El resurgir del miedo
L a retirada de la horda era lenta pero continua.
Desde la lejanía de la ciudad de Azog, se podía observar cómo toda su infraestructura de batalla se desmontaba y desplazaba hacia el sur.
Los grupos de exploradores confirmaban que todo estaba ocurriendo tal y como se esperaba.
La guerra había terminado. O eso parecía.
Arik permanecía observante, día a día. No celebró ninguna victoria.
No se retiró hasta ver al último gorl abandonar la planicie.
Naa no era una reina impulsiva, por lo que tardó aún siete lunas en decidir comunicar el fin de la guerra.
Fue entonces cuando comenzó la retirada de sus ejércitos.
El rey Afar ordenaba desmantelar sus máquinas de guerra para poder transportarlas de nuevo a su hogar.
Navi, por su parte, replegaba a sus tropas y partía victorioso hacia su reino.
En su carro, a un lado, como símbolo de victoria, la gran hacha de Manshú.
En el otro, un estandarte de su reino. Un símbolo manchado con la sangre de los soldados caídos. Su manera de mostrar respeto.
En el interior de la ciudad se intentaba volver a la normalidad tras las murallas.
Comenzaba la reconstrucción de aquello que la batalla había destruido.
Las calles y los mercados volvían a llenarse.
No de vida, sino de miedo disfrazado de rutina.
Los campesinos, aún temerosos, comenzaban a salir a sus tierras, confiados de que la horda ya no estaba.
Más de veinte lunas habían pasado y la tranquilidad, toda la que cabría esperar de una ciudad como Azog, se apoderaba de ella. Los grupos de soldados continuaban rondando la ciudad y sus lindes, para tranquilidad de sus habitantes.
Arik y su familia, arreglaban los desperfectos que la guerra había causado en su casa.
Linaek, mientras tanto, esperaba ser aceptada como parte de ella.
Poco a poco, ganaba la confianza de una testaruda Moel y de un, hasta ahora, desconocido Leinad.
Arik compartió su fuego y su hogar. Abrió su corazón.
Sabía que su vida no sería normal junto a ella.
Linaek no siempre estaba. El destino la reclamaba y nadie sabía cuando la iba a devolver.
A veces, desaparecía sin ni siquiera marcharse.
Se oían gritos y un gran revuelo en la calle. Moel se asomó a la puerta y pudo ver como la gente de la ciudad corría de un lado a otro gritando e intentando refugiarse en sus casas. Sorprendida y alterada por tal hecho, llamó a su padre, gritándole desde la puerta.
¡Papaaa…!. Creo que deberías bajar a ver esto.
Arik, al oír gritar nerviosa a su hija, abandonó sus tareas y fue a la puerta. Pudo ver con sus propios ojos lo que tan nerviosa tenía a su hija.
-¡Entrad en casa y bloquead las puertas!-, dijo a sus hijos y a Linaek. -Voy a intentar averiguar qué está ocurriendo.
Cogió su coraza y sus armas. Cuando ya se disponía a salir por la puerta vio caer de rodillas a Linaek. Sus ojos se tornaron blancos y su cuerpo entro en trance. Ahora no, pensó. Al parecer, más pronto de lo esperado, parecía que la reclamaba el destino.
-¡Cuidad de ella!-, dijo a sus hijos.
-¡Papá, déjame ir contigo!-, respondía Moel, mientras cogía su arco.
-Hija, si te dejo aquí no es porque no crea que no me seas útil. Todo lo contrario, te dejo aquí porque eres la única persona en la que confío para proteger a tu hermano y a ella-, exponía Arik, haciendo un gesto que señalaba a una indefensa Linaek.
Obedeciendo a su padre, Moel le dijo a su hermano que buscase maderas para bloquear las puertas y ventanas.
Tras esto, subió con su hermano a Linaek a la parte más alta de la casa.
Desde allí, Moel podía controlar lo que pudiese estar pasando.
Con su arco, se apostó en una de las ventanas.
Si sus flechas eran necesarias para ayudar a su padre, estaría preparada.
Sin embargo, para ella era difícil permanecer allí, sin actuar.
Arik se dirigía hacia la dirección contraria en la que corrían todos los demás.
Trataba de ver qué es lo que ocurría, y no podría hacerlo si huía de ello.
Tras recorrer varias calles, un fuerte rugido sonó.
Era un sonido antiguo, conocido. Uno de los grandes felinos.
Uno de los que Mushone trajo de otro mundo, había decidido regresar a la ciudad.
El hambre le había hecho volver a donde creía podía obtener alimento de manera más fácil.
Y no iba desencaminado. Su gran tamaño, sus seis garras y sus enormes fauces, convertían a esa bestia en un auténtico y temido depredador.
Las gentes de la ciudad eran pasto de una enfurecida bestia que había enloquecido en busca de comida.
Saltaba de una presa a otra, desgarrando y descuartizando sus cuerpos, como si ya no se tratase de supervivencia, si no sólo del puro placer de matar.
Una bestia descontrolada que había que frenar.
Arik no lo dudó. Salió a la zona más visible a los ojos de la bestia.
Fue hacia ella llamando lo más posible su atención.
Poco tardó el felino en darse cuenta de su presencia.
Con un sentimiento de amenaza, la bestia saltó también hacia el centro de la calle.
Desde allí, caminaba lentamente hacia Arik, inmóvil ahora mientras estudiaba a su oponente.
El gran felino ladeaba hacia la derecha su avance hacia Arik, como si estuviese buscando el momento exacto de saltar sobre él.
Su rugido era fuerte. Intimidante. Mezcla de rugido y un vibrante serpenteo.
Arik no lo dudó y salió corriendo hacia él.
Sus dagas volaron hacia el felino. Falló.
La bestia no atacó. Esperó. Con la cabeza agachada, protegiéndose.
Arik lo vio. No se enfrentaba a una bestia.
Se enfrentaba a un cazador. El felino se lanzó sobre Arik.
Sus garras llegaron hasta él antes de que pudiese pensar.
Rodó y pudo a duras penas esquivarlas. Respiró.
Su coraza volvía a tener marcas de batalla.
Al incorporarse, desenvainó sus dos espadas para recibir un nuevo ataque de la gran bestia.
Ésta se acercaba hacia él, desafiante. Parecía saber lo que Arik intentaba hacer.
El acero de las espadas de Arik chocaba con la armadura natural de la bestia.
Garras y acero. Una y otra vez. El gran felino no sangraba.
Poco a poco, la bestia hacía retroceder a Arik.
Un paso. Otro. La enorme bestia se movía rápido.
Una flecha atravesó la calle, cortando el aire a su paso.
La bestia rugió. Había perdido uno ojo. Arik no miró.
No necesitaba hacerlo. Solo pensó…, Moel.
Al igual que en otras tantas ocasiones, una desobediente Moel lo hizo.
Su flecha dio en su objetivo. El gran felino, alterado por el dolor y la sorpresa, giró su cabeza hacía Moel, rugiendo y descuidando sus puntos débiles frente a un rápido Arik.
Éste introdujo una de sus espadas por la base del cuello del gran felino, desgarrándolo y provocando que se desangrase y cayese muerto sobre el frio suelo de la calle.
Esta vez sí. Esta vez sangró. Arik se giró entonces hacia el lugar de donde vino la flecha.
Allí estaba Moel, de primeras sonriente y cómplice de su padre, al segundo esquiva y temerosa, al ver la cara de su padre al saber de su desobediencia. Arik se acercó hacia ella:
-Ya que estás aquí, acompáñame. No me vendría mal tu arco, por si encontramos a otra bestia libre por la ciudad-, le dijo, junto a una cara que mostraba a su vez desacuerdo por su presencia allí al haberle desobedecido.
Moel hizo un gesto de aprobación y fue hasta donde estaba su padre.
Arik le indicó que ella debía permanecer por la zona alta de las calles, por si tenían alguna otra sorpresa.
Él, por el contrario, caminaba por la parte baja, recorriéndolas una por una en busca de cualquier cosa que pudiese poner en peligro a los habitantes de la ciudad.
No tardaron en unirse a ellos varios soldados de la guardia de la reina, peinando así una mayor zona de forma mucho más rápida.
Tras una ardua búsqueda, no encontraron ya ninguna amenaza en el interior de la ciudad.
Moel bajó junto a su padre y ambos caminaron juntos hasta su casa.
Durante el camino, la joven no hacía más que presumir ante su padre de lo buena que era en el uso del arco.
Arik permanecía serio, en silencio. No podía dejar pasar el hecho de que le había desobedecido, otra vez.
Al llegar a la entrada de su casa, algo raro ocurría.
La puerta estaba abierta y las maderas de su interior arrancadas.
Moel decía a su padre que ella había salido por la ventana de la planta alta y que había dejado atrancadas las puertas y ventanas antes de salir.
Arik hizo un gesto a su hija de guardar silencio y de que se pusiese tras él, mientras entraba con sigilo a la casa.
Todo estaba revuelto. Ambos, recorrieron cada estancia en busca de Leinad y Linaek.
Moel, susurraba a su padre que ella había dejado a ambos en su estancia, la más elevada de la casa.
Poco a poco, subieron las escaleras hasta llegar a ella.
La estancia estaba revuelta, con innegables signos de lucha.
El suelo lucía una gran mancha de sangre. Todavía fresca.
-Han arrastrado un cuerpo-, dijo.
La preocupación de Arik aumentaba al mismo ritmo que el sentimiento de culpa de Moel por haberse marchado. No dijo nada. No hacía falta. Parecía que no quedaba nadie en la casa, salvo ellos dos.