Nueve lunas de Antares Resistencia #4
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Resistencia #4

-¡Gracias!, era una fiesta privada-, respondía Ledif  a la pregunta que le había hecho Arik al llegar.

-¿Qué es lo que está ocurriendo ahí fuera?

, preguntaba. -Los legionarios perecen y los gorls parecen haber perdido fuerza y orden.

Me han informado de que Angra Mainyu ha caído.

Y Manshú, ¿qué ha ocurrido con él?, ¿dónde está? -.

-Manshú ha caído-, respondía Arik.

Sin su líder, la horda se romperá. Los gorls necesitarán reagruparse para saber quién toma el mando ahora. Los diferentes clanes han de disputarse el liderazgo de la horda. Son una raza guerrera, pero su lucha ha de tener una causa, un líder, un fin.

-¡Baruuuu!, ¡baruuuuuu!-, los cuernos de la horda vuelven a sonar.

Los gorls, enfrascados duramente en la batalla, se detienen en su lucha. Conocen ese sonido. Todo se para. Un desconcierto general se propaga por las diferentes líneas de batalla. Poco a poco, los gorls regresan a la zona de la planicie donde la horda estaba acampada. Se repliegan.

Quedan en la batalla los pocos legionarios de Angra Mainyu ante las armas de los soldados de los cinco reinos. Sin destreza en la lucha, y sin la capacidad ahora de no morir, poco a poco van cayendo abatidos en las diferentes zonas del campo de batalla y en el interior de la ciudad.

Sin decir una palabra más, con el sonido de los cuernos gorl en el aire, Arik fue hacia la zona alta de la muralla para poder ver, desde uno de los matacanes, lo que estaba sucediendo.

Desde allí, pudo observar como la horda se retiraba.

Los soldados, al ver que los gorls retrocedían, gritaron celebrando una victoria.

Arik todavía no. Ledif, que había seguido a Arik, puso su mano sobre el hombro de este.

-Parece que esto se ha acabado, amigo mío-, le dijo.

-No lo sé, recuerda lo que ocurrió la última vez que sonaron esos cuernos-, respondía Arik.

-Cuando eso ocurrió, Manshú estaba vivo-, decía Ledif.

-Ahora, la horda ha de decidir quién es su nuevo líder y, con suerte, se dará cuenta de que seguir con esta guerra es un error y decidirá regresar al sur.

Ven, vamos a la torre de mando. Hay que hablar con Naa y los demás-, invitaba Ledif a Arik.

Ambos soldados se dirigieron hacia la zona donde se habían reunido ya los tres reyes supervivientes.

La sala de mando estaba destruida por el impacto de los proyectiles lanzados por las catapultas gorl.

Se juntaron en la almena de la torre más alta colindante a la anterior.

Todos ellos estaban contentos de su victoria.

Al entrar ambos a la sala, Naa se acercó al dolorido y ensangrentado Ledif, interesándose por su estado.

Miró entonces a Arik y vio algo en su mirada.

-¿Por qué no estás contento?, ¿hay algo que debamos saber?-, preguntaba la reina interesada.

-Estoy contento por ver caer a los legionarios y por la retirada de los gorls. Pero, no sé si ésta es de nuevo otra de las argucias de la horda o es realmente una retirada. Quizá deberíamos ser prudentes y ver qué hay detrás de esto, antes de celebrarlo-, respondía Arik.

-Acércate-, le pedía Naa, mientras caminaba hacia la zona más exterior y de mejor visibilidad de la almena. -Mira la planicie. Los gorls se están retirando. Sus fuerzas están muy mermadas. No tienen líder, tú lo sabes bien. Una horda, sin un líder, es como una serpiente sin cabeza.

Arik, receloso, daba su conformidad a las palabras de la reina con un gesto de aprobación. Sin embargo, sus ojos opinaban diferente.

El mando de los cinco ejércitos, tras el consejo de Ledif, ordenaba la alineación de la caballería existente en la planicie del Orbe.

Se creaba una línea de defensa frente a un posible ataque sorpresa.

Era una declaración de intenciones. Si buscáis guerra, encontraréis muerte.

Con ello, se había ordenado la retirada de los cuerpos de los soldados caídos para poder rendirles respeto.

El gran número de ellos no permitía un funeral al uso.

Se hicieron decenas de grandes piras funerarias de cuerpos amontonados a las afueras de la ciudad.

Allí, llegada la noche, se les rendía el mayor de los respetos con el fuego purificador, alabando su sacrificio y su ayuda para preservar la libertad de los cinco reinos.

Todos los habitantes de la ciudad, que habían ya abandonado los refugios, estaban apostados en la muralla y la zona exterior.

Junto a la orilla del Orbe, despedían a todos aquellos seres queridos que habían perdido durante la batalla.

Fue una noche triste, pero también fue una noche de liberación y de celebración de que lo peor había pasado ya.

Ahora, con la visión de las grandes piras funerarias ardiendo y con el olor del humo y la sangre todavía presente en las calles, había que volver a empezar a vivir.

Naa era una reina inteligente, y no podía sacar de su cabeza la imagen del gesto de Arik, preocupado.

Por eso, hizo que su ejército pasase la noche apostado a las puertas de la ciudad, justo a la orilla del Orbe, delante de las hogueras.

No quería sorpresas, pero, si las había, quería estar preparada.