Nueve lunas de Antares Destino abierto #2
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Destino abierto #2

Tras esto, Arik bajó las escaleras y salió de la casa en busca de pistas que le pudiesen llevar hasta ella.

Un pequeño rastro de sangre fresca en el suelo le indicaba la dirección a tomar.

Los captores de Linaek no le podían llevar mucha ventaja.

Tan sólo habían estado fuera un par de horas.

Leinad había dicho que no había pasado demasiado desde que se habían ido de allí.

Su experiencia como rastreador y las prisas de los captores hacían difícil esconder sus pasos.

No sabía si estaría viva, lo que sí sabía era que ahora su objetivo era encontrarla.

Por qué lo habrán hecho, se preguntaba. Por qué a Linaek.

En su camino tras ellos, Arik encontró más de un soldado muerto a su paso.

Soldados que intentaban parar en su huida a enemigos para los que quizá no estaban preparados.

No tardó en atravesar la ciudad y llegar hasta la muralla.

Curiosamente, al extremo contrario por donde apareció el gran felino.

Arik sabía que aquello no podía ser una casualidad.

Desde lo alto de la muralla, observaba en la lejanía para intentar ver el camino por el que se habían podido llevar a Linaek.

A simple vista, nada. Recorrió parte de la zona alta de la muralla por si podía encontrar alguna pista de hacia dónde podía estar.

Encontró restos de sangre y unas cuerdas.

Las habían utilizado para acceder a la ciudad, y, al parecer, para salir de ella.

Al fondo, en la parte baja de la muralla, una enorme mancha de sangre dejaba ver que habían lanzado un cuerpo.

No querían retrasos en su huida. Arik sólo deseaba que ese cuerpo fuese el del gorl muerto a manos de Linaek y no la propia Linaek.

Sin pensarlo un segundo más, sujeto a esas cuerdas, se deslizó por la pared de la muralla hasta la zona por donde parecían haber huido.

Tras poner sus pies en el suelo, avanzó hacia donde se encontraba la mancha de sangre.

Se agachó y toco la zona manchada con sus dedos.

Todavía permanecía húmeda. Desde el suelo, levantó su cabeza para ver si podía ver el camino que habían podido tomar.

Uno de los gorls había pisado la sangre del suelo al recoger el cuerpo y, en su huida, dejaba un rastro de huellas hacia el interior de la arboleda.

A poco más de cien pasos de la muralla, entre la zona más boscosa de la arboleda, Arik encontró una zona de tierra movida y recubierta con ramas.

Se acercó y la removió para ver qué podía haber ahí.

Suspiró. Lo que encontró, no le gustó. De la misma manera aliviaba su acelerado corazón.

Allí, envuelto en una gran tela y atado con cuerdas, se encontraba el cuerpo inerte de un gran gorl.

Con seguridad, era el gorl al que Linaek había dado muerte, pues su cuello lucía una gran y mortal herida.

A la sensación de alivio por no encontrar a Linaek, le siguió la de preocupación por encontrar a un gorl.

Los gorls eran guerreros, asesinos, pero lo eran de honor.

Algo muy serio debía de estar ocurriendo para dejar ahí el cuerpo de uno de ellos.

Sus creencias en el mundo de los espíritus y la necesidad de un ritual para llegar a él, dejaba a ese gorl sin opción de poder optar a ello.

A sabiendas de eso, y a pesar de que sus opciones de poder dar con Linaek disminuían cada segundo que pasaba, decidió lo que un soldado de honor había de hacer.

Sabía que era el fuego quien purificaría ese cuerpo y quien le permitiría viajar al mundo de los espíritus.

Arik sacó el cuerpo de la zona de arena donde estaba semienterrado y lo colocó encima de unas ramas secas, que previamente había amontonado.

Posteriormente, hizo prender esas ramas para que el gran fuego purificador hiciese su función.

No esperó a más. Sabía que la columna de humo alertaría por igual a los soldados de Azog y a quienes se habían llevado a Linaek.

A estos últimos, advirtiéndoles de que iban tras ellos.

Un revuelo en el campamento de la horda alerta a los guardias de Nitsuga.

-¿Qué ocurre?-, pregunta su líder.

-Una columna de humo en la parte baja de la muralla.

Al parecer, un grupo de soldados ha seguido el rastro a la laima.

Hemos soltado a los lobos y enviado a un grupo de guerreros para reducir su incursión a la nada-, respondía Anuj, jefe del clan de los lobos cazadores, y padre de Solrac, a quien Nitsuga había dado muerte al conseguir su estatus de líder.

-¡Solucionadlo!. No quiero distracciones-, exigía Nitsuga.

Un grupo de unos cincuenta gorls salieron en busca de los soldados. Sus cinco lobos gigantes fueron los primeros en llegar.

Un soldado entra apresuradamente en la sala del trono.

-Mi reina, avisan de que hay una columna de humo en la zona sur de la arboleda-, decía nervioso.

-Mandad a un grupo de soldados. No serán más que algunos campesinos quemando malas hiervas-, dictaba Ledif desde la zona de la sala más próxima a las saeteras, sin dejar de mirar por una de ellas. -¡Ah!. Que lleven un carro con agua, no se les haya ido de las manos.

-Discúlpeme, mi general. Pero en vista de lo acontecido, no creo que sea eso-, replicaba el soldado.

-¿A qué te refieres con lo acontecido?-, preguntaba Naa, levantándose de su trono, interesada.

-Hará no más de dos horas, entró en la ciudad uno de los grandes felinos que nos atacaron hace unos días. Causó un gran revuelo y la muerte de varios de los ciudadanos y soldados de Azog-, explicaba el soldado.

-¿Y todavía está por ahí?, ¡Mandad a la guardia!-, decía Naa, nerviosa y temerosa de sus conciudadanos.

-No, majestad. Arik dio buena parte de esa endemoniada bestia-, respondía el soldado.

-¿Entonces…?-, preguntaba con curiosidad Ledif.

-Al parecer, al mismo tiempo, un grupo de gorls entró en Azog y fueron a casa de Arik para llevarse a la laima-, respondía el soldado. -En su incursión, mataron a varios de nuestros soldados. Arik fue tras ellos. Justo por la zona de la ciudad donde está la columna de humo de la arboleda.

-¿De qué nos sirve tener guardias en la ciudad, si no hacen su trabajo?-, preguntaba Ledif enfurecido a uno de los capitanes de la guardia.

El viejo general caminó hasta colocarse junto a Naa y, tras una reverencia de respeto, dijo:

-Mi reina, si me dais permiso, iré yo mismo con un grupo de soldados a ver qué es lo que está sucediendo. No me gustaría tener sorpresas.

Naa hizo un gesto de aceptación y el general se dispuso a salir, no sin antes hacer una última sugerencia a su reina.

-Seguramente, no sea nada. No obstante, sería inteligente tener al ejército dispuesto y doblar la seguridad de la ciudad, por si aquello que no es nada se convirtiese en todo.

Dicho eso, Ledif pidió al soldado y a uno de sus capitanes que le acompañasen y preparasen a cincuenta soldados para su marcha en busca de respuestas. No podían retrasarse, por lo que fueron los soldados de la guardia, ya dispuestos, quienes acompañaron al general.

Arik llegaba hasta donde estaba acampada la horda.

La mayor parte de esta, tras las colinas de la arboleda.

Un lugar prácticamente invisible desde las murallas de Azog.

Sorprendido por el tamaño de la misma, no podía dar crédito a cómo un ejército tan grande había podido pasar desapercibido a los soldados de Naa.

Sabía que los soldados de la ciudad, al ver la columna de humo, habrían salido tras él.

No obstante, no podía esperar. Dependiendo de su número, serían fácilmente detectables por la horda, lo que complicaría su acceso y el posible rescate de Linaek.

La habían raptado con algún fin, por lo que no podía estar muy lejos de la jaima del líder de la horda.

Arik fue hasta allí, entre las sombras, como un fantasma, tal y como siempre había hecho.

-¡Lobos!-, gritaba uno de los soldados de la guardia de la reina.

Los grandes lobos atacaban a los soldados provocando varias bajas entre ellos.

Ledif organizaba una línea de defensa más cerrada para evitar que las bestias los cazasen uno a uno.

El uso de las lanzas largas mantenía a distancia a las bestias, de manera, al menos, temporal.

Sin embargo, en esa ocasión, no contaba con la presencia de gorls.

Y, mucho menos, contaba con una tan numerosa.

No tardaron en rodearles y en comenzar un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

Algunos de los soldados nunca se habían enfrentado a adversarios de su tamaño y fuerza, y perecían bajo sus armas.

Otros, lo hacían en las fauces de los grandes lobos que los acompañaban.

La formación defensiva se rompía. Los más diestros en la lucha podían dar muerte a alguno de los gorls.

No obstante, la mayor potencia de lucha de los gorls hacía que las fuerzas de los soldados fuesen mermadas poco a poco.

No tardaron demasiado en estar frente a ellos tan sólo Ledif y tres o cuatro soldados más, destinados, eso sí, a una muerte más que segura.

Reconociendo a Ledif, el jefe del grupo lo tomó como prisionero.

Podía ser una pieza de intercambio clave en la batalla.

Su momento, parecía no haber llegado todavía.

No así el del resto de soldados, quienes fueron masacrados en su totalidad.

Uno de los guardias de la jaima de Nitsuga entra con premura.

-La han traído-, dice.

-Que la lleven junto a las otras dos-, ordena Nitsuga. -Esto acaba de empezar-, le dice a Udé, a quien se encuentra en la puerta de la jaima, mientras sale de esta con destino a la zona donde las laimas le esperan. -¿La daga?-, pregunta.