El poder más allá de un dios
A ngra Mainyu había vuelto al inframundo. Un dios cautivo de un mundo creado sólo para él. Allí su poder era absoluto. Nada podía oponerse a su voluntad. Un poder oscuro que compensaba la luz de todos los universos conocidos.
Reiva, aturdido, abría sus ojos. Entre el sonido de gritos y lamentos veía como el gran demonio estaba junto su trono de dolor, haciendo lo que mejor se le daba, infligir sufrimiento.
Dolor a quienes en su vida habían optado por ese camino.
Cuando recuperó su conciencia, estaba encadenado.
De pie, colgando de sus brazos extendidos hacia arriba.
Intentó zafarse de las cadenas, pero no pudo.
El gran demonio lo había hecho preso con las cadenas que el mismo Reiva creó para encadenar al dios Kronos.
-Veo que ya estás con nosotros-, dijo Angra Mainyu
-¡Suéltame!, y seré benévolo contigo-, respondía Reiva.
-¿Benévolo?-, reía Angra Mainyu. -Estás en mi mundo, ¡mi universo!
-, gritaba. -Aquí, ¡tú no eres nadie!. Ni siquiera eres capaz de zafarte de esas simples cadenas.
Tú mismo enlazaste nuestros destinos. Así que, ahora, por siempre, permanecerás aquí, en mi mundo.
Y puedo asegurarte que voy a hacerte sufrir cada segundo de cada minuto de tu miserable existencia.
Reiva, cabizbajo al ver que Angra Mainyu no entraba en razón, poco a poco levantaba su cabeza para observarle.
Éste, se había situado delante de él para regodearse de la situación en la que se encontraba.
Lentamente, Reiva se incorporaba y deshacía su atadura de las cadenas.
Tiraba de ellas mientras se deshacían al contacto con sus manos.
Mientras esto ocurría, caminaba hacia Angra Mainyu.
El demonio abría sus ojos. Asombrado. Incrédulo con lo que estaba sucediendo.
Retrocedió. Quería poner distancia entre ambos mientras asimilaba lo que ocurría.
-Tú no puedes hacer eso-, decía Angra Mainyu, temeroso de lo que podía ocurrir. -Aquí soy yo quien tiene todo el poder. Aquí, ¡yo soy el dios!.
A esas palabras, igual de temerosas que desafiantes, le siguió una acción desesperada del gran demonio por derrotar a Reiva.
Lanzó su kabastin contra él, en repetidas ocasiones.
Ni su gran látigo, ni su fuerza, ni sus poderes divinos conseguían amedrentar y derrotar a un Reiva que había decido mostrar su yo verdadero.
-Has olvidado quien soy. Soy Ananké, Ki, Antu y miles de nombres más. Yo no estoy a merced del destino. Yo soy el destino. Yo ¡soy tu DIOS!-, dijo Reiva, en un tono que sentenciaba y ponía fin a la contienda que Angra Mainyu había iniciado.
Ese era Reiva. Superior no solo a los hombres y demás seres mortales e inmortales de los miles de universos conocidos, sino superior incluso a los dioses. El Hado o dios supremo.
Reiva se acercó a Angra Mainyu y, tras ver como éste asumía que no era rival para él, se apartó.
Abrió un portal para abandonar el inframundo y volver a su propio universo.
Un universo donde se encontraba el monasterio en el que había permanecido durante siglos, y desde el que controlaba el transcurso del destino en los diferentes planos y tiempos de los miles de universos.
Fue allí, en aquél monasterio, donde los propios monjes le informaron de todo lo acontecido durante su ausencia.
Abandonó un mundo que parecía dejar en paz y encontró un mundo que había podido alterar el equilibrio del universo.
La no existencia de laimas dejaba el destino en manos del libre albedrío.
Una existencia sin un fin no podía generar sino caos.
Debía reponer el equilibrio. Reiva pidió a los designios del destino que volviesen a seleccionar a sus laimas.
Mientras, él restablecería la línea en cada uno de los universos en los que la ausencia de laimas había podido desviarla.
Decidió empezar por el origen de todo este caos.
Decidió empezar por el mundo donde las laimas habían sido asesinadas.
-Mi reina, ha regresado-, anunciaba un soldado al entrar en la sala del trono.
-Ledif, me tenías preocupada-, decía Naa, girándose hacia la voz del soldado. Su sorpresa fue mayúscula al ver que a quien encontró no era al viejo general, sino a Arik.
-Soy yo, mi reina-, respondía Arik, con una suave reverencia de su cabeza. -Ledif, y el resto de soldados, han caído.
-Pero, ¿cómo?. Eran más de cincuenta soldados para examinar una columna de humo. ¿Qué pasó?-, preguntaba nerviosa.
-Los gorls, no se han ido-, respondía Arik, ante una sorprendida reina.
-La horda está acampada tras las colinas, al final de la arboleda.
La columna de humo fue cosa mía. Hice prender un fuego para avisar del camino a seguir.
Lo que no contaba era con los miles de gorls apostados allí-, proseguía Arik.
El fantasma continuó detallando la situación en la que se encontraban a Naa y al resto de generales de la sala.
La horda, que en un principio quería atacar la ciudad bajo el mando de un gorl despiadado y asesino, era ahora liderada por un dios mentalmente inestable, experto en engaños y en generar el caos y la destrucción allí por donde pasa.
Un dios inmortal, que como tal, solo podía morir a manos de otro dios o de un arma divina. Un arma matadioses.
-Mi reina, debemos preparar la defensa de la ciudad-, decía uno de los generales de la sala del trono.
-Si mandamos emisarios a los reinos de Navi y Afar, quizá consigan encontrarlos antes de que lleguen a sus destinos y puedan regresar a tiempo para ayudarnos-, decía otro de ellos. Su voz denotaba angustia por la consciencia de que sus fuerzas eran ahora muy inferiores a las de la horda.
-Hagamos lo que hagamos, si no cortamos la cabeza de la serpiente, está seguirá mordiendo hasta acabar con todos nosotros-, decía Naa. -Pero, ¿cómo matar a un dios inmortal?-, se preguntaba a sí misma en voz alta.
-Quizá esto nos ayude-, respondía Arik mostrando la daga del propio dios, a quien se la había arrebatado durante su lucha. -Esta es la daga del propio dios del caos, Loki. Es él quien ahora se enfrenta a nosotros-.
Naa se acercó a Arik para observar el arma. Parecía tan…, simple.
-Fue la daga que utilizaron las laimas para devolver a Angra Mainyu al inframundo. Tan solo hemos de conseguir llegar hasta él y clavársela-, exponía Arik.
-¿Tan solo?-, preguntaba irónicamente uno de los generales. -Hablamos de un dios.
-Loki asesinó a Ledif porque creía que tenernos a los dos era demasiada ventaja en la batalla. Demasiado fácil. Le gusta apostar, arriesgar. Tenemos que buscar la forma de engañar al dios del engaño-, dijo Arik.
-Arik, tú conoces a los gorls. Lidera nuestra defensa-, pidió Naa.
-Yo puedo liderar un ataque, pero no sé como liderar una defensa más allá de una escaramuza de distracción-, respondía Arik.
-Si comparas nuestro ejército con el tamaño de la horda, esto sería lo más parecido a una escaramuza que puedes encontrar, ¿no crees?-, le decía uno de los generales.
Se hizo el silencio. Toda la sala le miró. Naa se acercó en busca de su respuesta.
-Está bien-, dijo finalmente Arik. -Nos vemos aquí en cuatro horas.
He de hacer algo muy importante para mí.
Hasta entonces, señores, necesito que todos los soldados que hayan quedado en Azog estén listos para la batalla, y…
-, poco a poco, Arik enumeraba todas las cosas que necesitaba que hiciesen durante el período de tiempo que él iba a estar fuera.
Arik salía de la sala, y los generales llamaban a los capitanes de los distintos regimientos para cumplir escrupulosamente con cada una de las peticiones de Arik.
Sabían que el ataque de la horda iba a ser una explosión de fuerza bruta, y se preparaban para ello.
No podían, sin embargo, dejar de lado la idea de que quizá se podía producir un sitio prolongado en el tiempo.
Por si este ocurriese, necesitaban abastecer sus despensas de alimentos y proteger su acceso a la fuente de agua.
Un agua que circulaba mediante los canales del río bajo la ciudad.
Canales que a su vez hacían accesible bajo el agua a Azog y que tenían que ser cerrados y reforzados.
La ciudad de Azog tenía en el norte su punto débil.
No contaba con el Orbe como foso natural para proteger el acceso a sus murallas.
Solo piedra y acero. Sus murallas eran mucho más altas en esta zona.
Contaban con un mayor número de saeteras y matacanes que permitían una defensa más activa desde las alturas.
Al igual que en el sur, la zona norte contaba con grandes portones de madera y metal.
Portones reforzados con enormes rastrillos levadizos de grueso hierro fundido.
Rastrillos que al caer clavaban sus puntas en el suelo bloqueando por completo el acceso.
Dos rastrillos, uno fuera y otro dentro.
Tras el rastrillo del interior, tormentarias.
En los torreones y los matacanes, se disponían ahora las grandes ballestas.
El acceso a la puerta norte estaba limitado por la arboleda.
Tan solo había una línea de unos cincuenta metros entre ésta y las murallas de la ciudad.
Hasta allí solo se podía acceder por un estrecho camino para carruajes.
Era un embudo natural por el que debería de pasar toda la fuerza de batalla gorl.
Un embudo que permitía centrar la fuerza de Azog en ese punto y evitar la entrada de grandes máquinas a la zona de la muralla.Ese era su principal y único objetivo. Del resto, se ocuparían los arqueros.