Nueve lunas de Antares Destino abierto
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Destino abierto

L lama a todos los jefes de los clanes. Que acudan a mi jaima antes de partir-, ordenaba Nitsuga a Udé.

La horda ya se había puesto en marcha, rumbo al sur.

Avanzaba como una sombra interminable. Los primeros clanes ya habían salido cumpliendo las órdenes de Nitsuga.

Sin embargo, los jefes de cada clan no podían abandonar el lugar hasta que su líder fuese con ellos. Y parecía no estar interesado en huir.

-Están todos fuera, esperando tu orden-, anunciaba Udé.

-Que entren-, respondía Nitsuga.

Los jefes de los doce clanes entraban en la jaima.

En ella, podían contemplar a su nuevo líder sentado en la zona donde antes estaba Manshú.

Arrogante y con ganas de conquista, Nitsuga tenía su propio plan para la horda.

Para llevarlo a cabo, necesitaba que todos los clanes le ayudasen a conseguirlo.

La horda debía ser una. Por eso les había reunido.

No para pedir favores. Pensaba conquistar el norte y obligaría a quien fuese necesario a seguirle para conseguirlo.

Quería que todos los jefes se comprometiesen con él.

Era quizá esta reunión una prueba de lealtad hacia él.

Una prueba de lealtad hacia el nuevo destino de la horda.

Nitsuga observó a sus jefes, desafiante. Jefes hasta hace horas rivales en su ascenso al poder. Se levantó y empezó a contar su plan. Caminaba entre ellos, ávido de su aprobación.

-No nos retirarnos-, dijo.

Se hizo el silencio.

-Vamos a dominar este mundo.

Un gran revuelo surgió entre los jefes de los clanes. Unos rieron, otros gritaron enfervorecidos. Comenzó entonces una discusión entre aquellos clanes que querían proseguir con la lucha y la conquista, y aquellos otros que tenían la esperanza de regresar a casa.

Nitsuga finalizó la discusión, diciendo:

-Para hacerlo, mataremos al destino.

Volvió a hacerse el silencio entre ellos.

-Hemos venido hasta aquí en busca de tierras en las que tener una nueva vida, un nuevo comienzo.

Manshú nos prometió un destino de bonanza.

Yo os prometo un nuevo destino, uno que nos hará libres y dueños del mundo conocido.

Y, la única manera de conseguirlo es acabando con él.

Ya tenemos a dos de las laimas en nuestro poder, tan solo nos queda una.

Aquella que huyó a la ciudad de Azog. Si las reunimos y les damos muerte, seremos libres.

Nadie intervendrá en nuestro destino, sólo nosotros-, decía Nitsuga.

-¿Y por qué no damos muerte a estas dos?. Si son necesarias las tres para escribir el destino, si acabamos con ellas, ya no podrán hacerlo. La que queda allí en Azog no nos será necesaria-, decía uno de los jefes de un clan.

-No es tan fácil-, respondía Nitsuga. -Si matas a una laima, el destino pone a otra en su lugar. Si queda una viva, las otras dos serán repuestas. Si matas a las tres, el mundo se quedará sin destino-.

-¿Y qué propones que hagamos?-, preguntaba Otreb, jefe del clan de los osos grises.

-Iremos a por ella-, respondió Nitsuga. -Haremos marchar a la horda hacia el sur, hacia el paso que está a dos lunas de aquí.

Daremos la impresión de que volvemos a casa.

Sin embargo, lo que haremos será atravesar el río y apostarnos cerca de la ciudad, al otro lado del Orbe.

Sabemos que la laima está en casa de aquél al que Manshú llamaba el fantasma.

Ir a por ella con él allí puede desbaratar nuestros planes, por lo que lo mejor será hacer que no esté allí cuando vayamos-.

-¿Y cómo pretendes hacerlo?-, preguntaban.

-Crearemos una distracción-, respondió.

-Algo que haga que alguien como él se vea en la necesidad de salir. Algo que no les haga pensar que estamos allí-.

-¿Y cuál es esa distracción que propones?-, volvía a preguntar Otreb.

Nitsuga caminó hacia el exterior de la jaima.

-Seguidme-, dijo.

Sus pasos, lentos, rodeaban uno de sus carros, cubierto este por una gran lona.

Cuando todos sus jefes estaban cerca, la lona cayó.

Un gran rugido sacudió el aire. Algunos de los jefes retrocedieron.

Nitsuga sonrió. Un enorme felino, de los que Mushone liberó a través del portal, estaba en su interior.

Removiéndose. Rugiendo. Desplazando el carro de un lado a otro por su gran peso e intentando llegar con sus garras a alcanzar a alguno de sus inesperados visitantes.

-Ésta será la distracción que hará que nuestro “fantasma” salga-, dijo Nitsuga.

-Lo llevaremos hasta Azog y lo liberaremos allí.

Será entonces cuando una pequeña incursión vaya a por la laima y la traiga a nuestro campamento.

Lo siguiente, lo conocéis. Haced que los clanes se preparen tras las colinas detrás de la arboleda.

Cuando muera el destino, atacaremos sobre la ciudad de Azog-.

-¡Udé!-, llamaba Nitsuga.

-¿Sí?, ¿qué necesitas de mi?-, respondió con un gesto de servidumbre.

-Tráeme la daga de Loki-, ordenaba. -No quiero tener que buscarla cuando tengamos aquí a las tres laimas.

Esa es la única manera de deshacernos de ellas.

Sólo esa daga es capaz de acabar con seres como ellas.

La última vez que la vi la tenían en su poder las propias laimas.

Alguno de los guerreros la habrá requisado al encarcelarlas-.

-Por supuesto, voy a por ella-, respondió Udé.

Nitsuga quería acabar con quienes escribían un destino que le obligaba a hacer aquello que no había elegido. Un destino que no quería que el orden de su mundo cambiase. Un destino que no quería que el dominio del mundo conocido fuese a las manos de un gorl.

Udé había acudido a la zona donde las dos laimas estaban encerradas.

-La daga de las laimas, traedla-, dijo.

Uno de los guardias la cogió del montón de enseres de los que habían desprendido a las laimas y se la llevó.

Udé observó la daga enfundada y, con curiosidad por saber cómo era la daga de un dios, la sacó de su vaina.

Al sacarla, una extraña sensación de escalofrío recorrió su cuerpo.

Ese frio no venía del acero. Tenía la sensación de que algo lo miraba desde lo más profundo de la hoja de esa daga.

Un ligero susurro acarició entonces sus oídos.

No le hizo caso alguno, la envainó de nuevo y se dispuso a ir junto a Nitsuga.

-No deberías usar la daga sin su permiso-, dijo Cloto.

-Él me ha mandado a por ella-, respondió Udé.

-Ella no habla de tu líder-, concretaba Átropos.

-¿Y de quién está hablando? Yo sólo obedezco órdenes de un sólo líder, el señor de la horda y de todas las tierras del sur-, les preguntaba, a la vez que recriminaba, Udé.

-Para usar su daga, has de pedírsela y estar dispuesto a pagar el precio que ello pueda suponer. Si vas a usar la daga, habrías de saber cuál es su precio-, respondía Cloto.

-Láquesis está pendiente de pagar el suyo. Sólo Loki sabe cuándo y cómo vendrá a recuperar su daga y cobrarse su deuda-, concluía Átropos.

-¡Bahh!, ¡habladurías de viejas! Queréis que me llene el temor a un dios que no puede llegar a este mundo. Está vez nada va a poder libraros de vuestro destino. Esta vez no-, decía Udé. Acto seguido, abandonó la zona donde estaban presas las dos laimas y fue de nuevo hasta la jaima de Nitsuga.

-¡Papá!-, gritaba Leinad.

Nervioso, salió del interior de un pequeño hueco tras un mueble de la estancia. Un hueco donde hasta ahora Arik escondía sus armas y que pensaba que sus hijos no conocían.

-¡Papá, papá!. Ha sido horrible-, decía Leinad, entre sollozos.

-Ven aquí conmigo, hijo mío-, le decía Arik, a la vez que le envolvía en un cariñoso y gran abrazo. Un abrazo que era quizá más tranquilizador para él que para el pequeño Leinad. -Siéntate conmigo y cuéntanos. ¿Dónde está Linaek?

-Cuando Moel se marchó, al poco, entraron un grupo de enormes gorls. Y papá, lo rompían todo. Y, y yo intenté defender a Linaek, pero no pude hacer nada-, relataba el pequeño Leinad, todavía tembloroso por lo ocurrido. -Eran muy grandes y Linaek me dijo que huyese y me escondiera.

-Así que Linaek había despertado de su trance-, preguntaba Arik.

-Sí-, respondía Leinad. -Ella luchó contra los gorls, contra todos ellos. Hirió a varios. E incluso mató a uno de ellos clavándole una de tus dagas en su cuello. Sangró un montón y cayó sobre tu silla. Pero se la llevaron, y no pude hacer nada-, decía entristecido Leinad.

-Hiciste bien en hacer caso a Linaek, hijo. Así podemos saber qué pasó y quizá podamos ayudarla-, le decía Arik. -¡Moel, quédate con tu hermano! Id junto a tu tía. Y, esta vez, hazme caso y no lo dejes sólo, por favor. No puedo perderos, a ninguno de los dos.

-Y tú, ¿qué vas a hacer papá?-, preguntaba Moel, tras un gesto de aceptación a lo que su padre le había pedido.

-Encontrar a Linaek-.