Nueve lunas de Antares Resistencia
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Resistencia

V olvía a la batalla. Arik, cansado, herido, no estaba listo, pero seguía en pie.

Recuperaba una espada de un soldado caído para hacer frente a sus enemigos.

En ese momento, su instinto le habló. Algo raro pasaba.

Pronto reparó en que sus oponentes caían y no volvían a presentar batalla.

Perecían como lo podía hacer cualquiera de los soldados que luchaban a su lado, o incluso los mismos gorls.

No se levantaban. Se giró hacia Azog buscando algún tipo de información que pudiese darle esperanza, pero el humo de las llamas no le dejaba ver con claridad las murallas de la ciudad.

En medio de la lucha, recuperó un caballo que llevó a galope entre la batalla hacia una zona más elevada y descampada que le pudiese dar una mayor visual de toda la zona de la planicie.

Desde allí, observó como los gorls y los legionarios habían, finalmente, conseguido crear un acceso a la ciudad.

Entraban por cientos. Arik sabía que tras las murallas les esperaban parte del ejército y varias máquinas de guerra.

Sin embargo, eso no le permitía evadir la preocupación de saber que su hija, Moel, a quien pidió quedarse en retaguardia, estaba ahora en primera línea de batalla.

Su instinto no lo dudó. Su caballo salió a galope hacia Azog.

No podía romper la promesa que hizo a su esposa antes de morir.

-No te fallaré-, dijo mirando al cielo. -Ya lo hice contigo. No lo haré una segunda vez.

Cabalgaba ahora en la misma dirección que los gorls y los legionarios de Angra Mainyu, por lo que el poder abatirlos, sobre todo ahora que no volvían a levantarse, habría de resultar más fácil, si podía decirse así.

Ya estaba en la línea de la gran zanja, preparado para rebasarla con su montura, cuando uno de los enormes gorl atravesó el pecho de su caballo con una gran pica, sujeta en una grieta del suelo.

El animal cayó bruscamente hacia adelante en su galope y Arik junto a él.

Arik rodó por el suelo, incorporándose con rapidez y actitud defensiva frente a lo que se podía encontrar.

Sin armas, veía como el gran gorl, que había abatido a su caballo, se acercaba hacia él.

Avistó y recogió una ballesta cargada abandonada en el suelo.

Fue entonces hacia un legionario, un ser desprovisto de cualquier tipo de piel y humanidad.

Lo sorprendió por detrás y, agarrando su cabeza con fuerza y tirando hacia atrás, disparó su ballesta atravesándola por completo.

Antes de caer el maltrecho legionario al suelo, Arik le arrebató su espada.

No esperó a que el enorme gorl se decidiese a atacar.

Arik fue hacia él. No podía perder más tiempo, había de ir a la ciudad y buscar a Moel.

El gorl, grande y torpe, no fue un enemigo difícil de batir.

La rapidez en los movimientos de la espada de Arik causaba multitud de heridas en el gran gorl quien, desconcertado, descuidó su defensa frente a tan rápido oponente.

Fue en ese momento de descuido cuando Arik clavo su espada en el interior del muslo de la pierna derecha de su oponente, provocando que éste comenzase a desangrarse sin control y perdiendo por completo su fuerza de lucha.

Acto seguido, volvió a clavar su espada, esta vez en el costado de su enemigo, quien dobló su cuerpo para caer muerto frente a él.

Arik no se paró y corrió de nuevo para atravesar la zanja y llegar hasta la muralla de la ciudad.

Los cadáveres, amontonados y ahora inmóviles, creaban un puente de paso sobre las zanjas humeantes, que atravesaba con determinación hacia su objetivo.

No miró abajo. A cada paso, debía responder a ataques continuos de sus oponentes que, con el colapso de la entrada a la ciudad, buscaban a su alrededor saciar su sed de lucha.

Arik sabía que la entrada a la ciudad no era viable por el puente principal, por lo que decidió lanzarse al Orbe.

Trataba de llegar a nado hasta una de las zonas de la muralla donde había estado uno de los puentes de madera.

La corriente arrastraba su cuerpo. La fuerza del agua hizo que impactase sobre los pilares del puente principal.

El golpe fue tan fuerte que hizo titubear a Arik, mientras las corrientes de agua le hacían sumergirse, perdiendo el control de su destino.

La suerte le encontró en su camino al tropezarse en el agua con una de las cadenas partidas de los cilindros incendiarios, sujeta aún a parte de la muralla.

Enganchado a ella pudo llegar hasta la zona de la muralla que buscaba.

Protegida por arqueros que no vieron en Arik una amenaza, sino una espada amiga, trepó por la muralla hacia su parte alta, ayudado por una cuerda lanzada desde arriba por los soldados que la protegían.

Al llegar a arriba, Arik reconoció a uno de los capitanes que defendía esa parte de la muralla.

-¡Capitán!, que gusto verte de nuevo-, dijo Arik, recomponiendo sus ropas y saludando amistosamente a quien parecía estar a cargo de esa zona de la muralla. -Veo que han conseguido entrar por el portón. ¿Sabes hasta donde han llegado?-, preguntó nervioso.

-Hola, amigo mío-, respondió el oficial.

-Algunos cientos han logrado entrar en la ciudad, pero por ahora solo unas decenas han podido evadir las fuerzas defensivas de bienvenida.

Tenemos a varios grupos de soldados en busca de todos ellos y a otras decenas protegiendo las zonas donde se encuentra oculta nuestra gente.

Todavía, ninguno de ellos ha llegado hasta las puertas de ninguno de los refugios.

Aquí, nuestra función es evitar que entren por la puerta sur de la ciudad.

Y, como puedes ver, de momento lo estamos consiguiendo.

Por cierto, si buscas a tu hija, se ha movido hasta aquella torre, junto a la plaza.

Se está encargando de que ninguno de ellos pase de la zona media de la plaza del reloj.

Tras dar las gracias al infatigable capitán, Arik salió en busca de su hija.

Había de ayudar a frenar el asedio de la ciudad, pero antes quería estar seguro de que sus hijos estaban a salvo.

Su camino le guiaba por la parte alta de la muralla hasta la zona de la calle a la que daba pie la puerta que defendía el grupo del capitán.

A pie de calle, veía como gorls y legionarios aterrorizaban y asesinaban a quien por allí encontraban.

Arik, como soldado, no podía evitar tomar parte y, a lo largo de su camino, entró en contienda con más de un enemigo.

Los legionarios eran ahora enemigos fáciles de derrotar, pues no contaban con una gran agilidad y destreza en el manejo de sus armas, y, además, habían perdido aquello que les hacía ser temidos, su inmortal e incansable lucha.

Sólo los gorls provocaban retraso en el camino de búsqueda de Arik.

Pese a encontrarse con varios grupos de soldados, Arik prefería adentrarse solo en la ciudad.

Su experiencia en la lucha y su capacidad para no ser visto hacía que se desplazase mejor solo, evitando el lastre de cualquier posible compañero de ruta.

No tardó en llegar a la parte baja de la torre donde el capitán le dijo estaba Moel.

Observó la misma de abajo a arriba y pudo ver a su hija, apostada en uno de los matacanes.

Estaba viva, eso le tranquilizó. Por un segundo, la guerra dejó de existir.

Había ahora de llegar hasta ella o hacerle ver que estaba allí.

La puerta estaba totalmente bloqueada, para evitar que pudiesen entrar y cortar la defensa desde arriba.

El acceso por la pared era complejo y le dejaba a la vista de cualquier atacante, sin defensa posible.

Tuvo que optar entonces por hacerse ver.

Arik buscaba, entre los restos de madera y tela de un puesto de verduras, alguna tela que pudiese mover como bandera o estandarte.

Pretendía hacer señales a su hija para que pudiese saber que estaba allí.

Su obsesión en buscar dejó a Arik a merced de un grupo de legionarios a los que no había prestado atención.

Algo incomprensible para un soldado de su experiencia, pero comprensible para un padre obsesionado con buscar y proteger a sus hijos.

Un instante y una flecha atravesó la cabeza de uno de los legionarios, cayendo junto a Arik y alertándolo del ataque del resto.

Su instinto se puso en marcha. Con destreza, cogió su espada para zafarse del primer ataque de uno de los legionarios, bloqueando el afilado y oxidado filo de su arma con su espada.

Con una patada, consiguió empujarlo hacia atrás y hacerle caer al suelo.

Con una actitud ofensiva, más que defensiva, salió de la zona de las maderas enlazando una cadena de golpes certeros sobre los legionarios, decapitando sus cuellos y haciéndoles perecer en el acto.

Con todos ellos en el suelo, miró hacia arriba.

Allí estaba Moel, dando uso a su certero arco.

La joven sonreía a su padre mientras un gesto de complicidad señalaba sus flechas, que en ese instante anterior le habían salvado la vida.

Arik era un soldado y sabía que no podía dejar a su hija por más tiempo visible y a merced de las flechas de sus enemigos, por lo que, mediante gestos, demostró a su hija que ya estaba tranquilo de verla viva y a salvo y que se movía para ver si Leinad y el resto de su familia estaban también a buen recaudo.

Antes de moverse, Arik recuperó otra de las espadas de los soldados yacentes en el suelo y varias dagas. Nunca eran suficientes.