Nueve lunas de Antares El poder más allá de un dios #4
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El poder más allá de un dios #4

El mundo pareció estallar. Un enorme estruendo sonó a lo largo de toda la zona donde la ciudad se erigía.

No fue un sonido. El suelo tembló. Una presión brutal aplastó el aire, derrumbó murallas, derribó torres, carros y arrojó a hombres y gorls como muñecos.

La batalla se detuvo. La incertidumbre, el miedo y la curiosidad se apoderaron de todos los que allí se encontraban.

Todo se paró. Surgió el silencio. Y, allí estaba.

Caminando inalterable hacia la zona más dura de la contienda.

Pasando entre unos y otros, temerosos de lo que aquél podía llegar a hacerles.

Ananké había liberado todo su poder. Con el torso sólo vestido por cicatrices y tatuajes, blandía la temida espada de Khrysos, capaz de matar a cualquier ser celestial.

Avanzaba pensativo, observando. Sus ojos recorrían rostros.

Buscaba a los culpables de haber matado al destino y liberado el libre albedrío.

A quienes habían roto este y otros mundos.

A su paso, se podía sentir el caos entre los gorls y los soldados presentes en el campo de batalla.

Algunos se arrodillaron frente él. Otros retrocedieron.

Ninguno tuvo valor de alzarse en armas contra él.

Al llegar a la zona de la puerta de la ciudad, llamó ante él a los jefes de los distintos clanes de la horda.

-Habéis sido vosotros-, dijo a los gorls sin alzar la voz.

-Todos vosotros, habéis matado el destino.

Pensabais que matar a quienes escribían el mundo os haría libres.

Os equivocasteis. Habéis liberado el libre albedrío y provocado caos en este y otros mundos.

He dejado en manos de los designios del universo el recomponer aquello que vuestros pueblos han destruido.

Las laimas han vuelto. Y lo han hecho de mi mano.

Podría borrar vuestra existencia, pero no lo haré.

¡Volved al sur!. Ser libres, prosperar o fracasar, sin excusas, ni a nadie a quien culpar.

Escribir vuestra propia historia con alianzas, no con guerras. Esta guerra ha terminado-, sentenció.

No había condiciones, ni reprimendas. Solo obediencia y miedo.

Un miedo que nadie desde ese día olvidaría nunca.

Los cuernos gorl volvieron a sonar, esta vez a retirada.

La horda replegaba sus fuerzas, recogía a sus heridos y sus muertos, abandonando el campo de batalla y volviendo al campamento tras las colinas. Habían de prepararse para partir.

-Vosotros-, murmuró mirando a la zona alta de la muralla.

Tras pedir la marcha de los gorls, Ananké empujó y abrió la enorme puerta con sus manos.

Levantó los pesados rastrillos como si el metal fuese aire.

Su caminar era pausado y confiado. A su alrededor solo existía el miedo.

Nadie asumiría el riesgo de enfrentarse a él.

Subió hasta la zona de la muralla donde estaba el cuerpo sin vida de Loki.

Se agachó y puso su mano sobre él. El cuerpo se transformó en polvo.

Partículas que se marcharon volando, como una bandada de estorninos en invierno.

Como si nunca hubiese estado en ese mundo.

Seguidamente, se puso en pie y miró a Moel, quien estaba ahora de pie, junto a su padre, en actitud defensiva.

-Eres muy valiente, muchacha-, dijo. -En aquel pozo, te dije que volverías a estar con tu padre.

Ananké caminó hacia Arik. Dejó su espada en el suelo y puso su mano sobre el abdomen de este. El malherido soldado empezó a sanar de su herida. Al poco, Ananké se levantó, miró nuevamente a Moel y le dijo:

-Tú destino es tuyo. Depende de ti que sepas escribir tu historia de la manera correcta.

Naa y los generales, habían acudido a la zona donde Ananké se encontraba. Todos ellos, temerosos, blandían sus espadas en actitud protectora para con su reina.

-¿Y ahora qué?-, preguntaba Naa.

Ananké se giró pausadamente hacia ella, y dijo:

-Los designios del destino han hecho regresar a las laimas. Se ha comenzado a restablecer el equilibrio en este mundo. Ahora, habéis de escribir vuestra propia historia. Vuestro libro vuelve a estar en blanco.

Tras esto, Ananké volvió a abrir un portal y desapareció.

Arik se incorporó, dolorido, ayudado por Moel, quien le sostenía apoyado en su hombro.

-Mi reina, creo que es hora, ahora sí, de tener un nuevo comienzo-, dijo Arik.

Fue Naa ahora quien asintió con la cabeza. Se giró hacia sus generales y pidió que comenzasen a reconstruir la ciudad y la vida de todos los que allí se encontrasen. Una nueva vida, una nueva historia, un nuevo destino. Nada estaba escrito. Y quizá esto fuese lo que más miedo le daba a Naa.

La horda, tras las colinas, no podía marchar sin un líder que pusiese orden entre los diferentes clanes.

Habían de decidir quién sería su nuevo líder.

Un líder fuerte, un guía. Alguien que les llevase como un pueblo unido hacia su nueva historia.

Una historia que podía estar escrita en el sur, o no.

Allí, en la novena luna, del noveno planeta de la constelación de Escorpio, bajo la luz brillante de Antares, una suave nube de brillante polvo se posaba sobre un suelo de fino material pulido.

Poco a poco, el polvo acumulado cobraba forma.

La forma del dios del caos, caído en batalla.

Envuelto en el silencio de la estancia, un ser de aspecto humano se acercó hasta él.

Se arrodilló junto a la figura tumbada para comprobar su estado.

Al girarlo, tembloroso, pudo observar que aquel cuerpo, sin vida, no era el de un dios, no era el de un monstruo, sino el de su propio hijo.