trataba de averiguar si sus enemigos cumplirían su palabra y cuándo. La cumplieron.

-¡Baruuuu!, ¡Baruuuu!-, los cuernos gorl suenan.

Poco a poco, miles de gorls salen de la arboleda colocándose a tan solo unas decenas de metros por delante.

Por el camino de acceso aparece una cuadriga.

No iba tirada por caballos. Iba tirada por gorls.

Loki dejaba claro quien tenía el poder. Quien dominaba la horda.

Quien era un dios. Y, sobre todo, que los gorls, para él, no son más que una mera herramienta para sembrar su caos.

Seres inferiores incapaces de luchar por su libertad por miedo.

Miedo a perecer bajo su poder, el poder de un dios.

Arik se asoma buscando los ojos de Loki.

Éste, le observa en la distancia. Se sonríe y le enseña la vaina de su daga, vacía.

En un gesto de furia y desdén, la tira al suelo.

Tras eso, da uso a su poder y su cuerpo se divide en diez seres divinos, cada uno de los cuales se dispone al frente de una parte de la horda.

Como si fuese él quien quisiese liderar todo el asedio a la ciudad.

Mira desde su puesto en aquél carro a cada una de sus imágenes y, con un gesto de su bastón, da comienzo el ataque.

Los gorls avanzan hacia la muralla protegidos bajo enormes escudos de una continua lluvia de flechas.

Flechas que provenían de las dos tormentarias del interior y los cientos de arqueros dispuestos a lo largo de la muralla.

De entre la arboleda, y al ritmo de los guerreros, salían también varios carros tortuga.

Empujados desde su interior por los gorls, portaban grandes escaleras para el acceso a la muralla.

El cuello de botella donde se encontraban hacía que las grandes máquinas tuviesen que tomar el camino principal de acceso.

Mover torres de asalto de madera y hierro, de más de veinte toneladas, aún con grandes elefantes empujando en su interior, no era una tarea fácil.

Más aún, si el terreno no era lo suficientemente accesible.

Dos grandes torres de asalto dejaban paso a un enorme ariete.

Protegido en el interior de uno de los carros tortuga, intentaba llegar hasta la puerta de entrada.

Desde la zona arbolada, los grupos de arqueros gorls, lanzaban sus flechas sobre la muralla, intentado habilitar el paso de los carros tortuga.

Estos, debían estar lo suficientemente cerca como para lanzar sus cuerdas.

Solo así podían conseguir elevar sus escaleras.

Su avance era lento, protegido en todo momento bajo sus escudos.

Arik, desde su puesto, ordenaba abrir fuego sobre sus atacantes.

Las tormentarias hacían llover sobre los gorls las enormes flechas que cargaban.

Las ballestas impactaban contra las enormes torres de asalto.

Arik tomó como aliado el fuego. Si conseguían hacer arder las torres, quizá estas se detuviesen.

Con suerte, bloquearían el paso de las que viniesen desde detrás.

Las pequeñas catapultas de la muralla impactaban en las torres de asalto con grandes tinajas llenas de sebo y aceites, para avivar el fuego de las grandes flechas incendiarias lanzadas por las ballestas.

Uno de los soldados avisó a Arik de la presencia de un ariete bajo uno de los carros tortuga. Habían de frenarlo.

-Disparad las ballestas-, dijo.

Habían preparado unas pequeñas tinajas incendiarias que los soldados lanzaban contra el carro usando unas pequeñas ballestas modificadas para ello.

Tras eso, los arqueros apostados en las saeteras de la puerta lanzaban flechas incendiarias sobre el carro del ariete para hacerlo arder.

Bajo el fuego, los gorls seguían empujando hacia la puerta.

Para ayudarles, Loki extinguía el fuego, una y otra vez.

Las numerosas bajas eran cubiertas por nuevos gorls que llegaban para seguir empujando el carro.

Muchas eran las flechas que tenían escrito el nombre del dios del caos, sin embargo, ninguna de ellas conseguía impactar sobre él.

Naa miraba a Arik, con gesto de aprobación.

Parecía que eran capaces de contener a la horda.

Sin embargo, Arik, sabedor del tamaño y la fuerza de esta, dudaba de poder vencer esta batalla si continuaban solos.

Tan sólo esperaba aguantar el asedio hasta la llegada de las tropas de Naví y Afar, a quienes habían mandado aviso.

Pronto, esa efímera sensación de control desapareció.

Enormes proyectiles, procedentes de las catapultas situadas tras la arboleda, hacían impacto en la muralla y en el interior de la ciudad.

Se creaba un caos momentáneo, que Arik trataba de controlar.

Reposicionaba sus catapultas para intentar impactar, a ciegas, sobre aquellas.

Sabía que sus opciones eran pocas, pero había de frenarlas fuese como fuese.

Al haber estado junto a esas catapultas sabía su tamaño no era tan grande como para estar a más de quinientos metros desde donde hacían impacto.

Una distancia similar a la que podían llegar sus catapultas.

Pidió a sus soldados que se olvidasen ahora de las torres y se concentrasen en aquellos objetivos, ahora, prioritarios, por el impacto destructivo que provocaban.

Las catapultas gorl, habían impactado y provocado que la muralla cayese en parte, por lo que su defensa se hacía más compleja.

Las bajas de soldados y la dificultad de defensa, hacía que los carros tortuga se girasen para posicionar las escaleras, lanzando sus cuerdas a la parte superior de la muralla, como sujeción.

Cuerdas que los soldados encargados de ello cortaban desde la parte alta para evitar el ascenso.

Mientras los gorls intentaban subir por esas escaleras, desde los matacanes se lanzaban líquidos ardientes, orines, heces y todo aquello que les hiciese imposible el ascenso.

Lanzaban una y otra vez las grandes estructuras cilíndricas de metal huecas, rellenas de paja y madera ardiendo, con pinchos por toda su zona de metal, que impactaban sobre todos aquellos que estaban a su paso.

Algo que los gorls trataban de evitar, poniendo a su paso el mayor número de impedimentos que obstaculizase su recogida.

El daño a la muralla era cada vez mayor con el impacto de las catapultas.

Pese a su gran altura, era cada vez más difícil de defender.

El ariete, golpeaba el primer rastrillo con fuerza, buscando desencajarlo de la tierra.

Los gorls sabían que con aquello no iban a conseguir derruirlo, por lo que trasladaron hasta allí, bajo una gran estructura, a dos de sus elefantes, a quienes ataron para tirar ambos del mismo extremo del rastrillo.

Poco a poco, las bestias, forzadas bajo un uso continuo de grandes látigos, consiguieron desencajar el rastrillo y arrancarlo de su posición.

Dejaban así el acceso a la puerta libre para el gigantesco ariete.

Los golpeos eran continuos, en busca de conseguir el acceso de la horda a la ciudad.

La gran presión sobre la puerta hizo que Arik ordenase que lanzasen junto a ella cientos de abrojos.

Estrellas de metal de pequeño tamaño con un centro más o menos esférico del que salen cuatro afiladas puntas, de no más de tres o cuatro centímetros.

Estos, se usaban para obstaculizar el avance en la batalla, pues su función era doble.

Al lanzarlos, podían impactar y herir a sus oponentes.

Por otro lado, al estar en el campo de batalla, si los pisaban, provocaban cortes en sus pies o los de los animales, evitando que pudiesen seguir desplazándose y avanzando hacia la muralla.

Además, Arik unió a su función de corte otra más especial.

Mandó sumergir todos ellos en aceites combinados con veneno.

Un veneno paralizante, que dificultaba la movilidad de quien lo recibía.

Los que cayeron en la zona de la puerta, hacían muy difícil ahora el mover el ariete, por los cortes y el veneno.

Esto frenó el empuje de la horda sobre la puerta de la ciudad, dando un fugaz respiro a los soldados.

Loki, viendo tal situación, ordenó a sus guerreros retirar los que pudiesen de la zona de paso del ariete, para proseguir con su ataque a la puerta.

Sustituyó a aquellos gorls inmóviles por otros que pudiesen llevar a cabo su tarea.

El número de gorls que caía por el veneno y los cortes de tan pequeñas armas defensivas, era casi mayor al provocado por las flechas de los arqueros que intentaban frenarlos.