Nueve lunas de Antares La pausa
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La pausa

E n el amanecer del siguiente día, una niebla baja envolvía la ciudad de Azog.

En el aire aún podía respirarse la mezcla de olores a humo y sangre.

Arik, desde la parte alta de la muralla, y cubierto con una enorme piel, contemplaba junto a Moel y Leinad, como los primeros rayos de sol levantaban sutilmente las nubes.

Observaba a la horda, en la distancia. Allí, a lo lejos, entre los pequeños bancos de niebla y las todavía humeantes piras mortuorias, se podían ver los continuos enfrentamientos que se producían entre los diferentes clanes que disputaban su liderazgo.

-No ha sido fácil encontrarte-, decía una voz proveniente de la zona de las escaleras. -Sé que estarás enfadado conmigo, pero quería hablar contigo-, decía.

Moel, al ver quien era, se levantó de su sitio en actitud defensiva. Con su espada desenvainada miraba desafiante a Linaek. Arik, que también se había levantado junto a sus dos hijos al escuchar la voz, hizo un gesto a Moel de que todo iba bien, cogiéndola suavemente de su antebrazo.

-¿Enfadado?, quizá. Pero esa no es la palabra que usaría.

Más bien, decepcionado. Te di la confianza de un hermano, y tú me mentiste.

Me utilizaste a tu antojo para conseguir llegar hasta donde querías y después, no sólo desapareciste, sino que fuiste la causante de la entrada del mal, de la destrucción y de la muerte en mi mundo.

Digas lo que digas, no creo que sea posible que recupere mi confianza en ti-, respondió Arik.

Linaek, con los ojos envueltos en lágrimas, se acercaba hacia Arik.

-¡No te acerques más!-, le gritó Moel.

Linaek trataba de explicar a Moel y Leinad, pero ninguno de ellos quería escuchar, por lo que el esfuerzo resultaba inútil.

Aún más, quizá sus palabras, nerviosas, hacía que ambos cada vez adoptaran una actitud más recelosa frente a ella.

Arik, ante esa situación, pidió a sus hijos que le esperasen en la parte de dentro de la torre, excusándose en que allí entrarían mejor en calor.

El cogió nuevamente la piel que le protegía del frío de la mañana, y, sentándose en una zona desde la que podía seguir contemplando la planicie, dijo:

-Soy todo oídos.

Linaek se acercó. Pidió, a un Arik indiferente, sentarse junto a él. Ambos compartían ahora la piel para resguardarse del frío.

-Soy Láquesis-, dijo.

-No me interesa quien seas-, dijo Arik.

-Debería-, incidía Linaek.

Se hizo el silencio entre ambos.

-Todo esto que ha ocurrido aquí…-, relataba Linaek señalando la planicie y las piras funerarias, - no es ningún error.

Arik giró su cabeza hacia ella.

-¿Estás segura de querer ir por ahí?. Yo en tu caso mediría bien mis palabras-, dijo.

-Fue necesario-, dijo Linaek.

Arik se puso en pie frente a Linaek, arrebatándole la piel que cubría a ambos.

-Vete-, dijo en un tono serio y más calmado del que debería usar.

Linaek bajo su cabeza.

-Si me voy y no escuchas mi historia, nunca entenderás el por qué tuvimos que abrir la puerta. Y nunca podrás llegar a perdonarme.

Se hizo nuevamente el silencio.

-Habla-, dijo Arik al fin.

Linaek contó cuál era su origen, su mundo, su familia y cómo el destino le arrebató su vida mortal para convertirla en Láquesis, sin ninguna capacidad de elegir.

Cómo había sido su vida durante los últimos años, junto a sus otras dos hermanas de destino.

Un destino que tampoco eligieron. Y fué, en esa incapacidad de elección, donde Angra Mainyu jugó sus cartas.

Cloto, al igual que Láquesis, eran huérfanas.

Su familia eran las personas que de niñas se ocuparon de ayudarles a sobrevivir.

-¿Recuerdas a Duol?-, preguntaba. -Ella era mi única familia.

Arik seguía impasible, escuchando.

Linaek proseguía. Átropos, sin embargo, antes de ser la laima que controlara la balanza del destino, era una amada y cariñosa esposa, madre de dos pequeños gemelos.

Durante años, pudo observar en la sombra como su familia prosperaba a duras penas tras abandonarles.

Todos ellos, extrañamente, enfermaron. Sus vidas parecían estar ya sentenciadas.

Fue el propio dios del inframundo quien se personó ante las tres laimas, ofreciendo a Átropos salvar las vidas de su esposo y sus dos hijos si accedían a reescribir el destino para él, su destino. Así, se creó una deuda de vida.

-Teníamos que hacerlo las tres. Somos hermanas, decía.

Las tres se aliaron también para buscar un camino que les permitiese revertir aquello que el destino escribiese, una vez liberadas de su deuda.

Les llevó años el descubrir que era la sangre de un ser celestial la única manera de reescribir el destino de ese u otro dios.

Así, mientras colaboraban con Angra Mainyu en la ejecución de su plan, paralelamente, buscaban la opción de revertir todo aquello que dicho plan produjese.

Fueron ellas quienes crearon los cristales.

Quienes, con la ayuda de los diferentes seres celestiales del universo, les proporcionaron la capacidad de encauzar poder.

Ellas, quienes le hicieron creer a Angra Mainyu que poseer dichos cristales le harían el ser más poderoso de todos los universos conocidos.

Y fueron ellas, también, quienes le grabaron en su mente la necesidad imperiosa de poseerlos.

Una distracción que le llevó años conseguir.

Un tiempo que permitió a las laimas, fuera de los ojos del poderoso dios, desarrollar su plan.

Fue Láquesis quien escondió los distintos cristales de poder, tallados por ella misma, en los diferentes mundos.

Fue Cloto quien, bajo la promesa de no dejar libre al dios del inframundo, consiguió la daga del dios del caos, Loki.

Una daga que podía cortar la piel de cualquier ser celestial.

Una daga capaz de matar a un dios. Daga que volvería a poseer su dios una vez utilizada, bajo la amenaza de perecer a sus manos si se incumplía esa palabra.

Y, finalmente, sería Átropos la encargada de mantener la balanza estable en el mismo punto del destino de ese ser, para poder revertir lo que allí pudiese pasar.

Si la balanza no se mantuviese estable, el destino abriría otro camino, dejando que el anterior siguiese una línea temporal diferente desde la que Angra Mainyu podría llevar a cabo su plan de ser quien dominase todo lo hasta ahora conocido.

Así pues, tan sólo necesitaban nuevamente de su sangre para poder reescribir sobre la misma línea del destino.

Linaek prosiguió contando como el dios del inframundo cedió su sangre desde su celda infernal, para poder reescribir su destino de inicio y abrir la puerta que lo liberase.

Una puerta que reconoció, abrieron ellas.

Contó como ella misma, con la daga sagrada de Loki, consiguió de nuevo su sangre para poder verterla en la balanza y seguir escribiendo en la misma línea temporal.

Y como fue Reiva quien les facilitó más sangre celestial para poder hacerlo, quedando vinculado con él para siempre.

Un ser de luz que selló su destino uniéndolo al de un dios demonio.

-Conseguimos así reescribir el destino, liberando a este y otros mundos conocidos del yugo de Angra Mainyu-, decía Linaek. -Con lo que no contábamos, y lo lamentamos profundamente, es con toda la destrucción que esto ha conllevado, y que no hemos sido capaces de cambiar-, se lamentaba.

Arik permanecía inmóvil, en silencio, mirando al horizonte. Sus oídos estaban con Linaek, pero sus ojos seguían pendientes de la horda.

-¡Hay movimiento al fondo!-, se oía de uno de los vigías. Sus gritos no eran de miedo, sino de incertidumbre.

Uno de los clanes había conseguido el poder y apoyo suficiente del resto para presentar a un líder.

Y, por lo visto, había decidió no luchar.

No huían. No había desorden. Se retiraban.

No derrotados, sino victoriosos hacia una nueva vida.

Poco a poco, la horda recogía todo aquello que podía transportar.

Una retirada orgullosa. Quizá…, peligrosa.

Se retiraban, como si aquel hubiese sido siempre el plan.

Arik estuvo allí, esperando, hasta que el último de los gorls abandonó la planicie. Tras eso, se levantó y fue hacia el interior de la torre, donde Naa y el resto de los dirigentes se encontraban.

-Por fin se han ido-, le decía Naa. -Ahora ya puedes empezar a rehacer tu vida.

-Sí, se van-, dijo Arik.

Pero en su interior no estaba seguro de que eso fuese una victoria.

-Sería bueno que mandaseis un grupo de exploradores que pudiesen informarnos de cómo es su avance y de cómo…-, decía Arik, antes de ser interrumpido.

-Ledif ya se ha encargado de ello-, dijo la reina. -Se acabó. Ve con ella y con tus hijos-, prosiguió Naa, haciendo un gesto cómplice hacia Linaek. -Ahora te toca aprender a volver a vivir sin guerra.

Arik miró a Ledif, quien se acercó hacia su amigo para confirmar lo que Naa le había dicho. Al igual que ella, le pidió que fuese en busca de sus seres queridos y comenzase a reconstruir lo que antes de la guerra tenían.

-Si hay alguna novedad, yo mismo iré a buscarte-, le dijo Ledif.

Arik, sabedor de la buena labor del general, asintió con la cabeza.

Tras despedirse de los presentes, marchó en busca de sus hijos para llevarlos de nuevo a casa.

Al estar cerca de la puerta se giró. Vio a Linaek, junto a una de las saeteras, parada, cabizbaja y mirando hacia la planicie, entristecida por pensar en haberlo perdido todo. Mirando un mundo que ya no era el suyo.

-Todavía tenemos muchas cosas de las que hablar-, le dijo, acompañando sus palabras de un gesto de confianza por el que le pedía que le acompañase.

Linaek no dudó ni un solo instante. Ambos, salieron juntos de la sala de mando en busca de Moel y Leinad, quienes estaban en una sala contigua. Al entrar, los dos hijos de Arik le preguntaron el por qué dejaba que ella todavía siguiese ahí, con ellos. El, simplemente, respondió:

-Ahora, ella forma parte de nuestra familia, y a la familia no se le abandona, pese a que haya podido cometer errores.

Moel no respondió. No la aceptaba y Linaek lo sabía.

Linaek no dijo nada. Un aura de felicidad envolvió su cara. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola. Y, ¿quién sabe?, igual los designios del destino, de su destino, le permitían liberarse de su tan solitaria y eterna tarea.