Destino abierto #3
Por el camino, Nitsuga se asegura de que los clanes estén listos para atacar la ciudad.
Sabe que, cuando las tres laimas mueran, dispondrán de poco tiempo para poder conquistar Azog.
Han de actuar antes de que el propio destino vuelva a hacer esclavas del tiempo a tres nuevos seres que le permitan escribir las líneas de sus designios en todos y para todos los universos conocidos.
El movimiento de los gorls llevó a Arik hasta una zona en la que podía observar una gran jaula, tapada en su parte alta por una desgarrada lona, y cuyas paredes eran gruesos barrotes de metal.
Dentro de la jaula estaban las tres laimas del destino.
Linaek estaba allí, aparentemente viva e inconsciente.
Arik sintió sensación de alivio al verla.
Ahora, tenía que buscar la manera de poder liberarla.
Udé extiende su brazo y le cede la daga de Loki.
-Aquí está-, dice con voz contrariada y preocupada.
-¿Qué ocurre Udé?-, pregunta Nitsuga.
-Las laimas. Me han dicho que, para usar la daga, hemos de pedir permiso a su legítimo dueño. A Loki-, respondía Udé. -Es más, me han dicho que, quien la use, ha de estar dispuesto a pagar el precio que el dios marque por ello-.
Nitsuga se detiene y, con la daga en su mano izquierda, apoya su mano derecha sobre el hombro de Udé, diciendo:
-No creo que al dios del caos le importe que sembremos caos en su nombre. Más que pedirnos algo, debería compensarnos por hacerlo, ¿no te parece?
Los gorls se amontonaban alrededor de la jaula, como si estuviesen esperando algo.
Al poco, apareció un enorme gorl. Al mismo tiempo, un grupo de unos cincuenta gorls, junto a unos lobos gigantes, parecían partir en busca de algo.
Alto y musculosamente imponente, el gorl a quien todos vitoreaban, llevaba en sus manos una intrigante daga.
Se paró frente a la jaula, mientras hablaba al resto de gorls, incitándoles a vitorear sus actos.
Tres gorls sacaron a las laimas de la celda, tirando de ellas, entre empujones y arrastrones.
A Linaek, quien hasta entonces permanecía inconsciente, le despertaron lanzándole un cubo de agua sucia.
Todos reían. A Cloto, la arrodillaron agarrándola de su melena, postrándola frente al gorl de la daga.
Algo similar hicieron con Átropos y con Láquesis, dejando a las tres laimas de rodillas, juntas y postradas ante él.
Arik se dio cuenta entonces de que ese gran gorl debía ser el nuevo líder de la horda.
Todos vitoreaban sus palabras y alentaban sus acciones.
Nitsuga, se escuchaba entre vítores. Nitsuga se acercó a las tres laimas, y pidió que las pusieran de pie.
Desenvainó la daga, tirando la vaina al suelo.
Con su mano izquierda agarró la cabeza de Linaek.
Con una mirada obsesiva, le susurró algo al oído y acto seguido degolló su cuello.
Cayó muerta al suelo mientras su cuerpo se desangraba.
El despiadado gorl se giró y alzó sus brazos como signo de victoria y poder, secundado el gesto por los vítores de quienes le rodeaban.
Arik, impactado, se quedó inmóvil ante lo que estaba observando.
No gritó. No podías sin ser descubierto.
Su mente trataba de asimilar la pérdida que acababa de acontecer.
El sangriento gorl no se detuvo ahí. Tras recibir su dosis de refuerzo a lo que había hecho, se giró y clavó la daga en el pecho de Átropos.
Con su descomunal fuerza, no solo penetró el corazón de la laima, sino que desgarro su pecho hacia la garganta de la misma, abriéndolo y dejando visible su interior.
Una gran cantidad de sangre cubría el suelo donde las tres laimas se encontraban.
Fue Cloto quien, a sabiendas de su futura muerte, le gritó:
-¡No sabes lo que haces!, ¡no podrás pararle!
Nitsuga, se acercó a ella, y cogiendo su cara con su mano, le dijo:
-Nadie va a poder pararme a mí.
Tras esto, clavó la daga en el abdomen de la laima y la dejó caer.
Cloto se desangraba poco a poco mientras Nitsuga la miraba a los ojos.
El silencio envolvió por instante a los asistentes.
Tras él, Nitsuga se volvió y gritó eufórico, como si hubiese conseguido una gran victoria.
Todos aquellos gorls correspondieron con gritos y vítores a su nuevo líder.
La euforia parecía haberse apoderado de la horda.
Tras la muerte de las tres laimas, entre vítores, y clamor hacia Nitsuga, el cielo se tornó oscuro.
Las nubes se cerraron y ocultaron el sol, con grandes truenos y relámpagos.
El viento se levantó y removió las ramas de los árboles.
El desconcierto se apoderaba ahora de los asistentes.
Tras uno de esos relámpagos, entre un gran movimiento de aire, un fuerte destello se produjo y un ser apareció.
Lo hizo con sus manos y una de sus rodillas ampolladas en el suelo junto a aquél gran gorl.
Todos le miraban estupefactos. Quien podía atreverse a entrar en la horda en ese momento.
Quien podía atreverse a ni si quiera pensar en desafiar a Nitsuga.
El ser, se incorporó, despacio, sin ninguna prisa.
De apariencia humana, su tamaño, no mayor al de un humano normal, no era algo que pudiese impresionar al gran gorl.
Con una larga melena negra, vestía con ropajes de un gran rey soldado.
Armado de un pequeño bastón, lo que más llamaba la atención era lo que lucía en su cabeza.
Una corona, compuesta de dos grandes cuernos frontales y otros dos, de menor tamaño, en los laterales.
-Veo que tienes mi daga-, dijo el ser.
Nitsuga, miró la daga que tenía en sus manos. Desafiante, contestó:
-Ahora, esta daga me pertenece. ¡Pertenece a la horda!. Con ella, ¡vamos a cambiar nuestro destino!
El ser empezó a caminar, sin prisa, por el espacio que los gorls habían dejado. Caminaba y hablaba con él mismo, gesticulando. Nitsuga, y el resto de gorls, le observaban sin decir ni una palabra. Paró y dijo:
-Realmente, no tienes ni idea de quién soy, ¿cierto?
-Si lo que las laimas dijeron es cierto, tú debes de ser Loki-, respondió Nitsuga.