Resistencia #2
El refugio no andaba muy lejos, a penas a tres calles de la plaza del reloj.
Sin embargo, el caos de los enfrentamientos en las calles hacía que fuese una acción difícil el atravesarlas.
Todavía maltrecho, Arik subió a los tejados de las casas bajas de la calle en donde se encontraba y se movió por ellos, evitando las posibles flechas, enemigas y amigas que no le reconociesen.
Poco tardó en llegar, y en buen momento.
Se habían concentrado en la puerta del refugio más de veinte gorls y unos treinta legionarios.
Mientras los legionarios y parte de los gorls luchaban contra los soldados que estaban protegiendo el refugio, otro grupo de gorls empujaban con fuerza los carros abandonados por los comerciantes como improvisados arietes, contra los portones de acceso.
Arik, sin un atisbo de duda, se unió a la lucha.
Su objetivo no era detener a los atacantes de sus soldados.
Su objetivo era frenar esos arietes. Y, al parecer, la única manera era acabar con los enormes gorls que los empujaban.
Sabía que sus fuerzas estaban en desventaja frente a tales enemigos y más superándole en número.
Su cabeza pensó rápido. Si sus arietes eran carros de madera y tela, sus telas prenderían rápido y después sus maderas, lo que haría que los gorls tuviesen que buscar otras opciones.
Cogió una las maderas del suelo y con unas telas hizo una antorcha.
Se acercó a una de las zonas que ya estaba envuelta en fuego y la prendió.
Había de estar lo suficientemente cerca como para saber que si lanzaba la antorcha caería en el carro.
Corrió entonces hacia la zona de la entrada, con la improvisada antorcha en una mano y su espada en la otra.
Sabía que en el momento de ser visto debería de ser capaz de defenderse de los ataques de sus enemigos con una sola de sus manos y no perder la antorcha entre tanto.
Se acercó, la lanzó y las telas del carro empezaron a arder.
Cuando los gorls se quisieron dar cuenta de que el carro estaba ardiendo para sacar las telas de su interior, las maderas del mismo ya habían prendido e iniciado un fuego que les hacía retirarse del carro para no sucumbir también ellos frente a las llamas.
No se rendían. Algunos de ellos se volvieron hacia Arik y, rearmados, fueron a intentar acabar con él.
Les había hecho retirarse y les impedía llevar a cabo su objetivo, debían acabar con él.
Otros, sin embargo, optaban por arrastrar hasta allí otro de los carros, empujando el anterior hacia una zona que les permitieses seguir embistiendo los portones.
Unos y otros, no contaban con que los legionarios ya no podían contener a los soldados, pues ahora perecían frente a sus espadas.
El grupo de soldados defensores del refugio se unía ahora a Arik frente a los gorls.
Estos tuvieron que parar su afanado interés en derruir los portones y centrarse en intentar salvar sus vidas frente a los ahora más numerosos soldados.
La contienda resultó más violenta de lo que a priori podía parecer, pues muchos de los soldados eran simples campesinos con alguna o ninguna noción en el uso de las armas, y eran presas fáciles del miedo frente a los terribles y enormes gorls, quienes aprovechaban su superioridad física y bélica para darles muerte.
Era Arik quien, junto a algunos de los soldados del ejército, hacía frente a sus enemigos y animaban al resto para, gracias a su superioridad numérica, causar las bajas que poco a poco mermaban su número, hasta dejar los portones libres de quienes pretendían destruir el refugio de aquellos que no se podían defender.
Tras comprobar que ninguno de los gorls y legionarios estaban en pie, los portones se abrieron y algunos de los soldados heridos y el propio Arik entraron en el refugio.
Eran cientos de personas las que allí se resguardaban de la lucha.
Para Arik resultaba una tarea difícil localizar a su familia.
Sin embargo, desde el interior, la apertura de las puertas reclamó la atención de todos los que allí estaban.
-¡Papá!-, se oyó un grito de fondo. -¡Papá!, ¡papá!, ¡estamos aquí!
Arik se giró. Era la voz de Leinad, quien había visto como su padre atravesaba los portones para acceder al refugio. Entre la gente, uno y otro corrieron hasta encontrarse en un fuerte abrazo. El mundo se detuvo.
-¡Papá!, no te lo vas a creer, Moel se ha escapado y ha dicho que iba a luchar contigo. ¿La has visto?, ¿está bien?-, preguntaba Leinad sin dejar de hablar. Arik tan solo podía abrazarle.
-Hola Arik-, escuchó, mientras seguía abrazado a su hijo.
-¡Amira!-, respondía emocionado Arik, dando un cariñoso abrazo a su cuñada y a sus sobrinos, que se acercaron a saludarle.
-¿Qué tal estáis aquí dentro?, ¿os tratan bien?
, ¿ha habido algún problema?-, preguntaba interesado por ver si tenía que tomar alguna acción dentro del refugio o con la gente que allí se resguardaba.
-Estamos bien-, respondía Amira. -La reina ha puesto guardias que velan por la seguridad de todos aquí en el interior.
No nos falta agua, ni comida. Tan sólo hay problemas en la zona de las letrinas, insuficientes para tanta gente, y que causan este olor que puedes sentir, mezclado con el olor de la sangre de los heridos y del humo proveniente del exterior.
Arik, asentía con la cabeza. Conocía bien el olor de la sangre, del miedo de la batalla, de la muerte.
Durante unos momentos se detuvo a hablar con Amira, poniéndole al día de cuál era la situación que se vivía fuera.
En todo ese tiempo no pudo separar de él a Leinad, quien estaba pegado a su padre como una lapa, sin dejar de abrazarle.
-Con todo eso que me cuentas, creo que deberías irte a ayudar. Aquí estamos bien, y eres mucho más útil ahí fuera-, le decía Amira.
-¿Otra vez te vas?-, peguntaba Leinad, sin querer separarse de su padre.
-Sí, hijo mío-, respondía Arik. -He de ir a ayudar a tu hermana a ganar esta batalla. Ahora está protegiéndonos desde fuera.
-Sabes papá. Moel a veces es un rollo, pero cuida mucho de ella, he de contarle muchas cosas del refugio-, le decía Leinad, mientras soltaba a su padre para que se incorporase.
-Lo haré-, respondía Arik. -Y tu cuida mucho de tu tía y de tus primos.
Necesitan que alguien les proteja aquí dentro-, pedía a su hijo mientras guiñaba un ojo.
Tras eso, salió del refugio con destino a la torre de mando, no sin antes volver a pasar por la zona donde Moel estaba, para asegurarse de que seguía viva y no necesitaba de su ayuda.
-¡General, el rey Ogeid ha caído!-, anunciaba un soldado.
Naa miró a Ledif, preocupada. Naví y Afar estaban cada uno centrando su batalla en un lugar diferente. Ambos combinados, pero ambos también pensando en una posible alternativa si el otro fallaba.
-Esa bestia nos ha traído enemigos que no podemos vencer-, decía Ledif entre gruñidos. -Esperemos que ese abad sea capaz de hacer lo que dicen de él y podamos frenar su empuje a las puertas de la ciudad-.
Naa veía con angustia como la línea defensiva de los cinco reinos estaba cada vez más cerca de la ciudad.
Un soldado avisaba al mando de que el abad había llegado frente al gran demonio, presentándole batalla.
Entre el caos de la batalla, Ledif observaba aquella lucha como un último atisbo de esperanza para frenar a los inmortales legionarios.
Sus ojos no podían dar crédito a lo que veían.
Reiva elevado a tres o cuatro metros levitando sobre su enemigo.
No veía una lucha entre mortales. Era una lucha entre dioses.
Sus ojos no se despegaban de Reiva, pero tampoco de Arik, a quién veía luchar ahora contra Manshú, en la distancia.
Ambas contiendas, si salían victoriosos, darían en mayor o menor medida algún tipo de respiro a su ejército, o eso es lo que él esperaba.
Ninguna de las contiendas había terminado cuando empezó el asedio a las puertas de la ciudad. Ledif tuvo entonces que cambiar su plan de batalla y abandonar su puesto en la torre de mando para acercarse a la zona de las puertas y liderar su defensa.